Lucas 18, 1-8 – XXXII Sábado durante el año

 

 

Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse:

«En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: “Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario.”

Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: “Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme.”»

Y el Señor dijo: «Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia.

Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?»

Palabra del Señor

Resumen de la semana

¿Te acordás con la pregunta que empezábamos la semana? Te la recuerdo ¿Alguna vez probamos quedarnos sin nada en la billetera para ayudar a alguien, por dar una limosna? Parecía demasiado exigente la propuesta, pero queríamos seguir en sintonía con el evangelio del domingo, quería que continuemos reflexionando sobre lo que Jesús quiso enseñarnos al elogiar a la viuda pobre que dio “todo lo que tenía para vivir”, me salía una expresión de deseo: ¡Quisiera tener esa fuerza, esa generosidad, ese gesto de ser capaz de quedarme sin nada en los bolsillos, pero con todo ese amor en el corazón, como lo hizo esta mujer! ¿Cuántas veces fuimos capaces de tener un gesto así? Por el contrario ¿Cuántas son las veces que damos con mucha facilidad lo que nos sobra y jamás se nos mueve un pelo al dar? Decíamos que increíblemente muchas veces son las personas pobres de bienes y de corazón, las únicas capaces de dar todo por otros o para otros. En eso nos detuvimos en estos días, pero hoy quiero que repasemos también los evangelios de la semana.

El lunes decíamos que, si vos o yo pecamos, algo que nos pasa seguido a todos, tenemos que aprender a reconocerlo cuando alguien nos corrige y una vez corregidos nuestro deber es pedir perdón a quien sea necesario. Por eso decíamos: “Señor… aumentános la fe. Lo necesitamos para vivir distinto, para ser distintos y que esa diferencia no nos aleje de los que no tienen fe, sino todo lo contrario, que nos haga más cercanos, más humanos, más normales, pero más desprendidos, más generosos, más vivos desde adentro, más alegres, más perdonadores, más comprensivos, más misericordiosos, más libres para amar. Danos un poco más de fe, la que creas que necesitamos, la que nos abra a la generosidad y pobreza interior, aquella que nos lleve a ser capaces de dar todo, sin importarnos el mañana, confiando en que jamás nos quedaremos sin lo necesario para vivir.

El martes era fuerte lo que nos planteaba Jesús: Por eso, si estás realizando algún servicio de amor, en la Iglesia, o en alguna institución, y estás esperando que te agradezcan, todavía no entendiste todo el evangelio. Si querés empezar a servir en algún lado, tené en cuenta esto del evangelio. Somos simples servidores, y por gracia de Dios, ¿qué más necesitamos? Si amás a tu mujer, a tu marido, a tus hijos, esperando que agradezcan “todo tu amor” tan generoso y gratuito, es porque todavía estás aprendiendo a amar, estás en camino, como lo estamos todos en realidad.

El miércoles me gustaba remarcarte esa pregunta de Jesús: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? ¿Los otros nueve dónde están?». ¿Dónde está la gente que es curada por Jesús, que le ha pedido a Jesús insistentemente algo y después desaparece…? podríamos preguntarnos nosotros. ¿Dónde estamos nosotros los que alguna vez fuimos curados? ¿Tenemos esta vivencia de la fe del samaritano? Y te proponía que pensemos en tres características de la fe, que nos pueden ayudar a ver si tenemos una fe madura, completa, una fe plena, una fe que salva; no solamente una fe que cura, sino una fe que nos hace levantarnos y nos hace vivir salvados. Las características eran, la confianza, el agradecimiento, y ponerse en camino.

El jueves decíamos que no solo hay que esperarlo, no solo hay que saber esperar el Reino, sino que hay que saber mirar el hoy, el ahora. Solo podrá percibir su llegada cuando venga el final de los tiempos aquel que ha sabido encontrarlo ahora, entre nosotros. Aquel que está atento siempre, el prudente, y se empieza a dar cuenta de que el Reino no está allá o más allá, sino que está acá entre nosotros. Por ejemplo, ahora mientras hacemos el esfuerzo por escuchar la Palabra de Dios, ahora mientras estás viajando y estás rezando interiormente para ver un mundo mejor, mientras estás viendo alguien necesitado y tenés ganas de ayudarlo, mientras llevás a tus hijos al colegio o la escuela, mientras entrás a trabajar y tenés la oportunidad de arrancar con una sonrisa.

Y ayer, viernes, te proponía que te imagines qué harías si hoy llegara el momento del fin del mundo, o dicho de mejor modo y más lindo, el momento de la llegada de Jesús, no ya humilde y escondido, sino glorioso y triunfante, a reinar definitivamente en el universo. ¿Qué harías? Empezamos a ver signos, empezamos a darnos cuenta que se termina todo, ¿Qué hacés? ¿Salís corriendo? ¿Para dónde? ¿Qué vas a buscar? ¿Qué buscarías que no querés perder? Todo un ejercicio personal de pensar y detectar en nosotros mismos que idea tenemos del final, de nuestra vida y del mundo, todo un desafío para reflexionar si cuando venga Jesús vamos a escapar a buscar “cosas” y personas o vamos a mirar al cielo de rodillas abriendo los brazos para dejarnos abrazar por Aquel que esperamos y amamos, sabiendo que nuestros seres queridos también serán abrazados por Él.

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