Lucas 14, 12-14 – 6 de noviembre – XXXI Lunes durante el año

 

 

Jesús dijo al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!»

Palabra del Señor

Comentario

Parece normal, hasta de hecho podemos acostumbramos a escuchar de boca de Jesús, eso del evangelio de ayer de que “todos ustedes son hermanos”. Parece una utopía el pensar y creer que es posible que todos alguna vez nos miremos a los ojos y nos descubramos como lo que somos. Porque en definitiva el problema de fondo es que no descubrimos lo que somos. Vamos cargando tantas cosas en las espaldas, vamos cargando tantas cosas en las espaldas de los demás, que ya no podemos vernos tal cual somos. Y la realidad es que le decimos “hermano o hermana” al que nosotros consideramos digno de serlo, y eso, nos guste o no, no es el evangelio. Todos somos hermanos y hasta que no nos convenzamos de que “todos somos hermanos” no experimentaremos la verdadera alegría de ser cristiano y de no ver a nadie, ni como inferior no como superior. Cuando nos miramos fijos a los ojos entre nosotros, solo vemos algo del corazón del otro. No vemos su clase social, no vemos de donde vino, no vemos el puesto que tiene, no vemos sus títulos o estudios, no vemos el cargo que le dieron, no vemos la ropa que usa, no vemos su pasado, no vemos su ideología, sino que únicamente vemos algo del corazón de esa persona y el corazón guarda la más profundo de lo que somos… hijos de un mismo Padre y hermanos entre nosotros.

Creer en Jesús, en el Jesús real que nos muestran los evangelios, no da vuelta la lógica. ¿Te diste cuenta de que para Jesús no hay personas que son mejores y otros peores? ¿Te habías dado cuenta alguna vez que la verdadera salvación se da cuando Jesús logra destruir todo muro de enemistad que a veces construimos entre nosotros? ¿Te diste cuenta que la lógica de este mundo lo único que hace y fomenta, es la división, es la “etiquetación”, es la comparación, es la discriminación, son las diferencias que distancian y no las que unen? ¿Te das cuenta que este mundo nos divide y enfrenta y que sus “remedios” jamás nos pueden curar? ¿Nos damos cuenta que nosotros somos parte de ese mundo y que también colaboramos de alguna manera a todo esto?

Jesús nos propone, en algo del evangelio de hoy, eliminar distinciones pero para vivir como hermanos. No hagamos caridad con aquellos que sabremos que tarde o temprano nos retribuirán. No hagamos las cosas buscando algo a cambio. Se puede esperar, es humano, es natural, ahora… otra cosa es hacer las cosas buscando eso, solo buscando la retribución.

Siempre me parece gracioso y me enojo al mismo tiempo, cuando veo los carteles que ponen en las calles nuestros queridos funcionarios públicos, gastando nuestra propia plata, no importa el partido y el color, mostrando todo “lo bueno” que hacen, jactándose de lo que en realidad es su deber. ¿Para qué lo hacen? ¿Para qué gastan nuestros bienes en publicitarse así mismos? Debería estar prohibido que hagan eso. Es como pensar que una madre, o un padre, le dejen un cartel a sus hijos a la mañana temprano antes de ir a la escuela, o a la tarde cuando vuelven diciéndoles algo así: “Hijo, hija, hoy fui a trabajar” O que los hijos le digan a sus padres: “Mirá que hoy fui a la escuela” ¿Desde cuando hay que publicitar lo que cada uno debe hacer? El deber y el amor no se publicitan, es lo que tenemos que hacer. Pasa en la Iglesia también y es triste. Hacemos caridad, estamos con los pobres y después lo ponemos en el Facebook para que todos nos digan lo buenos que somos. ¡Qué increíble! Con los pobres no se lucra. No se busca recompensa y aplauso. Se ama por amar, no para que nos retribuyan. A veces criticamos a los funcionarios, pero nosotros sin querer podemos hacer lo mismo. Mejor hagamos lo del evangelio de hoy. Invitemos a un pobre a comer… vayamos a la casa de un pobre a ayudar… demos limosna a alguien que no nos agrada tanto, sin esperar nada a cambio, sin esperar ningún “me gusta”, sin que nos vea nadie. Si buscamos que nos vea alguien ya tenemos nuestra recompensa, el pasajero aplauso de los hombres. Si no nos ve nadie, en realidad solo nos ve Dios Padre. ¿Necesitamos más que eso? Si necesitamos más que eso es porque todavía no consideramos al otro como hermano, igual que nosotros.

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