Lucas 11, 47-54 – 19 de octubre – XXVIII Jueves durante el año

 

 

Dijo el Señor:

«¡Ay de ustedes, que construyen los sepulcros de los profetas, a quienes sus mismos padres han matado! Así se convierten en testigos y aprueban los actos de sus padres: ellos los mataron y ustedes les construyen sepulcros.

Por eso la Sabiduría de Dios ha dicho: Yo les enviaré profetas y apóstoles: matarán y perseguirán a muchos de ellos. Así se pedirá cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas, que ha sido derramada desde la creación del mundo: desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que fue asesinado entre el altar y el santuario. Sí, les aseguro que a esta generación se le pedirá cuenta de todo esto.

¡Ay de ustedes, doctores de la Ley, porque se han apoderado de la llave de la ciencia! No han entrado ustedes, y a los que quieren entrar, se lo impiden.»

Cuando Jesús salió de allí, los escribas y los fariseos comenzaron a acosarlo, exigiéndole respuesta sobre muchas cosas y tendiéndole trampas para sorprenderlo en alguna afirmación.

Palabra del Señor

Comentario

Una verdadera comida, un verdadero banquete, es el que nos lleva a comunicarnos cada día mejor entre nosotros. No imagino a Jesús devorando en una casa de familia, sin escuchar a los otros. Cuando alimentamos nuestro cuerpo, nos tenemos que dar cuenta que necesitamos el alimento del alma, es un reflejo. ¿Imaginás a Jesús sentado en la mesa esperando que todos lo sirvan como si fuera un rey de este mundo? Trayéndolo al mundo de hoy… ¿Imaginás a Jesús sentado a la mesa viendo televisión, preocupado por las ultimas noticias o esperando su novela sin aprovechar la presencia de los otros? ¿Imaginás a Jesús sentándose en ese lugar estratégico donde muchos se quieren sentar, como para evitar servir a otros? ¿Imaginás a Jesús sirviéndose primero para lograr elegir siempre lo mejor, la mejor milanesa? ¿Imaginás a Jesús comiendo con María y José y mientras tanto estar viendo su celular para ver si le escribe uno que está lejos? En una comida se juega mucho de nuestra disposición para servir y escuchar a los otros. Aunque no lo creas. “Dime como comes y te diré como amas” Jesús vino a este mundo a enseñarnos a amar, y el amor se juega en todos los detalles, el amor se demuestra también en nuestras comidas. Sería bueno, que esto que nos enseña la palabra, nos sirva a modo de revisión para ver cómo están siendo nuestras comidas familiares, nuestras comidas laborales, nuestras comidas entre amigos.

Algo del Evangelio además de enseñarnos hasta dónde puede llegar el amor de Dios; también nos quiere mostrar hasta dónde puede llegar la cerrazón y la crudeza del pecado, la cerrazón del corazón del hombre cuando no quiere ver, cuando no quiere escuchar, cuando no quiere sentir; casi se vuelve un imposible para Dios –diríamos así–, casi que es imposible para Dios doblegarnos.

Estos fariseos no querían ver, no podían salir de su encierro; por ahí eso no te pasa, pero por ahí lo ves, lo vemos en el mundo de hoy: lo ves en tu trabajo, lo ves en la televisión, en las familias, en la iglesia. Vemos maldad, cerrazón, ceguera de tantos que se empecinan en hacer el mal y que no quieren dejar de hacerlo. Bueno, pero no es para amargarse y ser profetas de amarguras. A Jesús le pasó lo mismo, a Dios le pasa lo mismo; ni el mismo Jesús pudo con ellos, aunque murió por ellos –y esto es lo importante–, murió por ellos y por todos los que hoy también se empecinan en hacer el mal.

Jesús es claro: ellos tendrán que dar cuentas de todo el mal que hicieron. Los malvados tendrán que dar cuenta a Dios, del mal que le hicieron a tantos justos y que sigue sucediendo hoy en tantos aspectos de nuestra vida donde vemos que sufren tantos inocentes por culpa de la maldad de otros; eso habrá que dejárselo a Dios, le corresponde a Él, no nos toca a nosotros juzgar, solo intentar evitarlo cuando esté al alcance de nuestro corazón.

Otra reflexión que podemos sacar de este evangelio es considerar que algún grado de soberbia nosotros también tenemos.

La soberbia se manifiesta de muchos modos. Hoy nos podemos enfocar en dos, la ambición y la presunción.

La ambición es ese querer desordenado de honor, de fama. Es válido cuidar nuestro buen nombre; pero a veces podemos ambicionarlo a costa de todo, por ejemplo, a través de la crítica, de la calumnia, de la mentira, de la traición; muchas veces hacemos de todo para llegar a “quedar bien” y que nos tengan por “buenos. ¿Cuántas veces llegamos a mentir para quedar bien? ¿Cuántas veces criticamos para quedar bien? ¿Cuántas veces hemos traicionado la confianza de alguien para que nosotros quedemos bien?

Y la presunción es intentar aquello que no nos da la capacidad y las posibilidades; diríamos en Argentina: “es querer hacer lo que no nos da el cuero”. Es el sentirnos omnipotentes, el creer que puedo con todo y no reconocer que a veces no nos da la vida ni el corazón para todo. Por ejemplo, soy presuntuoso cuando no delego y pretendo hacer todo, cuando controlo todo. Puede ser que a veces tengamos una sana inconsciencia y un coraje que nos anima a hacer cosas que no sabemos; pero al mismo tiempo tenemos que saber reconocer nuestros límites: ser humildes y realistas.

Este es el desafío te propongo hoy: seguir pidiendo a Jesús que nos libre de caer en este gran pecado del orgullo y la soberbia, y que nos haga mansos y humildes de corazón.

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