Lucas 17, 7-10 – XXXII Martes durante el año

 

 

El Señor dijo:

«Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: “Ven pronto y siéntate a la mesa”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después”? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?

Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber.”»

Palabra del Señor

Comentario

Por ahí te quedaste un poco asustado o asustada con el comentario de ayer, con eso de “dar todo”, probar quedarnos alguna vez sin nada en la billetera. Es cierto, no podemos dar todo lo que tenemos en cada “esquina”, o ante cada situación de necesidad que se nos presenta, y mucho menos si tenemos una familia que sostener. Podríamos decir que es imposible imitar lo de la viuda del evangelio del domingo todos los días, es verdad, porque seríamos nosotros los que pasaríamos a la indigencia, y esa no es la idea. Pero no por eso debemos renunciar a descubrir la enseñanza profunda que nos transmite la palabra para vivir siendo generosos todos los días, más allá de lo que poseamos. Si no vamos a lo esencial, nos puede pasar lo de tantas veces con la palabra de Dios, la leemos, la escuchamos, decimos “qué lindo”, pero finalmente nos parece inimitable, inalcanzable, y esa tampoco es la idea.

No sabemos el por qué esa mujer fue capaz de dar todo; no sabemos cuál era el motivo de la ofrenda; no sabemos si habrá habido alguien cercano a ella que la sostenía día a día para vivir, pero lo que sí podemos saber o suponer es que, al “dar todo lo que tenía para vivir”, también dio, también “depositó” su confianza en Dios, en su divina providencia. Solo el que confía en que Dios jamás lo abandona, el que cree que siendo generoso jamás quedará sin lo necesario para vivir, porque su generosidad despertará la generosidad de otros, solo ese, es capaz de dar todo. Es imposible dar todo sin confianza en algo más grande e invisible, es imposible despojarse de lo necesario sin la certeza profunda de que la Providencia Divina se manifestará rápidamente por medio de otro corazón generoso. La viuda pobre, la “tenía clara”, sabía que, al dar, jamás quedaría sola.

Del algo del evangelio de hoy, te propongo que empecemos por el final para entender el principio, porque si no puede parecer muy duro. Jesús dice: «Ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber». Creo que esto es lo que deberíamos aprender a decir cada día al terminar nuestras actividades: tus tareas de madre –por ejemplo–, de trabajadora, de ama de casa, o tu tarea de hombre de la casa, la de estar todo el día afuera lidiando con el mundo para poder llevar el pan de cada día, con tu estudio si te estás preparando para ser profesional, con tu trabajo que te está ayudando a ser más responsable, si sos sacerdote o consagrado y entregaste tu vida a Jesús en la Iglesia, en definitiva, con lo que te toque hacer; hoy a la noche digamos todos estas palabras: “Soy un simple servidor, estoy haciendo lo que me toca, lo que me corresponde. En definitiva, lo que tengo que hacer para ser lo que soy: un hijo de Dios, un servidor de Dios”.

Qué lindo sería tener esta conciencia todos los días; un verdadero equilibrio entre sentirse hijo y al mismo partícipe, con responsabilidades, sabiendo que, de alguna manera, que llegue o no el amor de Dios a otro, también depende de mi esfuerzo diario.

Somos hijos de Dios, pero no hijos caprichosos; hijos que asumen lo que les toca y no reclaman nada ni le echan la culpa a nadie por las cosas que no salen bien. Sino hijos que hacen las tareas sintiéndose amados y por eso no buscan la “palmada” en la espalda que los haga sentir bien, sino que se saben siempre amados y ya con eso tienen el corazón lleno. La suposición de Jesús de hoy –esta situación que Él mismo plantea– no va en contra de saber ser agradecidos con los que están a nuestro cargo cuando hacen las cosas bien, no, eso por favor no dejemos de hacerlo nunca; sino que Jesús advierte el peligro de creerse y adueñarse de algo que no nos corresponde, el mérito de las acciones.

Dios no quiere que nos adueñemos del mérito de una acción; mientras podamos es nuestro deber trabajar siempre por amor, no es mérito propio, sino un regalo. No hay que creerse más de lo somos: hijos de Dios.

Amados por Dios, pero hijos, hijos que se deben a su Padre; esa es la convicción con la que debemos vivir.

Pensé en algunas preguntas para que las medites y te puedan ayudar:

¿Cuándo hacemos las cosas buscando el reconocimiento, en el fondo porqué o por quién lo estamos haciendo? Cuando nos quejamos porque no nos agradecen todo lo que hicimos, ¿No será que perdimos la alegría de encontrar paz por el solo hecho de hacerlas? ¿No será que nos estamos adueñando de los dones que Dios nos dio sin darnos cuenta?

Además, si nos ponemos a pensar seria y objetivamente: ¿No podríamos hacer las cosas mucho mejor de lo que lo hacemos? Y si es así ¿Por qué nos quejamos porque los otros no las hagan tan bien o los otros no nos reconozcan cuando nosotros las hicimos?

Que hoy nos quede esta frase tan linda y humilde: “Somos simples servidores” e incluso debemos reconocer que muchas veces somos servidores mediocres, pero que a pesar de todo recibimos el aliento de vida de cada día para seguir adelante, para servir al mejor Señor del mundo, al Señor con mayúscula, que transforma lo poco que nosotros podemos darle en una gran inmensidad, como las “dos pequeñas monedas” de la viuda, que parecían poco, pero que en realidad fueron todo.

Seamos agradecidos, con los demás y con Dios, no pretendamos ser reconocidos por los otros, sino solo por nuestro Señor.

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta