Lucas 17, 20-25 – XXXII Jueves durante el año

 

 

Los fariseos le preguntaron cuándo llegará el Reino de Dios. El les respondió: «El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: “Está aquí” o “Está allí.” Porque el Reino de Dios está entre ustedes.»

Jesús dijo después a sus discípulos: «Vendrá el tiempo en que ustedes desearán ver uno solo de los días del Hijo del hombre y no lo verán. Les dirán: “Está aquí” o “Está allí”, pero no corran a buscarlo. Como el relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre cuando llegue su Día.

Pero antes tendrá que sufrir mucho y será rechazado por esta generación.»

Palabra del Señor

Comentario

La generosidad no solo nos abre el corazón a los demás, sino que nos abre al corazón de Dios, que siempre es generoso y para dar no mide tanto quien se lo merece y quién no. En realidad, esas generosidades van de la mano, porque que no se puede amar a Dios a quien no se ve, sino no amamos a los que vemos día a día, sino nos compadecemos de la carencia ajena. Muchas veces no queremos dar porque prejuzgamos lo que los otros harán con nuestra limosna, justificando inconscientemente nuestra mezquindad. “Si le doy, no sé qué hará con ese dinero, mejor no darle” se escucha decir. Es verdad que debemos discernir a quien darle, a que institución, buscando que se use bien lo que damos, pero también es verdad, que no podemos “controlarlo” todo, no podemos seguir, por decirlo así, la cadena de nuestro dar, y que a veces debemos conformarnos con nuestro simple acto de dar, con amor.

Decía que la generosidad nos abre al corazón de Dios, porque cuando damos en serio y no de lo que nos sobra, inmediatamente vamos a experimentar que la providencia divina se hará presente de alguna manera en nosotros, en nuestro entorno. Cuando damos algo de nosotros, cuando nos quedamos sin algo de lo que creíamos necesario, para socorrer una necesidad ajena, somos nosotros los que actuamos de “providencia divina” para los demás, somos presencia del amor de Dios para los demás, y de alguna manera nos aseguraremos que nos pase lo mismo, pero al revés. ¿Cómo hacemos para sentirnos amados por Dios? Me preguntó alguien por estos días. ¿Es una gracia? Sí, es una gracia que debemos pedir, pero es una gracia que debemos buscar y aceptar humanamente, a través de otro, por mediaciones humanas. Tanto para hacer sentir a los otros el ser amados, como para sentirnos amados nosotros por Dios, no existe otro camino que el amor humano, la mediación de otros. Por eso no es solo una gracia que debemos pedir que “caiga del cielo” al corazón, sino que es algo que debemos buscar dentro de nuestro corazón, amando, y experimentarla en los amores humanos que Dios nos presenta en cada situación cotidiana. Le generosidad es una oportunidad para experimentar el amor de Dios, por eso la viuda fue generosa, seguramente porque se sabía amada por Dios, porque había experimentado el amor de Dios a través de otros que habían sido generosos con ella. Nosotros podemos hacer lo mismo, para hacer que otros se sientan amados, para dejar que otros nos amen, como Dios nos ama.

En algo del evangelio de hoy Jesús nos deja una enseñanza profunda que muchas veces dejamos de lado. El Reino de Dios ya está. No solo hay que esperarlo, no solo hay que saber esperar, sino que hay que saber mirar el hoy, el ahora. Solo podrá percibir su llegada cuando venga el final de los tiempos, aquel que supo encontrarlo ahora, entre nosotros. Aquel que está atento siempre y se empieza a dar cuenta de que el Reino no está allá o más allá, sino que está acá entre nosotros, ahora. Por ejemplo, ahora, mientras hacemos el esfuerzo por escuchar la Palabra de Dios, ahora mientras estás viajando y está rezando interiormente para ver un mundo mejor, mientras estás viendo alguien necesitado y tenés ganas de ayudarlo, y lo hacés; mientras llevás a tus hijos al colegio o la escuela sabiendo que estás haciendo todo lo posible para que estén bien; mientras entrás a trabajar y tenés la oportunidad de arrancar con una sonrisa, a pesar de los malos humores. Miles de maneras de hacer presente el Reino de Dios, que en realidad está dentro nuestro y anda empujando para salir y hacerse presente. Porque en definitiva el Reinado de Dios está cuando hay un Rey y alguien que lo escucha y lo ama. Dios Reina cuando alguien lo deja reinar y ese alguien tenemos que ser vos y yo, no esperar que aparezca de golpe, como por arte de magia. Todo un desafío, toda una oportunidad.

Dice Jesús que el Reino no vendrá ostensiblemente, no vendrá espectacularmente, no vendrá a lo grande, como le gusta al mundo. No esperes la llegada del Reino como las películas, no lo esperes con fuegos artificiales. Esa aclaración de Jesús vale tanto para la venida definitiva (lo que a veces se llama un poco con miedo el fin del mundo, pero que para nosotros será el inicio de la Vida con mayúscula) como para la experiencia de Reino que tenemos cada día, que podemos tener. El que busca encontrar a Dios y su Reinado en lo ostensible, mejor que se dedique a otra cosa porque le va a ir muy mal, se frustrará rápido. Así como Jesús pasó casi desapercibido en este mundo e incluso cuando resucitó solo se dejó ver por algunos, de la misma manera hoy Él está, pero cuesta verlo si pretendemos verlo a nuestro modo.

Está siempre, pero no ostensiblemente. Está en la Eucaristía, en cada sagrario y en cada misa, está en cada uno de nosotros y especialmente en los pobres. Está, pero no corras a buscarlo, mejor frenate y aprende a encontrarlo en tu lugar.

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