Lucas 12, 8-12 – XXVIII Sábado durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les aseguro que aquel que me reconozca abiertamente delante de los hombres, el Hijo del hombre lo reconocerá ante los ángeles de Dios. Pero el que no me reconozca delante de los hombres, no será reconocido ante los ángeles de Dios.

Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.

Cuando los lleven ante las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir, porque el Espíritu Santo les enseñará en ese momento lo que deban decir.»

Palabra del Señor

Resumen de la semana

Llegamos a este sábado en donde buscamos estar un poco más tranquilos, queriendo darle más tiempo a la oración, al descanso, a la familia, a poder hacer cosas que nos gustan y nos hacen bien. Aprovechamos como siempre, volver a traer al corazón algunas de las palabras de Dios de estos días, algunas de las reflexiones que brotaron de nuestro corazón para comprender mejor lo que Jesús quiere de nosotros.

Nos acompañó también estos días la reflexión continuada del evangelio del domingo anterior, que imagino que te habrás dado cuenta que tiene mucha tela para cortar, por eso solo dimos, como siempre, algunas pinceladas. No queremos arrodillarnos frente a Jesús e irnos tristes, no puede terminar así un encuentro con Él. Esta semana, cada día, toda nuestra vida es un ir hacia Jesús, un arrodillarnos frente a Él para dejarnos mirar con amor, pero necesitamos despojarnos de nosotros mismos, no despreciarnos, sino despojarnos, darle nuestra mayor riqueza, que es nuestro corazón y dejar de mezquinar lo que en realidad no es totalmente nuestro. Pidamos esa gracia este sábado.

El lunes, anticipamos que durante los evangelios de esta semana íbamos a reconocer que el tema del orgullo o de la soberbia aparecía constantemente como una crítica que Jesús hace hacia los fariseos; todo lo contrario, a lo que Jesús nos invita. La actitud soberbia, es la de querer de alguna manera sobresalir, querer destacarse, querer “exhibirse”; y el orgullo significa también arrogancia, presunción, y, por otro lado, el exceso de la propia estima, el buscar ser estimados excesivamente, más de lo necesario.

Bueno, en definitiva, vemos que el orgullo y la soberbia son casi lo mismo, son hermanas muy cercanas; y la misma Palabra de Dios es muy dura con la soberbia en la que puede caer el hombre.

El martes en el evangelio, el fariseo anfitrión se extraña de que Jesús no haga lo que él hacía; ¿Cómo no se lava antes de comer? ¿Cómo no hace lo que yo hago? Pensó…, ¿cómo no hace lo que hay que hacer?… Cuanto de esto hay nuestros corazones.

¿Cómo fulano no hizo esto? ¿Cómo mengano hizo aquello? O bien decimos: “las cosas se hacen así”, “las cosas se tienen que hacer asá”. Estamos llenos de frases que manifiestan nuestras soberbias. Y así muchas veces vamos caminando por la vida, pretendiendo que todo sea a nuestro modo o al modo que nos enseñaron y no dejamos lugar a lo distinto, a la novedad.

El miércoles decíamos que la vanidad era como la hija dilecta de la soberbia, y finalmente nos hace caer en la soberbia. Es el deseo desordenado de prestigio, de fama, de aplausos, de adulación; y la virtud opuesta es la modestia. Repito: es el “deseo desordenado”, exacerbado de ser reconocido; porque obviamente hay un sano deseo –y debe haberlo– de tener buena fama o de cuidar nuestro nombre para que no sea ensuciado por cualquiera.

Y Jesús lo decía bien claro: «Les gusta ocupar los primeros puestos en las sinagogas y ser saludados en las plazas, son sepulcros limpios por fuera, pero sucios por dentro». El vanidoso o vanidosa busca eso, antes que nada: quiere ser alabado y desea alabarse a sí mismo. Le gusta hacer resaltar sus cualidades o sus logros, a veces exageradamente, otras muy sutilmente, pero siempre logra de alguna manera que sepan lo que hizo o lo que va a hacer; y si no lo reconocen se pone triste o incluso a veces, se enoja.

En la fiesta de san Lucas te proponía que nos hagamos algunas preguntas con respecto a la oración: ¿Y si nos preguntamos algunas cosas? ¿Qué nos enseñaron de niños sobre la oración? ¿Qué recibimos? ¿Cómo estamos viviendo hoy nuestra relación con Dios que en definitiva se define mucho en nuestra manera de rezar? ¿Seguimos pensando como niños y rezando como adultos o pensamos como adultos y rezamos como niños? Seguramente nos enseñaron cosas muy buenas, seguramente recibimos buenos consejos. Por ahí nos dijeron que “nunca nos acostemos sin antes haber rezado, o bien nunca nos durmamos sin haber por lo menos rezado algo”. Por ahí nos enseñaron con el ejemplo, nuestra abuela, nuestra madre, nuestro padre. Cada uno podrá pensar en lo suyo.

Y ayer, viernes, Jesús nos advertía que la hipocresía es como una levadura que hace fermentar nuestra “masa-corazón”, que, en realidad, podríamos decir que lo pudre, pudre nuestro corazón, lo pudre, pero inflándolo, como hace la levadura, haciéndole creer que está grande por lo bueno, pero en realidad lo hace engrandecer de soberbia y no de humildad. Cuidado con la hipocresía –que es la que nos destruye–, cuidado con la mentira, cuidado con la doblez de corazón, cuidado con la incoherencia.

Nosotros somos discípulos, nuestra vida tiene que estar más puesta en nuestro testimonio, en nuestra forma de vivir; que en las cosas que decimos.

Reflexionemos juntos sobre lo mejor de la semana para cada uno, repasar por el corazón lo que más nos quedó, nos hace bien, ojalá nos ayude a que la palabra penetre más en nuestros corazones.

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