Lucas 12, 35-38 – XXIX Martes durante el año

Jesús dijo a sus discípulos:

Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.

¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Palabra del Señor

Comentario

Hoy quiero pedirte que me ayudes, que ayudes a toda la Iglesia con su obra de evangelización, con la difusión de la palabra de Dios, que quiere llegar a más corazones sedientos de Él. La sed de Dios de estos tiempos es abrumadora, se respira en cada rincón de este mundo. No es tan verdad que las personas no quieren saber nada de Dios, si puede ser verdad que rechazan un poco las instituciones, incluso a la misma Iglesia, pero es muy cierto que desean profundamente lo espiritual. No es tema para estos audios, pero me animo a decirte que debemos aprovechar esa sed de Dios que nos invade, para que a través de la tecnología podamos hacerle llegar la palabra de Dios a personas que jamás irán una iglesia, a personas que están enojadas con los miembros de la Iglesia, incluso a veces con razón, a personas que no están interesadas en nada institucional, pero sí deseosas de Dios, de un mensaje con amor, de un mensaje de paz.  Quiero que tomemos conciencia por un momento de que cada uno de nosotros tienen una misión y un rol especial en la vida, y que a veces con un detalle, podemos cambiarles la vida a otros. Animémonos a enviarle este mensaje sencillo a alguien que consideremos que anhela profundamente un momento de paz, un espacio para encontrarse con él mismo, un escondido, pero fervoroso deseo de encontrarse a Dios. De esta manera colaboramos al pedido de Jesús de “orar siempre sin desanimarse”, porque estaremos ayudando a otros, ayudándonos a nosotros mismos, luchando para no perder el ánimo, que a veces por diferentes razones pierde su fuerza.

Algo del evangelio de hoy, usa una imagen muy linda para ayudarnos a comprender cuál es el verdadero sentido de nuestra vida y cómo debemos vivirla. Porque, en realidad, en el fondo, eso es lo importante, las dos cosas al mismo tiempo. Saber hacia dónde vamos, pero también saber cómo debemos ir, por donde debemos ir. Mucha gente cree saber hacia dónde va, está convencida cuál es su meta, pero no sabe cómo ir, o digamos que va por cualquier lado, y eso en definitiva es tan importante como el saber hacia dónde. No saber cómo llegar a dónde tenemos que llegar, nos desgasta mucho, nos hace perder energías y también nos puede hacer perder el rumbo. Cualquier persona, crea o no crea, tenga o no tenga fe, sabe que quiere ser feliz, tiene ese deseo profundo en su vida, es algo que en general podríamos decir que estamos de acuerdo. Pero no son muchos lo que saben elegir el verdadero camino para alcanzar esa felicidad deseada. A nosotros nos puede pasar lo mismo. Podemos tener bien claro el hacia dónde, pero no el cómo.

¿Cuál es la meta de nuestra vida? Esperar el regreso del Señor. Podríamos decir que nuestra meta es saber esperar la promesa de Jesús, y no desfallecer en el camino. Por eso podemos preguntarnos… ¿Cómo tenemos que vivir esa espera? Preparados, con la lámpara del corazón encendida, con el corazón encendido. Cuando nos mundanizamos, cuando nos acomodamos al modo de vivir de este mundo nos olvidamos de la verdadera meta de nuestra vida.

¿Sabías que no somos nosotros los que alcanzamos a Jesús, sino que Él es el que nos alcanza a nosotros, y que será Él el que nos venga a buscar? ¡Qué distinto pensar así, qué alegría es saber que en realidad la meta se nos acerca, que la meta de nuestra vida no se hace “escurridiza”, sino que, al contrario, se hace “encontradiza”!

Sabiendo esto, sabiendo que la meta, o sea Jesús, vendrá algún día hacia nosotros, y que por eso también viene todos los días cuando nos dejamos sorprender por su amor, el modo de vivir preparados, encendidos, es esperar sin miedo esa venida, es desearla. Así lo decía San Pablo: “Me siento urgido de ambas partes: deseo irme para estar con Cristo, porque es mucho mejor, pero por el bien de ustedes es preferible que permanezca en este cuerpo” Choca un poco a nuestra mentalidad esa idea del “desear irse” para estar con Cristo, o sea el querer morir. Hoy en día, más que nunca, el tema de la muerte es algo que, en cierta manera, se lo trata de modo ambiguo. Por un lado, parece ser un tabú, no queremos enfrentarla, no queremos hablar de ella, no queremos ni mirarla de cerca, pero, por otro lado, se banaliza y se naturaliza muerte por todos lados, en las películas, en la televisión, en los medios. Es un poco contradictorio. Con esto no estoy diciendo que debemos desear la muerte, no, debemos amar la vida y jamás buscar la muerte, sin embargo, el que ama a Jesús y lo espera, no debería tenerle miedo a ese encuentro, a ese momento que nosotros llamamos muerte, o, mejor dicho, el miedo natural a ese momento no debería ser más grande que el deseo de estar con Él.

Pero no pensemos en cosas drásticas, como en la muerte, aunque a veces mal no nos hace, sino también pensemos en el día a día. Qué distinto es empezar el día diciéndonos: ¿En dónde voy a dejar que Jesús me encuentre? ¿Qué tengo que hacer para dejar que Él venga a mi vida y dejar que me sirva? Qué distinto es terminar el día preguntándonos: ¿En dónde y en qué situación me dejé encontrar por Jesús y en donde y cuando me distraje haciéndome escurridizo?

¿Cómo hacemos para mantener la lámpara del corazón encendida y preparada? Me imagino que sabés la respuesta. Amando y dejándonos amar. Buscando el bien de los otros antes que el nuestro y dejando que los otros nos hagan el bien. Ese es el camino, ser servidores de Jesús en donde nos toque estar, ser grandes, pero amando, ser los primeros en dar la vida por todos, especialmente por los más pequeños.

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