Lucas 18, 9-14 – III Sábado de Cuaresma

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:

«Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas.”

En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado.»

Palabra del Señor

Comentario

Creo que podemos aprovechar este sábado, terminando esta semana, para pedirle a la Palabra de Dios que produzca lo que necesitamos en nosotros y en los demás; porque acordate que la Palabra de Dios es como la lluvia que no vuelve al cielo sin haber hecho germinar, sin haber hecho crecer, sin haber fecundado la tierra; la tierra de nuestra vida, la tierra de nuestras actividades, de nuestro corazón, de todo lo que somos. Y bueno, depende de nosotros también que esa lluvia produzca su efecto y una de las cosas que podemos hacer es pedirle al Padre, pedirle que produzca lo que necesitamos de lo que escuchamos esta semana, aquél Evangelio que más me representó, que más me mostró algo que no estaba viendo.

Y de la parábola de algo evangelio de hoy creo que lo primero que podemos decir, o lo que se me ocurre hoy decir es. ¿No será que a veces interpretamos demasiado literal algunas cosas del evangelio y nos olvidamos de lo esencial, de lo más profundo? Pasa mucho en nuestras Iglesias que cuando hay celebraciones de poca gente -celebraciones semanales, por ejemplo-  la gente se va mucho atrás, se va mucho a los bancos del fondo, a grandes distancias; como si a veces pensáramos que dependiendo del lugar que ocupemos estamos más o menos cerca de Dios o lo merecemos más o menos.

Y hoy justamente el Señor nos quiere mostrar que no se trata de eso. Obviamente la actitud del publicano que está lejos, es la actitud del que se siente pecador, del que se siente necesitado de Dios; y la actitud del fariseo que está de pie, es todo lo contrario, puffdfes él se siente justo, se siente mejor que los demás y da gracias porque “no es como los demás”; pero no es una cuestión de qué asiento ocupo en la Iglesia, puedo estar en el primer banco sintiéndome un gran pecador y por tanto necesitado de Dios que es lo que me hace ir hasta ahí; puedo ser sacerdote y estar muy cerca del altar, pero estar lejos de Dios, mi corazón puede estar lejos de Dios, porque estoy soberbio y pienso que soy más que los demás; no importa el lugar…

Vamos a lo esencial del Evangelio: Jesús se refiere a aquellos que se tenían por justos y despreciaban a los demás; y de eso es de lo que debemos tener cuidado, reflexionar si nosotros en alguna forma de pensar, de sentir, de actuar o de mirar a los demás, no nos creemos un poco más justos y despreciamos a los demás. En el fondo es esa actitud la que nos aleja de Dios; cuando me siento capaz de juzgar y pensar que soy diferente, incluso agradecer que soy diferente y llegar a decir: “Gracias Señor porque me libraste de esto o de lo otro”, y miro a los demás de reojo. Cuando caemos en esa actitud de soberbia es cuando más lejos estamos de Dios y no nos iremos “justificados” en nuestra oración.

La oración que brota del fondo de nuestro corazón no es creernos diferentes a los demás, sino más bien pedirle al Señor que nos ayude a reconocernos como realmente somos; y no temer mostrarnos ante Dios como realmente somos.

Me contó alguna vez un sacerdote que después de una Misa, en el atrio de la Iglesia mientras saludaba a los demás, escuchaba un grupo de señoras que decían: “Y al final en el cielo vamos a estar los mismos de siempre”; como una actitud de mucha soberbia de la cual seguramente no se daban cuenta, estas señoras no se daban cuenta de lo que estaban diciendo.

¿A veces no será que nosotros nos creemos como una élite dentro de la Iglesia? Como la élite de los que estamos más cerca y “menos mal que somos nosotros, menos mal que Dios nos eligió a nosotros”. Hay que tener mucho cuidado de no caer en esta soberbia tan sutil que se mete en el corazón de los “más creyentes” incluso, de los que aparentemente estamos más cerca, estamos “de pie” al lado de Dios. Mejor es salir justificado de la oración, porque el que se humilla será ensalzado; el que se reconoce como es, a eso se refiere Jesús. Humillarse es reconocerse con la verdad, “La humildad es la verdad” decía Santa Teresa, y por eso aquel que se pone frente a Dios sin miedo a mostrarse como es y por esa pequeñez que reconoce en él pide perdón y se arrodilla también como una actitud interior; es el que realmente saldrá de la presencia de Dios como Él quiere que salgamos y no como nosotros creemos que tenemos que salir.

Pidámosle esta gracia en este fin de semana, aprovechemos para pedirle a la Palabra que produzca este fruto en nosotros: frutos de humildad, que es lo que realmente nos ayuda a vivir como el Señor quiere.

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