Lucas 12, 54-59 – XXIX Viernes durante el año

Jesús dijo a la multitud:

«Cuando ven que una nube se levanta en occidente, ustedes dicen en seguida que va a llover, y así sucede. Y cuando sopla viento del sur, dicen que hará calor, y así sucede.

¡Hipócritas! Ustedes saben discernir el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo entonces no saben discernir el tiempo presente?

¿Por qué no juzgan ustedes mismos lo que es justo? Cuando vas con tu adversario a presentarte ante el magistrado, trata de llegar a un acuerdo con él en el camino, no sea que el adversario te lleve ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y este te ponga en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.»

Palabra del Señor

Comentario

¿Qué hacer cuando estamos desanimados? Toda esta semana estuvimos intentando profundizar las palabras de Jesús del evangelio del domingo, sobre que “era necesario orar siempre sin desanimarse” Pero… ¿Qué pasa si el desánimo toca nuestra puerta y lo dejamos entrar? o ¿Qué pasa si el desánimo entra sin preguntar, se nos mete así nomás? Todo puede pasar. Son buenas preguntas que nos podríamos hacer hoy al terminar la semana. ¿Cómo actuar? ¿Qué actitud tomar? ¿Quién de nosotros alguna vez no estuvo desanimado? ¿Quién de nosotros alguna vez no perdió el ánimo y sintió que ya no valía la pena seguir más? Ánimo viene de alguna manera de la palabra alma, de aquello que nos da vida interior, eso que hace que estemos con vida aun cuando no estemos bien físicamente. Es algo que no nos damos a nosotros mismos, es donde lo alto. Cuando decae el ánimo, perdemos algo de esa fuerza interior que nos hace vivir en plenitud. Cuando estamos desanimados andamos por la vida distintos, andamos… pero en el fondo no tenemos ganas de andar, preferiríamos otra cosa.

San Ignacio de Loyola, un gran maestro de la vida espiritual, daba consejos muy sencillos y al mismo tiempo, difíciles de cumplir, para cuando el desconsuelo gana el corazón. Podemos compararlo con el desánimo en la oración y los trataré de adaptar, nos pueden servir. Primero: «En tiempo de desolación o desánimo nunca hacer cambios, sino permanecer firmes y constantes en los propósitos y decisiones en que estabamos antes de entrar en el desánimo». No cambiar, ser firmes, siempre cuando estamos desanimados tendemos a dejar lo que habíamos decidido con mucha alegría y convicción, por eso no hay que cambiar. Segundo: «Ayuda mucho trabajar intensamente contra la misma desolación o desánimo insistiendo más en la oración y la meditación» La tendencia siempre es a rezar menos, tenemos que hacerle la guerra, al contrario, rezar más, con más corazón, aunque no sintamos nada. Tercero: «El que está en desolación o desanimado considere cómo el Señor le ha dejado en prueba con sus capacidades naturales, para que resista a las diversas agitaciones y tentaciones del enemigo con el auxilio divino, que siempre le queda, aunque no lo sienta claramente.» A veces Dios nos deja, “nos suelta un poco” para que nos aferremos solo a Él, para que sepamos que solo su gracia nos sostiene y salva. Y cuarto: «El que está en desolación o desánimo trabaje por crecer en paciencia, que es contraria a las tribulaciones que le vienen, y piense que pronto será consolado» Paciencia, la paciencia todo lo alcanza. Si somos fieles, si seguimos unidos, Jesús nos consolará pronto. El desánimo es una oportunidad para crecer en fidelidad.

¿Qué tiene que ver esto con algo del evangelio de hoy? Algo tiene que ver, como se dice, de alguna manera, todo tiene que ver con todo. Porque cuando estamos desanimados, cuando perdemos el ánimo, algo del alma, no vemos bien. El desánimo nos nubla la capacidad para discernir, eso de lo que habla la palabra de hoy. Cuando estamos desanimados, es bueno saber que no debemos tomar decisiones importantes, porque es como si estuviera “nublado” y no vemos lo más lindo, no vemos el sol, aunque siempre esté. Jesús hoy se “queja” de que seamos capaces de discernir con mucha facilidad los signos naturales y lo que representan, y sin embargo seamos incapaces muchas veces de discernir nuestro interior y lo que es justo para los demás. ¿Qué es lo que nos pasa? Una de las razones es que no tenemos suficiente vida de oración. Perdemos interioridad o nos dispersamos fácilmente. San Bernardo lo decía así: «Que nuestra vida tenga su centro en nuestro interior, donde Cristo habita, y que nuestros actos sean reflexivos y nuestras obras según los dictados de la razón» Si somos cristianos de oración, seremos hombres y mujeres reflexivos, serenos, personas que sabrán distinguir que es lo mejor en cada momento, no seremos precipitados, atolondrados, no nos apuraremos en juzgar, sin discernir.

Es necesario orar siempre sin desanimarse, decía el evangelio del domingo y también podríamos decirlo de otra manera: es necesario orar siempre para no desanimarse, o es necesario orar siempre para que no entre el desánimo en nuestro corazón.

Si estás desanimado, desanimada, levántate. No te quedes tirado por ahí, no vale la pena dejarse llevar por la tristeza. Tenemos que darnos cuenta que la fuerza para levantarnos está dentro nuestro, en el amor que nos tenemos y tenemos para dar, que no vale la pena auto destruirnos o decirnos que no podemos, que no servimos, sino todo lo contrario, tenemos demasiados motivos para vivir y volver a empezar.

Recemos hoy por todos los que están desanimados, cansados, agobiados, tristes. Recemos hoy por todos los que no encuentran motivos para vivir, o por aquellos que lo perdieron. Recemos siempre, los unos por los otros, es necesario, porque nos alimentamos mutuamente, nos ayudamos, nos inyectamos fe los unos a los otros, por medio de la oración.

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta