Lucas 19, 1-10 – XXXIII Martes durante el año

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era el jefe de los publicanos. El quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.

Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.» Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador.» Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más.»Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, hoy no nos olvidemos de mirar al cielo, por lo menos un momento. Mirar al cielo e invocar al Espíritu Santo que está en todas partes y que especialmente habita en cada corazón creyente. Si vos y yo creemos es gracias al Espíritu de Dios que nos anima interiormente, no podríamos creer en Jesús si no fuera por el Espíritu.  Es el Espíritu Santo quien te va a decir hoy lo que más te conviene, lo que más necesitas para tu vida. San Pablo dice así: “el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido” Él es el que nos ayuda a rezar, por eso invocalo con confianza sabiendo que todo es distinto en la oración, si rezamos desde el Espíritu Santo, con el Espíritu Santo. Como decíamos ayer citando al Papa, leamos la Biblia,  y dejemos que nos mire el Señor por un rato.

De hace unas semanas tuvimos las oportunidad de rezar con esta escena de hoy, con este encuentro entre Jesús y Zaqueo. Por supuesto que hay mucha tela para cortar todavía. Es inagotable. Nunca me voy a cansar de decirme y decirte esto sobre la palabra de Dios. Necesito decirlo porque es un modo de convencernos, y de no dejar de buscar jamás. Cuando se mete en el corazón la menor “sugerencia” de que “ya no hay más” “ya lo leí” o el “ya lo escuché”, es cuando sin querer tiramos por el balcón la posibilidad de lo nuevo, de la gracia que sorprende, en definitiva del Espíritu Santo que siempre dirá lo necesario para cada corazón que está dispuesto a escuchar.

Por eso hoy tengo ganas de que nos detengamos simplemente en una actitud que algo del evangelio nos deja picando, por decir así, casi al pasar. Una vez que Jesús se fue a alojar en casa de Zaqueo, se dice: “Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador.» Al ver eso, todos murmuraban. ¿Qué raro no? La murmuración. El cáncer oculto del corazón del hombre. El virus de la soberbia que se manifiesta de esa forma. El virus es la soberbia, la enfermedad es el prejuicio y el síntoma la murmuración.

Jesús sufrió la murmuración, el que lo acusen, el que no lo entiendan, el que lo prejuzguen, el que lo critiquen. Nuestro corazón herido desde el principio casi imperceptiblemente nos lleva a “dudar” de Dios. Eso le pasó a los primeros hombres, eso logró sembrar en el corazón de Adán y Eva la serpiente engañadora, el maligno. El demonio siembra duda, nosotros la alimentamos. ¿Cómo es posible que Dios sea tan bueno y se vaya a mezclar con los peores de los peores? ¿Cómo es posible que Dios sea así? “Todos murmuraban” No algunos, sino todos. El bien es sospechado, el bien que vino a traer Jesús al mundo y por lo tanto, el bien que deseamos hacer vos y yo todos los días. Es así, no hay que amargarse. Esto lo sufrió Jesús, lo sufrieron los santos, lo sufre cada persona que intenta hacer el bien, lo sufre la Iglesia, lo sufrimos nosotros. Siempre la sospecha. Es algo con lo cual hay que contar. No hay que amargarse.

¿Qué hizo Jesús? ¿Se deprimió? ¿Se hizo la víctima? ¿Se puso a darles explicaciones para que lo entiendan? ¿Se acostó esa noche entristecido por no ser comprendido? En principio parece que no. Se fue a la casa de Zaqueo, a estar con él, con un pecador. Fue a hacer lo que sabía que tenía que hacer, mientras todos murmuraban. ¿Cuál es el problema? Hay que seguir, como dice el Quijote: “Ladran Sancho, señal que cabalgamos” Que murmuren Jesús, señal de que amamos. Mientras la murmuración sea fruto de no comprender la bondad de Dios que se preocupa por los que nadie se ocupa, hay que seguir. Ahora… cuando la murmuración es por el hecho de no estar haciendo lo que Jesús haría en nuestro lugar, bueno, ahí si hay que detenerse y escuchar. Mientras tanto sigamos adelante, y por supuesto, no seamos nosotros unos de esos “tantos” que murmuran y ladran mientras otros hacen el bien, eso no es de cristianos.

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