Lucas 12, 13-21 – XXIX Lunes durante el año

En aquel tiempo:

Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia.»

Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?» Después les dijo: «Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas.»

Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha.” Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida.”

Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”

Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios.»

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen lunes. Intentemos empezar este día con el corazón en alto, con el deseo de estar mejor. Es verdad que no siempre empezamos la semana animados, no siempre tenemos ganas de volver a la rutina del trabajo, del estudio, lo de cada día. Al contrario, puede pasarnos que el descansar el fin de semana nos hace que nos cueste más el volver o bien algo peor, que no hayamos podido descansar y por eso empezamos el lunes como si ya fuese viernes. Pero no importa, no dejemos que nos venza el desánimo, tenemos que levantarnos de “un salto” y volver a mirar a Jesús para decirle que queremos entregarle nuestro día, nuestras cosas, nuestras tareas, nuestras familias, nuestro corazón, toda nuestra vida… estemos como estemos; cansados, agobiados, felices, alegres, enojados, deprimidos, enfermos. No importa. Lo importante es reconocer como estamos y ser sinceros con Él para que nos anime, si nos tiene que animar, para que nos consuele si nos tiene que consolar.

En la palabra de ayer decía que “Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse” Me gusta que esta frase nos acompañe de alguna manera toda la semana, como telón de fondo en los evangelios de estos días, en la medida de las posibilidades. Es bueno seguir profundizando lo del domingo porque nos ayuda a descubrir toda la verdad de la Palabra de Dios, darnos cuenta cómo se relaciona con todo, nada está dicho al azar, nada está aislado, sino que todo es un gran “organismo” de verdad que nos da vida y nos enseña a vivir.

Es lindo decir, que la oración es una necesidad, y no una obligación malentendida. Lamentablemente la palabra obligación no se usa muy bien, no nos cae bien, por eso podríamos decirlo al revés, se transforma en una obligación porque antes es necesaria para vivir “a corazón abierto” con el Padre. Es necesario orar para amar al Padre, a Jesús y dejar que el Espíritu Santo ame en nosotros. No es una obligación porque nos quita libertad, sino que por ser algo necesario nos obligamos con libertad, que es muy distinto, o por lo menos sería lo ideal.

Siguiendo algo del evangelio de hoy, podemos percibir que a Jesús hay que hablarle para cosas importantes y no para que sea juez de nuestros caprichos personales: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?» Claramente Jesús no vino para eso. No vino para solucionarnos problemas de dinero con los demás, con nuestros parientes. Jesús no está para satisfacer nuestras “avaricias y ambiciones” personales, que justamente nos cierran al amor de los demás. Al contrario, Él está para salvarnos de toda avaricia, que finalmente lo único que logra es que nos quedemos hablando con “nosotros mismos”. El hombre de la parábola de hoy, irónicamente termina “panza para arriba” pensando que su vida estaba en sus manos, que había logrado todo lo necesario y que a partir de ese momento podía empezar a “comer, beber y darse buena vida”, o sea a disfrutar, como si el disfrutar la vida pasase por comer y beber. Podemos preguntarnos: ¿Con quién habló? ¿Con quién habló este hombre? Con él mismo. ¿En quién pensó? En el mismo. ¿Y Dios? ¿Y los demás? Brillan por su ausencia en la vida de este avaro. Este hombre evidentemente no oraba, no rezaba, no hablaba con Dios

La falta de oración nos va atrofiando el corazón y por más que seamos muy buenos, por más que hagamos cosas muy buenas, sin oración nuestros diálogos se van transformando en monólogos, o en diálogos entre mi yo y yo. ¿Conocés personas que hablan y se contestan ellas mismas o que hablan con vos, pero nunca te dejan que les contestes? Son las personas que les encanta hablar y les encanta escucharse a ellas mismas, como el hombre de la parábola de hoy. ¡Qué triste terminar así! Qué insensatos que somos, qué tontos que somos a veces. No sabemos si hoy será el último día y no terminamos de entender, y seguimos acumulando y acumulando.

La oración sincera y profunda logra que salgamos de nuestro “yo” egoísta y avaro. La oración sincera y continua nos abre siempre los ojos del alma para no dejar nunca de hablar con nuestro Padre y escucharlo y saber lo que tiene para decirnos. No nos desanimemos, no nos cansemos, en esta semana. Hoy recemos con el evangelio. No pasemos este día sin dialogar con nuestro Padre del Cielo, con Jesús, en el Espíritu Santo.

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Una respuesta

  1. Luzmila Luisa Rafael Gonzales 21/10/2019

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