Lucas 14, 1.7-11 – XXX Sábado durante el año

 

 

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola:

«Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio”, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar.

Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: “Amigo, acércate más”, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.»

Palabra del Señor

Resumen de la semana

En un momento de la semana me salió decirte con el corazón… ¡Cómo quisiera ser Bartimeo por un momento! ¡Cómo quisiera ser ese cieguito que no tiene problema en gritar y expresar su necesidad aun cuando los otros lo quieren callar! ¡Cuántos Bartimeos hay en este mundo, tirados al costado del camino, silenciados por una sociedad que descarta lo que no sirve! Pero al mismo tiempo… ¡Qué lindo es saber que hay miles de corazones entregados, en la Iglesia y fuera de ella, queriendo ayudar a los que están al costado del camino, mientras todo avanza, mientras en los medios de comunicación se exalta la vanidad y la superficialidad de este mundo! ¿No será que vos y yo a veces estamos más ciegos que Bartimeo, o, mejor dicho, con una ceguera que es más profunda? ¿Quién estaba más ciego, Bartimeo o los que lo querían callar?

Pidamos en este día, ver un poco más, pidamos a Jesús que esta semana nos haya ayudado a dar un paso más hacia Él, saliendo de nosotros mismos, de nuestros egoísmos y tantas cosas que nos atoran y no nos dejan caminar. Que la síntesis de esta semana nos ayude a recordar tanto bien que nos hizo la palabra de Dios.

El lunes decíamos que es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de las ideas, de las imágenes, de lo que “tiene” que ser y no es, de lo que “debería” haber sido y no fue, que le dije que hiciera y no hizo, de lo que quiero hacer y no hago nunca. A veces nos puede pasar que vivimos en el mundo de intenciones anheladas, jamás puestas en práctica. Y entonces ¿cuál es la realidad de nuestra vida? Lo que somos, con nuestras virtudes y con nuestros pecados. La realidad es que mi familia es la que tengo –la que Dios de algún modo me dio–, es mi marido y mi mujer que yo elegí y debo seguir eligiendo. La realidad es que tengo los hijos que tengo y que Dios me regaló, y que son como son. El trabajo que tengo y me da de comer todos los días. El grupo de oración que formo, el grupo de la parroquia. La facultad y la carrera que elegí, y así tantas cosas más.

El martes, nos animábamos a decir que el Reino de los Cielos, es el Reino de la “Y”, de la letra que incluye y hace crecer. El Reino de los Cielos es el Reinado de Dios en los corazones, en el tuyo y en el mío, y en el de tantos millones de personas. El Reino de los Cielos existe desde que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Dios y hombre; humano y divino; muerto y resucitado; el que amó y quiere ser amado; el que une, pero al mismo tiempo respeta la diversidad. Es el Reino de la “Y”; ese modo de vivir que Jesús adoptó y nos propone, se transformó en un gran arbusto que abarca todos los tiempos y hoy nos da cobijo para que aprendamos a cobijar. Tu familia, tus amistades sanas son como pequeños reinos de los cielos donde está Dios y vos, donde podés ayudar a ser arbusto y levadura, donde puede haber algo de cobijo y crecimiento para los demás.

El miércoles reflexionábamos diciendo que el mensaje de Jesús es muchas veces un “atentado” a la lógica de nuestro pequeño cerebro que se cree el primero y finalmente queda último con respecto al pensamiento de Dios. El Reino de Dios, decía Jesús, es como un grano de mostaza, chiquito e insignificante, y como la levadura, despreciable pero transformadora. El Reino de Dios no es el “reino de la meritocracia”, no es la institución en donde se reciben las “calificaciones”, no es el “grupo de los mejores”, no es la elite de los capacitados, no es el Reino de los “vivos”, de los cancheros. No, no es eso. ¿Cuándo se nos meterá en nuestro pequeño cerebro esa idea? ¿Cuándo se nos grabará en el chip de nuestra memoria eso de que para Dios no cuenta el figurar, el aparentar, el decir algo de la boca para afuera, el tener la credencial de cristiano y no serlo, el haber “comido, bebido y estado con Jesús” si en el fondo no lo amé, si en el fondo mi vida fue un “negociar” la salvación andando por la puerta ancha?

En el día de todos los santos nos preguntábamos si alguna vez pensamos en ser santos. No es de locos, no es de raros, es de gente normal que necesita ser feliz al modo de Dios. Querer ser santo es querer vivir feliz haciendo la voluntad de Dios, así decía San Juan Pablo II, “la santidad es la alegría de hacer la voluntad de Dios”, tan simple y difícil como eso.

Creo que es bueno que hoy todos, laicos, sacerdotes, religiosos, nos preguntemos seriamente ¿queremos ser santos? Que en realidad es casi como preguntarnos ¿queremos ser felices?

Y en el día de los fieles difuntos algo del evangelio nos ayudaba a pensar distinto. Dice que estos hombres les preguntaban a las mujeres: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” ¡Jesús está vivo!, la resurrección de Jesús es lo que le da sentido a nuestra vida y a nuestra fe. Nuestros difuntos también están vivos; de otra manera, pero están vivos, todavía sin su cuerpo, esperando la resurrección, pero vivos. Muchas veces hoy –incluso entre católicos– vivimos la muerte con demasiado dramatismo, con poca fe; es cierto que el dolor de alguien ante la pérdida de un ser querido es sagrado –y hay que respetarlo–; pero también es cierto que el mensaje cristiano tiene su fundamento en una verdad de vida, de esperanza cierta, de confianza total en que Jesús venció a la muerte y nos abrió las puertas de la eternidad para que algún día podamos disfrutarla todos.

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