Lucas 17, 11-19 – XXXII Miércoles durante el año

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!»

Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes.» Y en el camino quedaron purificados.

Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.

Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?» Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado.»

Palabra del Señor

Comentario

Continuando con la invitación del evangelio del domingo a pensar en la resurrección, eso de que somos hijos de la resurrección, a reflexionar sobre el fin de nuestra vida, podríamos decir que el cielo, la vida eterna no se puede comparar con lo que vivimos en la tierra, solo podemos vislumbrarla de algún modo, solo podemos sentir y experimentar sus destellos. Estamos hechos para la eternidad y la felicidad que podemos alcanzar en este mundo es solo una imagen borrosa de lo que será, de lo que vendrá. Según Jesús, en el cielo no habrá matrimonios. Los saduceos quisieron meter en un “aprieto” a Jesús planteándole una situación límite… ¿De quién será esposa la mujer que se casó sietes veces? En el fondo de su cuestionamiento estaba la imaginación, la idea de un cielo “muy humano”, por decirlo de alguna manera, o sea de una vida eterna con conceptos muy nuestros, sin embargo, la respuesta de Jesús nos ayuda a ir más allá, a pensar y empezar a experimentar que el cielo tendrá algo de lo nuestro, pero al mismo tiempo no nos cabe en la cabeza, en el corazón lo distinto que será. Es mucho mayor la desemejanza que la semejanza: “Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección” Seremos hijos de Dios y lo veremos tal cual es, por eso ya no importarán tanto los vínculos que pudimos generar acá en la tierra, como el matrimonio, sino que seremos plenamente hijos y hermanos. Para algunos, esto puede parecer una mala noticia, creyendo que se romperán, sin embargo, si lo pensamos seriamente, es todo lo contrario, porque quiere decir que nuestro corazón se ensanchará de un modo único y pleno, para poder recibir a todos, para no excluir a nadie, capacitándonos para amar como no pudimos amar acá en la tierra.

En algo del evangelio de hoy, hay dos lindas preguntas de Jesús. «¿Cómo, no quedaron purificados los diez?  ¿Los otros nueve dónde están?».

Dónde está la gente que es curada por Jesús, que pidió insistentemente algo y después desaparece… ¿Dónde estamos nosotros? ¿Tenemos esta vivencia de la fe del samaritano?

Pensemos hoy en tres características de la fe, que nos pueden ayudar a ver si tenemos una fe madura, completa, una fe plena, una fe que salva; no solamente una fe que cura, sino una fe que nos hace levantarnos y vivir salvados.

Primero, una característica de la fe es la confianza; que es la que tienen los diez leprosos. Todos confían. Jesús les dice: «Vayan a presentarse a los sacerdotes», que era la condición que tenían que pasar para ser aceptados en la comunidad de vuelta, y todos confían, todos se ponen en camino y finalmente gracias a esa confianza, son curados.

Hay un primer movimiento de la fe que es una respuesta a la invitación de Jesús –que nos hace a todos en la vida– y esa respuesta es la confianza, es confiar que el estar cerca de Jesús nos va a curar. Y por eso la primera consecuencia de esta confianza es la curación; los diez se curan porque confían. Como tantas veces nosotros nos curamos de algo por habernos acercado a Jesús. Si no, pensemos en esto: tenemos que acercarnos a Jesús y confiar en Él, para curarnos de algo en nuestra vida: de algún pecado, de alguna debilidad, de algún vicio o de algo que no te deja vivir, que nos tiene “aislados”; porque eso es la lepra: el estar aislado de otros. Entonces, esta es la primera característica de la fe.

Sin embargo, hay una segunda característica que es la acción de gracias y es la que únicamente tiene el samaritano. Pensemos en esto: la acción de gracias.

La fe nos tiene que llevar a agradecer, nos tiene que llevar a arrojarnos a los pies de Jesús con el rostro en tierra dándole gracias, o alabar a Dios en voz alta. Esta segunda característica de la fe es la que pocos tienen, es la de vivir dando gracias; vivir dándose cuenta que todo lo hemos recibido de Dios. Pensemos si a veces nos falta un poco esta característica de la fe: la acción de gracias.

Y la tercera es: ponerse en camino.

Jesús finalmente le dice al samaritano: «Levántate y vete», ponerse en camino. La fe es ponerse en camino, camino de seguir a Jesús; eso es la salvación. Una cosa es ser curado, una cosa es haber pedido algo y que Dios me lo haya dado; y otra cosa es ser salvado. Ser salvado es ponerme en camino para entrar en comunión con Jesús, con Dios; para conocer a Dios. Porque «Esa es la vida eterna –dice Jesús–: Que te conozcan a tí, el único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo».

La fe madura, completa; es la que nos hace ponernos en camino a la salvación, que es conocer cada día más a Jesús. Bueno, ojalá que hoy podamos pensar en estas tres características de la fe, en qué momento estamos, en qué cosas tenemos que hacer más hincapié porque nos olvidamos. Confianza, acción de gracias y ponerse en camino; eso es ser salvado. Pidámosle a Jesús que hoy como el samaritano leproso, vivamos en acción de gracias y podamos caminar un día más en este transitar que es seguir a Jesús, en el día a día de nuestra vida.

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