Lucas 13, 18-21 – XXX Martes durante el año

Jesús dijo:

«¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo? Se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció, se convirtió en un arbusto y los pájaros del cielo se cobijaron en sus ramas.»

Dijo también: «¿Con qué podré comparar el Reino de Dios? Se parece a un poco de levadura que una mujer mezcló con gran cantidad de harina, hasta que fermentó toda la masa.»

Palabra del Señor

Comentario

En nuestro mundo hacen falta más publicanos, y no tantos fariseos como los de la parábola del domingo. El mundo, tu país, el mío, tu sociedad, tu familia, nuestras comunidades, viven divididos, o sufren divisiones porque nos comportamos como el fariseo y no como el publicano. “Dime como rezas y te diré quien eres” o bien podríamos decir. “Dime cómo eres y te diré como rezas” Expresamos en la oración lo que somos interiormente, y la soberbia de este fariseo quedó patente en su modo de hablarle a Dios, no reconociendo jamás su debilidad y olvidándose de que si algo tenia de bueno, se lo debía a Dios y no a sus méritos. Es desgastante a veces, pero al mismo tiempo revelador, ver en el mundo, en los medios de comunicación, como la mayoría de las personas, de los que manejan los hilos de nuestras naciones se comportan como el fariseo de la parábola. Es triste también ver que entre nosotros muchas veces nos comportamos como fariseos, viendo todo el mal afuera y no reconociendo nuestro propio mal. Así las cosas, no pueden cambiar.

Decía san Agustín: “Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando oras, hablas tú a Dios”. Tratemos de hacer eso hoy y toda la semana: leer y escuchar pensando que Dios nos está hablando. Como se dijo alguna vez; la Palabra de Dios es como una carta personal que Dios nos ha escrito a cada uno de nosotros. Leámosla pensando en eso, haciendo ese ejercicio interior de decir: “Dios me está hablando, me está hablando la Persona que más se interesa por mí”. Acordate cuando recibíamos cartas, esa época que escribíamos más, y las esperábamos con gran alegría y las abríamos con gran entusiasmo, teníamos ganas de leerla lo antes posible y dejábamos todo para leerla.

Cada página de la Biblia, el evangelio de cada día; es una carta personal de Dios para cada uno de nosotros. Cuando lees, Dios te habla… Que lindo es pensar así cuando escuchamos la palabra.

Y con respecto a algo del evangelio de hoy; si te preguntaran hoy a qué se parece la relación que tenés con tu mejor amigo, con tu mejor amiga, con tu marido, con tu mujer, o con tu familia –esas relaciones afectivas cotidianas–; sería bueno que para responder a esto usáramos la comparación que hace Jesús con el Reino de los Cielos, porque nos ayudaría a comprender…

Pensemos en una buena y sana amistad, pensemos en una familia; cuando hay amor verdadero, fecundo, cuando es un amor que busca siempre el bien del otro; amor que ama pero que no excluye a los demás, sino que suma, que nunca quiere restar, ¿no es verdad que es un amor que atrae a otros? ¿No es verdad que también hace fermentar los lugares y los hace agradables y alegres?

Ese es el verdadero termómetro que nos permite saber si una amistad o una familia vive un amor verdadero y abierto; ¿a cuál termómetro me refiero? Al que nos demuestra que otros pueden cobijarse en él, si este amor transforma las realidades que nos rodean desde adentro como la levadura hace con la masa. Siempre recuerdo un consejo de un sacerdote amigo que me dijo algo que nunca se me borró del corazón y quiero compartirlo con vos: “Una verdadera amistad –me decía– nunca es exclusiva, sino que es inclusiva”, y también me dijo: “No uses tanto la letra “o”, o sea: esto o lo otro, esta amistad o la otra, esta persona o la otra; sino más bien usemos la letra “y“, que sería: esto y lo otro, este amigo y el otro, esta familia y la otra…”

El Reino de los Cielos me animo a decir que es como el Reino de la “Y”, el Reino de la letra que incluye y hace crecer. El Reino de los Cielos es el Reinado de Dios en los corazones, en el tuyo y en el mío, y en el de tantos millones de personas. El Reino de los Cielos existe desde que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Dios y hombre; humano y divino; muerto y resucitado; el que amó y quiere ser amado; el que une, pero al mismo tiempo respeta la diversidad. Es el Reino de la “Y”; ese modo de vivir que Jesús adoptó y nos propone, se transformó en un gran arbusto que abarca todos los tiempos y hoy nos da cobijo para que aprendamos a cobijar. Tu familia, tus amistades sanas, son como pequeños reinos de los cielos donde está Dios y vos, donde podés ayudar a ser arbusto y levadura, donde pueda haber algo de cobijo y crecimiento para los demás. El Reino de los Cielos comienza en el corazón de cada uno de nosotros.

Acordémonos que la letra clave de hoy es la Y, incluyámosla en nuestro lenguaje; así como Jesús nos incluyó a todos en su corazón con su amor, porque el amor cobija y el amor hace fermentar la masa-corazón de aquellos que están abiertos al mensaje de amor de Jesús. Tu familia –ya lo sé– y la mía es chiquita, tu grupo de oración también, tu parroquia, tu movimiento, tu amistad; todo es chiquito como el grano de mostaza, y la acción que puede tener en esta sociedad, en nosotros, es imperceptible como la levadura, pero ¿qué importa? ¿Y si probamos a hacer crecer cada cosa sin excluir y cobijando?Sólo hay crecimiento y fermento cuando se cobija, cuando se incluye a los demás.

Lo opuesto se puede unir, lo que está fuera puede sumar. Intentemos hoy revisar con qué personas podemos ser arbusto y levadura. Parece difícil sí, pero es posible; o mejor dicho es difícil y posible, posible y difícil.

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