Lucas 18, 35-43 – XXXIII Lunes durante el año

Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía.

Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret. El ciego se puso a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”.

Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”. Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. “Señor, que yo vea otra vez”.

Y Jesús le dijo: “Recupera la vista, tu fe te ha salvado”. En el mismo momento, el ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios. Al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios.

Palabra del Señor

Comentario

Una vez más empezamos otra semana queriendo rezar con algo del Evangelio de cada día; en estos días, quiero aprovechar también para ir desmenuzando lentamente algunas palabras del Papa Francisco que nos pueden ayudar a seguir valorando la lectura diaria y la oración con la Palabra de Dios. Así dice el Papa: “Quiero decirte que yo leo mi vieja Biblia, muy seguido la tomo aquí, la leo un poco allá; después la dejo y me dejo mirar por el Señor. No soy yo quien lo mira, es Él quien me mira. Sí, Él está ahí, yo le dejo poner sus ojos sobre mí y siento –sin sentimentalismo–, siento en lo más profundo de las cosas lo que el Señor me dice”.

Vamos a pedirle al Espíritu Santo que en esta semana nos ayude a tener esta actitud: a leer, a dejarnos mirar, y a escuchar lo que nos dice. Leer, dejarnos mirar por Jesús y escuchar lo que nos dice; es un caminito posible y seguro. Algo de esto tenemos que proponernos en estos días, en medio de tantas cosas que tenemos que hacer, de los proyectos y cosas que tenemos por delante: tenemos que hacernos un tiempo para leer con nuestra propia Biblia, para quedarnos quietos y dejarnos mirar, y finalmente callar un poco para poder escuchar. Es muy difícil dejarse mirar por Jesús, es muy difícil; es algo que tenemos que pedir con todo el corazón.

Y el Evangelio de hoy es una de las escenas más lindas de la vida de Jesús,  llena de detalles que nos invitan a profundizar en lo que Jesús dice a cada uno, en lo que nos quiere decir a cada uno. Esa es la clave, ese es el desafío, que hoy podamos escuchar a Jesús y dejar que nos mire, mientras nos preguntamos: ¿Quién soy yo en esta escena? ¿Cómo vengo viviendo y quién quiero ser también de acá en adelante? ¿Soy el cieguito que está al costado del camino y aunque no puede ver a Jesús lo escucha cuando pasa y pregunta? ¿Pregunto dónde está Jesús? ¿Antes veía y ahora no veo más? ¿Perdí la capacidad de ver más allá? El cieguito recuperó la vista, quiere decir que antes veía.

Aunque no veamos bien, por lo menos tenemos que aprender a escuchar; tenemos que escuchar que Jesús está por ahí, está por allá; está siempre. Tenemos que ser como el cieguito que ante la proximidad de Jesús no para de gritar y le importa muy poco que lo quieran callar.

Ya quisiera tener yo esa fe de este hombre que grita olvidándose de todo.

Quién de nosotros puede decir con seguridad que siempre ve a Jesús en el camino de esta vida, que lo ve en todos lados. No nos creamos como los que estaban ese día alrededor de Jesús, que además se dan el lujo de  callar a los demás. Somos un poco ciegos y Jesús viene a curarnos de la ceguera del corazón que nos tiene quietos sin avanzar, tirados al costado del camino; con fe, pero tirados, no haciendo nada, no haciendo nada por seguir.

Qué lindo sería también dejar que Jesús nos pregunte hoy: «¿Qué querés que haga por tí? ¿Qué necesitás de mí?».

Pensá… porque Jesús nos da la oportunidad de que podamos pedirle aquello que realmente necesitamos. Pidamos ver un poco más, pidamos verlo a Él; pidamos lo mejor.

Hay un verso de un himno de la liturgia que dice así: “Y yo como el ciego del camino pido un milagro para ver”. Que podamos ver lo que hace rato dejamos de ver.

Que esta petición sea la más importante del día, que pidamos un milagro para ver a Jesús. Y que esta petición se nos transforme en oración, en diálogo; por eso termino con una oración de un sacerdote que me pareció muy buena para que la escuchemos juntos, dice así: “Señor me imagino que soy el ciego Bartimeo, estoy en el camino con inmensos deseos de verte, por eso gritaba y grito, aunque tus apóstoles todavía no imbuidos de tu mensaje, me mandaban que callara. El milagro de verte es el gran placer de cualquier creyente que está unido a ti ya en éste mundo; mientras tanto Señor quiero que mis manos sean constructivas, te pido que mi corazón se mantenga cálido y no frío, tú me llamas a que sea una persona, así: bondadoso, amable, acogedor, tierno y fuerte al mismo tiempo”.

Que esta oración nos ayude a poder pedirle con todo el corazón a Jesús que “queremos ver”, que ese es el gran placer de aquel que busca a Jesús; verlo en este mundo aunque a veces Jesús se hace escurridizo y nos cuesta. Pidámosle esta gracia en este día…

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