Lucas 11, 37-41 – XXVIII Martes durante el año

Cuando terminó de hablar, un fariseo lo invitó a cenar a su casa. Jesús entró y se sentó a la mesa. El fariseo se extrañó de que no se lavara antes de comer.

Pero el Señor le dijo: «¡Así son ustedes, los fariseos! Purifican por fuera la copa y el plato, y por dentro están llenos de voracidad y perfidia. ¡Insensatos! El que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro? Den más bien como limosna lo que tienen y todo será puro.»

Palabra del Señor

Comentario

Una de la claves de nuestras vidas es ser agradecidos. Es condición para alcanzar felicidad, para recibir la alegría verdadera que viene de lo alto. El cristiano agradecido es el que anda con una sonrisa por la vida, pero no por falso optimismo, sino porque realmente considera la vida y todo lo que hay en ella como don, como oportunidad para amar. Siendo agradecidos, vamos de a poco transformándonos en personas con corazón grande, en personas con capacidad de ver lo que muchos no ven por incapacidad o por amargados.

Ayer decíamos que el gran pecado, la gran debilidad de nuestro corazón, de nuestra vida; es el orgullo, la soberbia, es caer en esas actitudes.

Que Jesús nos cuide siempre de no caer en esta gran debilidad que nos va dejando solos, para que no nos domine; porque siempre estará presente –porque somos débiles–, pero lo que tenemos que evitar es que nos domine; que nos domine el corazón, que nos domine el pensamiento, que vaya ganando terreno en nuestras vidas. La soberbia y el orgullo recordemos que nos llevan a la arrogancia, a jactarnos de cosas que no son, a querernos demasiado. Y es verdad que tenemos que querernos, pero como Dios nos quiere–, tenemos que querernos pero no al extremo de creernos la medida y juez de todo y de todos.

La soberbia es el afecto desordenado de la propia excelencia, ese deseo que tenemos de “sobresalir”. Por un lado, es bueno aspirar a ser buenos, mejores, superarnos; es bueno y necesario para crecer –esto no lo podemos negar y es lo que hace crecer en muchos aspectos a la sociedad–, pero no es bueno cuando esto se desordena y genera en nuestro interior un modo de pensar y sentir que nos pone como centro de todo y terminamos mirando a los demás de arriba para abajo.

Y ayer decíamos que a veces esta soberbia, este orgullo, puede llegar a tomar el color incluso, de despreciar a los demás con un deseo oculto y refinado de que se fijen en nosotros.

En el Evangelio de hoy los fariseos se extrañan de que Jesús no haga lo que ellos hacían: ¿cómo no se lava antes de comer? ¿Cómo no hace lo  que yo hago? –estarían diciendo–, ¿cómo no hace lo que hay que hacer?…

Y nosotros también hacemos lo mismo: ¿Cómo fulano no hizo esto? ¿Cómo mengano hizo aquello? O bien decimos: “las cosas se hacen así”, “las cosas se tienen que hacer asá”.

Y así vamos caminando por la vida, pretendiendo que todo sea a nuestro modo o al modo que nos enseñaron y no dejamos lugar a lo distinto, a la novedad.

Pero, en el fondo, el objetivo más o menos consciente de nuestro yo desordenado, es sobresalir, es darnos más importancia a nosotros; incluso a veces despreciando a los demás o lo que los demás hacen. Criticamos, incluso podemos llegar hasta inventar cosas de los demás o calumniarlos.

Disminuimos los méritos y aciertos ajenos; a veces “ventilamos” defectos y desaciertos para que el otro disminuya; o a veces “aumentamos” lo que otros han hecho o dicho.

En realidad –como este fariseo– con comentarios, gestos o pensamientos; queremos dar a entender que somos más inteligentes, somos más capaces, hacemos las cosas mejor. Nuestros comentarios u opiniones, nuestros chistes son mejores que los de los demás.

Queremos también mostrar que somos más virtuosos o más capacitados, que hacemos mejor las cosas que los otros; si las hiciéramos nosotros serían mejores. Solamente nosotros parece que hacemos las cosas bien.

Es un orgullo oculto y entrelazado entre nuestras actitudes, que a veces está cargado de envidia. Es como si estuviéramos diciendo continuamente que si siguieran nuestro consejo, nuestro punto de vista, nuestro ejemplo; las cosas serían mucho mejores y no habría tantos problemas.

Bueno, Jesús hoy nos invita a no mirar tanto hacia afuera, a no mirar las apariencias y juzgar. “El hombre mira las apariencias; Dios mira el corazón” –dice también la Palabra de Dios–, no nos permitamos juzgar el interior de alguien por lo que vemos de afuera; “demos más bien limosna de lo que tenemos, que todo será puro”. Lo que tenemos es don y regalo, y tenemos que aprender a ser agradecidos dando a los demás.

Solo siendo agradecidos y generosos nos iremos purificando de nuestro orgullo y arrogancia. ¿Queremos purificarnos de nuestras malas intenciones, pensamientos y deseos? Tenemos que dar. Dar de nosotros a los demás, para que primero nosotros nos purifiquemos, que nos dejemos purificar por el amor de Jesús, que es humilde y que quiere que también seamos humildes.

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