Lucas 13, 18-21 – XXX Martes durante el año

 

 

Jesús dijo:

«¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo? Se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció, se convirtió en un arbusto y los pájaros del cielo se cobijaron en sus ramas.»

Dijo también: «¿Con qué podré comparar el Reino de Dios? Se parece a un poco de levadura que una mujer mezcló con gran cantidad de harina, hasta que fermentó toda la masa.»

Palabra del Señor

Comentario

¡Cómo quisiera ser Bartimeo por un momento! ¡Cómo quisiera ser ese cieguito que no tiene problema en gritar y expresar su necesidad aun cuando los otros lo quieren callar! ¡Cuántos Bartimeos hay en este mundo, tirados al costado del camino, silenciados por una sociedad que descarta lo que no sirve! Pero al mismo tiempo… ¡Qué lindo es saber que, al mismo tiempo, hay miles de corazones entregados, en la Iglesia y fuera de ella, queriendo ayudar a los que están al costado del camino, mientras todo avanza, mientras en los medios de comunicación se exalta la vanidad y la superficialidad de este mundo! ¿No será que vos y yo a veces estamos más ciegos que Bartimeo, o, mejor dicho, con una ceguera que es más profunda? Retomando el evangelio del domingo… ¿Quién estaba más ciego, Bartimeo o los que lo querían callar? Me parece que el evangelista quiso trasmitir una realidad más profunda… El cieguito no podía ver con sus ojos, pero supo escuchar y ver con el corazón a Jesús que pasaba por su vida, en cambio, los discípulos y la multitud veían con sus ojos a Jesús, pero no pudieron ver la necesidad de un hermano tirado al borde del camino, señal de que en el fondo no conocían el corazón de Jesús que siempre estuvo atento a las carencias de los más abandonados. Por eso dije al principio… ¡Cómo quisiera ser Bartimeo por un momento, sentirme necesitado de algo, carente de un bien que solo puede dar Jesús, la capacidad de ver con el corazón! Te propongo que hagamos nuestro este deseo, y pidamos como “el ciego del camino, un milagro para ver a Jesús” que pasa siempre por nuestra vida, mientras muchos nos pasan por encima. No olvidemos que cada página de la biblia, cada escena del evangelio es una carta personal de Dios para cada uno de nosotros. Cuando leemos y escuchamos, es Dios que nos habla, a todos.

Y con respecto a algo del Evangelio de hoy; pensá que contestarías si te preguntaran hoy a qué se parece la relación que tenés con tu mejor amigo, con tu mejor amiga, con tu marido, con tu mujer, o con tu familia –esas relaciones afectivas cotidianas–; sería bueno que para responder a esto usáramos la comparación que hace Jesús con el Reino de los Cielos, porque nos ayudaría a comprender…

Pensemos en una buena y sana amistad, pensemos en una familia; cuando hay amor verdadero, fecundo, cuando es un amor que busca siempre el bien del otro; amor que ama, valga la redundancia, un amor que no excluye a los demás, sino que suma, que nunca quiere restar, ¿no es verdad que atrae a otros? ¿No es verdad que también hace fermentar los lugares y los hace agradables y alegres?

Ese es el verdadero termómetro que nos permite saber si una amistad o una familia vive un amor verdadero y abierto; ¿a cuál termómetro me refiero? Al que nos demuestra que otros pueden cobijarse en él, si este amor transforma las realidades que nos rodean desde dentro como la levadura hace con la masa. Siempre recuerdo un consejo de un sacerdote amigo que me dijo algo que nunca se me borró del corazón y quiero compartirlo con vos: “Una verdadera amistad –me decía– nunca es exclusiva, sino que es inclusiva”, y también me dijo: “No uses tanto la letra “o”, o sea: esto o lo otro, esta amistad o la otra, esta persona o la otra; sino más bien usá la letra “y”, que sería: esto y lo otro, este amigo y el otro, esta familia y la otra…”

El Reino de los Cielos me animo a decir, es el Reino de la “Y”, de la letra que incluye y hace crecer. El Reino de los Cielos es el Reinado de Dios en los corazones, en el tuyo y en el mío, y en el de tantos millones de personas. El Reino de los Cielos existe desde que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Dios y hombre; humano y divino; muerto y resucitado; el que amó y quiere ser amado; el que une, pero al mismo tiempo respeta la diversidad. Es el Reino de la “Y”; ese modo de vivir que Jesús adoptó y nos propone, se transformó en un gran arbusto que abarca todos los tiempos y hoy nos da cobijo para que aprendamos a cobijar. Tu familia, tus amistades sanas son como pequeños reinos de los cielos donde está Dios y vos, donde podés ayudar a ser arbusto y levadura, donde pueda haber algo de cobijo y crecimiento para los demás.

El Reino de los Cielos comienza en el corazón de cada uno de nosotros, en este momento, cada día, si lo aceptamos con amor, si ayudamos a los Bartimeos tirados al borde del camino a levantarse y a ponerse en camino como nosotros.

Acordate que la letra clave de hoy es la Y, incluíla; así como Jesús nos incluyó a todos en su corazón con su amor, porque el amor cobija y el amor hace fermentar la masa-corazón de aquellos que estén abiertos al mensaje de amor de Jesús. Tu familia –ya lo sé– y la mía es chiquita, tu grupo de oración también, tu parroquia, tu movimiento, tu amistad; todo es chiquito como el grano de mostaza, y la acción que puede tener en esta sociedad, en nosotros, es imperceptible como la levadura, porque al mundo le gusta el show, pero ¿qué importa? ¿Y si probamos a hacer crecer cada cosa sin excluir y cobijando?

Sólo hay crecimiento y fermentación cuando se cobija, cuando se incluye a los demás. Pensemos hoy con quién y qué situaciones vamos a usar esta letra, la Y.

Lo opuesto se puede unir, lo que está fuera puede sumar. Intentá hoy revisar con qué personas podés ser arbusto y levadura. Parece difícil sí, pero es posible; o mejor dicho es difícil y posible, posible y difícil.

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