Lucas 11,1-4 – XXVII Miércoles durante el año

 

 

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos”.

El les dijo entonces: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino; danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación”.

Palabra del Señor

Comentario

Cuanto más se aleja el agua de su fuente, más se llena de impurezas y por lo tanto, más necesario es purificarla y descubrir su limpidez. ¿Probaste alguna vez el agua de una vertiente? Aunque el agua no tiene sabor, te aseguro que cuando la bebés desde su fuente, da la sensación de que tiene un gusto especial, es inigualable. La frescura de la ley de Dios se va perdiendo en la medida que, la historia y nosotros, con nuestras debilidades y tradiciones desgajadas de su origen, la vamos impregnando de durezas. Jesús de alguna manera les dijo eso a los fariseos… “Pero desde el principio de la creación…” Como diciendo: “El agua se llenó de impurezas con el tiempo, pero antes no era así”. Es el gran peligro, fue lo que le pasó al pueblo judío, que por las tradiciones humanas se olvidaron del mandamiento de Dios, es lo que le pasa a la Iglesia, a vos y a mí, que, por aferrarnos a tradiciones humanas, o a estilos culturales de la época nos olvidamos de lo esencial del evangelio. Es duro decirlo, pero es así, tenemos que aceptarlo. Tenemos el corazón duro. Me da tristeza y hasta enojo, cuando por sonseras, por cuestiones personales vacías de contenido, ponemos trabas al amor de Dios de los que se acercan con frescura a la Iglesia. Una vez, alguien que estaba dejando las drogas, iba con mucha alegría a misa semanal, para encontrarse con Jesús, con frescura, con decisión, por amor. Hasta que alguien de la comunidad se acercó para decirle que “al padre no le gusta que vengas con esa remera a misa” ¡Qué increíble! ¿Hasta dónde puede llegar nuestra dureza de corazón sin comprender el mensaje del evangelio? También me da tristeza, e incluso enojo, cuando escucho sacerdotes, o laicos, que por “hacer un Dios cercano” adulteran, falsifican el evangelio de Jesús, haciendo de nuestra fe una oferta vacía de verdad, simplemente por “quedar bien”, por no ser rechazados por nadie y finalmente no terminan haciendo ni una cosa ni la otra, porque si no predicamos al verdadero Jesús, de nada sirven nuestras palabras. Los dos extremos son dureza del corazón, porque se olvidan del origen, del verdadero deseo de Dios para el bien del hombre, para su felicidad.

Creo que hoy es un día muy particular, para transformar esta escena de algo del Evangelio, estas palabras de Dios; en oración, que en realidad es lo que quiero para vos y para mí: que todos los días podamos escuchar a Dios a través de su Palabra, para que escuchando podamos responderle. Y respondemos a veces cómo podemos; a veces con palabras propias, otras con palabras espontáneas, alguna vez le respondimos a Dios con una mirada al cielo, con un suspiro, con un pensamiento o “con un grito de reconocimiento y de amor –como decía Santa Teresita– que puede surgir tanto de la prueba como de la alegría”. Por eso hoy te propongo que le digas a Jesús: “enseñame a orar, enseñame a rezar; enseñame a reconocerte, a disfrutarte, a darme cuenta que estás –eso es la oración: darnos cuenta que Dios está–, enseñanos a escuchar al Padre, enseñame a rezar como rezabas mientras estuviste con nosotros”.

Hoy el Evangelio se hace oración porque es el mismo Jesús, el mismo Señor que con sus palabras nos enseña hacia dónde tiene que estar orientado nuestro corazón.

Por eso hoy no pretendo que analicemos cada petición del Padre Nuestro, que sería muy extenso; para eso te recomiendo que leas el Catecismo del número 2759 al 2854, ahí está explicado maravillosamente lo que es el Padre Nuestro.

Por eso, hoy digamos juntos: “Jesús, enseñanos a orar. Jesús, necesitamos la oración como el aire de nuestros pulmones, necesitamos darnos cuenta que sin escuchar al Padre vamos experimentado una orfandad de corazón; aunque Él nunca nos deje y no deja de ser nuestro Padre. Enseñanos a caer en la cuenta que somos hijos, que siendo todos hijos; somos hermanos. Enseñanos a rezar en este día la oración que hoy nos enseñás”…

Porque la oración es un don; no es simplemente una obligación, algo que tenemos que hacer. Cómo nos enseñaron a veces eso, que hay que “cumplir” con la oración, que hay que rezar. ¡No!, la oración debe convertirse en una necesidad.

“Señor regalanos el don de necesitar escucharte y hablarte “; porque eso es rezar, eso es orar: escuchar y hablar, dialogar como un hijo habla con su Padre; y con Jesús: como un amigo le habla a otro; y en el Espíritu Santo que habita en nosotros y nos mueve desde adentro enseñándonos a clamar –como decía san Pablo– “Abba” (que significa Padre o Papá).

Hoy tomémonos cinco o diez minutos, miremos al cielo, miremos algo de la creación de Dios, algo de lo que Dios ha hecho para nosotros. Recitemos el Padre Nuestro como nunca antes lo hayamos hecho; recitalo al ritmo del corazón y no al de los labios que muchas veces repiten sin saber qué es lo que dicen. No lo repitas; decilo, pensalo, escuchá lo que decís, imaginá lo que rezás, sentí lo que pensás…

Y terminemos agradeciendo la simplicidad y la sencillez de esta oración; la oración más completa, más plena, más necesaria de todo cristiano, de todo hijo de Dios.

“Gracias Jesús por enseñarnos a orar, gracias por dejarnos el Padre Nuestro; gracias por permitirnos llamar a Dios como “Padre”, como tu Padre, como nuestro Padre; gracias por hacernos hijos, gracias por dejarnos compartir el ser hijos”

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