Lucas 11, 42-46 – XXVIII Miércoles durante el año

«¡Ay de ustedes, fariseos, que pagan el impuesto de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, y descuidan la justicia y el amor de Dios! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello.

¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar el primer asiento en las sinagogas y ser saludados en las plazas!

¡Ay de ustedes, porque son como esos sepulcros que no se ven y sobre los cuales se camina sin saber!»

Un doctor de la Ley tomó entonces la palabra y dijo: «Maestro, cuando hablas así, nos insultas también a nosotros.»

El le respondió: «¡Ay de ustedes también, porque imponen a los demás cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni siquiera con un dedo!»

Palabra del Señor

Comentario

El ser agradecido es una actitud que no se compra ni se vende, sino que se aprende, se transmite y se ejercita. Desde niños seguramente a casi todos los que estamos escuchando este audio nos enseñaron a agradecer, a reconocer a los demás cuando nos daban algo. Es parte de la vida. La palabra gracias es de esas palabras que a todos nos enseñaron y remacharon en el corazón para que nunca las olvidemos. Pero… ¿con Dios? ¿Nos enseñaron agradecerle a Dios todo lo que somos y tenemos? Eso no es tan común y aunque nos lo hayan dicho mil y una veces, es algo que tenemos que retomar siempre, es algo que no podemos olvidar jamás. La costumbre de estar “cerca de Dios” nos puede llevar a que sin darnos cuenta nos olvidemos de esta actitud fundamental de los hijos de Dios. Vos por ahí rezás todos los días, por ahí vas a seguido a misa, por ahí das algún servicio en algún lugar, por ahí estás en un grupo de oración, bueno, por ahí… sos de los que supuestamente están cerca de Jesús. Preguntate esto: ¿Sos agradecido o agradecida? ¿Tu oración diaria empieza con el agradecimiento y termina con el agradecimiento? Acordate que uno de los remedios para la soberbia, el orgullo, la arrogancia, es el agradecer en todo y por todo.

En las duras críticas que escuchamos hoy de Jesús a los fariseos y a los doctores de la ley –y de rebote también a nosotros que lo escuchamos–, resalta una de las “hijas de la soberbia”: la vanidad o la vanagloria.

La vanidad es como la hija preferida de la soberbia, y nos hace terminar cayendo en la soberbia. Es el deseo desordenado de prestigio, de fama, de aplausos, de adulación; y la virtud opuesta es la modestia. Repito: es el “deseo desordenado”, exacerbado de ser reconocido; porque obviamente hay un sano deseo –o debe haberlo– de tener buena fama o cuidar nuestro nombre.

Y Jesús hoy lo dice bien claro: «Les gusta ocupar los primeros puestos en las sinagogas y ser saludados en las plazas, son sepulcros limpios por fuera, pero sucios por dentro».

El vanidoso o vanidosa busca eso, antes que nada: busca ser alabado y busca alabarse a sí mismo. Le gusta hacer resaltar sus cualidades o sus logros, a veces exageradamente, otras muy sutilmente, pero siempre logra de alguna manera que sepan lo que hizo o lo que va a hacer; y si no lo reconocen se pone triste o incluso a veces nos enojamos.

En las conversaciones el vanidoso usa mucho el pronombre personal YO, para darle más fuerza a la frase: “yo hice esto”, “yo le dije que haga esto”, casi que sólo ellos hacen las cosas bien y si los demás las hacen; rara vez las hacen “tan bien” como ellos.

En realidad, si nos ponemos a pensar, el ser vanidoso es una actitud muy infantil, es una actitud de niños, pero no de ese “hacernos como niños” que nos pide Jesús en el Evangelio; sino realmente una actitud de niño malcriado, que se lo crió mal.

Porque, así como los niños malcriados necesitan que les festejen y aplaudan todo lo que hacen, (en realidad exacerbado por los adultos) y que también si no les festejan lo que hacen se festejan ellos mismos, ¿viste cuando un niño se aplaude a sí mismo por lo que hizo?, y nosotros también le aplaudimos para que se ponga contento. Bueno, esa misma actitud infantil la vemos en el vanidoso.

El niño necesita el aplauso cuando se le enseña eso, pero en realidad no lo necesita, nosotros le creamos la necesidad; por eso la vanidad es un signo de gran inmadurez en nuestra vida; que siendo adultos deberíamos ir superando, porque tenemos que asentarnos en lo que somos y en lo que Dios piensa de nosotros, y no en lo que piensan los demás.

Pero lamentablemente la arrastramos a lo largo de los años, y cuando esta vanidad se da en el ámbito religioso –en nuestra fe– es mucho peor, porque podemos caer en la hipocresía de los fariseos, porque “usamos” a Dios para ponernos encima de los demás.

Qué triste cuando esto pasa en la vida religiosa; en una religiosa, en un sacerdote, en un obispo, en un catequista, en un educador… Es el peor virus dentro de la Iglesia. La vanidad religiosa camuflada de bien. Cuando nos exaltamos a nosotros mismos “sirviendo” a los demás, pero en el fondo nos estamos sirviendo a nosotros, ¡qué desastre!

Y a veces incluso “les ponemos cargas a los demás que nosotros ni siquiera tocamos con el dedo”. Somos capaces incluso de eso.

Bueno que Jesús hoy nos libre de la vanidad, nos libre de esta hija de la soberbia que muchas veces está metida en nuestro corazón, en nuestras relaciones humanas; que podamos vivir este día afirmándonos en lo que Dios piensa de nosotros y no en lo que los demás piensen de nosotros.

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