Lucas 19, 41-44 – XXXIII Jueves durante el año

 

 

Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, diciendo: «¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.

Vendrán días desastrosos para ti, en que tus enemigos te cercarán con empalizadas, te sitiarán y te atacarán por todas partes. Te arrasarán junto con tus hijos, que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios.»

Palabra del Señor

Comentario

Más allá de que no sabemos el día y la hora del final de los tiempos, de nuestras intrigas y deseos de saber, y todas estas cuestiones, lo lindo de las palabras de Jesús del domingo es el hecho de que hay algo que “no pasará jamás”, todo pasará, pero “sus palabras no”. Así lo decía Jesús: “Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” ¡Qué gratificante es escuchar algo así! “Cambia, todo cambia” dice una canción, pero la palabra de Dios hacia nosotros no cambia, permanece para siempre y eso es lo que nos debería dar seguridad. Que sus palabras no cambien, es sinónimo de algún modo, de que su amor no cambia, su amor permanece fiel siempre en nosotros. Hoy más que nunca, o por lo menos más que antes, todo cambia, y además cambia a pasos insospechados antes. Al pensamiento actual le encanta jactarse de que todo cambie y pregona que todo debe cambiar, porque además eso mantiene “el negocio” de muchos, sin embargo, hay cosas que no deberían cambiar jamás pase lo que pase, y gracias a Dios hay cuestiones que no cambiarán nunca, una de ellas y la más linda es su amor.

Con respecto a algo del evangelio de hoy, podríamos decir que lo que nos pasa a nosotros, esto de que no siempre nuestra interioridad se condice con nuestras manifestaciones exteriores (y al revés) y por eso tenemos que aprender a interpretarlas, claramente no le pasaba a Jesús. Él es el perfecto hombre, Dios hecho hombre, pero hombre sin pecado y por eso, hombre que no padeció el desorden de sus pasiones. Nuestro Catecismo, obviamente basándose en la Palabra de Dios, enseña que toda la vida de Jesús nos revela al Padre, o sea nos dice, nos muestra quién es y cómo es el Padre. Sus palabras, sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar. Lo que Jesús dice, hace, calla, sufre nos muestra lo que el Padre dice, hace, calla y sufre. Hoy Jesús llora por Jerusalén, el Padre podríamos decir que también llora por sus hijos, por los de esa época y por la nuestra, por vos y por mí. Sin olvidarnos que hablamos con palabras humanas algo que no terminamos de comprender, podríamos hoy pensar en esto. ¿Cuántas veces Jesús y el Padre lloraron por nosotros, porque no terminamos de aprovechar su presencia en nuestras vidas? ¿Cuántas veces vos lloraste por tus hijos, por ciertas ingratitudes de ellos para con vos? ¡Cómo te hacen sufrir tus hijos!! ¿No? Bueno si nos duele eso muchas veces, ¿por qué no pensar lo que Dios ama y sufre por sus hijos ingratos de la tierra que viven olvidados de Él o bien dicen que lo quieren, pero al final no lo quieren tanto? ¿No seremos vos y yo algunos de los que hacen sufrir un poco a Dios?

Este llanto de Jesús es un sentimiento al que muchas veces no le damos tanta importancia, o que pasamos de largo porque por ahí, solo recordamos el llanto de Jesús al morir su amigo Lázaro o sus lágrimas durante su pasión. Esto nos pasa mucho con el evangelio. Nuestra memoria es un poco selectiva, como lo somos con la comida. Bueno, con la palabra de Dios muchas veces nos pasa lo mismo. El plato de la palabra está servido todos los días, pero algunas veces elegimos lo que más nos gusta olvidándonos de muchas cosas más y separamos lo que no podemos “tragar”, por su aspecto, o porque alguna vez nos cayó mal, o por caprichosos nomás.

Este llanto de Jesús es un poco incómodo. Llora por tanta gente, por la ceguera que no les permite reconocer el tiempo de Dios, su paso, la visita de Dios por sus vidas. Los discípulos vieron llorar a Jesús. ¿Te imaginás ese momento? Jesús mirando la ciudad y las personas que debían recibirlo, mientras caían lágrimas de sus ojos que seguro mojaron el puño de su túnica. Lágrimas por amor, lágrimas de tristeza, lágrimas de desilusión, lágrimas de impotencia, lágrimas de reproche, lágrimas de Dios. Sí, Dios lloró, aunque cueste creerlo. Jesús lloró, y lloró en serio, no fue un teatro para que creamos que tenía sentimientos, los tenía. Lloró estando con nosotros y por qué no pensar que llora también ahora desde el cielo, por decirlo así, llora por lo mismo, llora por amor.

Jesús llora cuando nosotros también tenemos los ojos tapados o nublados por tantas cosas y no podemos ver que Él nos está visitando continuamente. ¿Qué más esperamos de Jesús? ¿Qué otras señales de su visita necesitamos para darnos cuenta de tanto amor? ¿No seremos demasiados “ambiciosos” con Dios, exigiéndole más de la cuenta? ¿No será que tenemos un Dios tan sencillo que a veces nos incomoda un poco y nos descoloca? Jesús llora por nosotros cada vez que elegimos hacer la nuestra. Jesús llora por nosotros cada vez que usamos mal nuestra libertad y le damos la espalda. Jesús lloró y llora cada vez que rechazamos su amor y caemos en el pecado. Llora porque nos ama, como cuando un padre y una madre se les estruja el corazón al ver que un hijo o una hija toma caminos equivocados o desperdician sus vidas en cosas que no tienen sentido. ¿No es lógico que Jesús llore por nosotros? ¿No es lindo, aunque duela, que a Jesús le preocupe nuestra vida y llore por nosotros? Aunque parezca raro y duela un poco, prefiero pensar que Jesús llora por nosotros, a que no le interese lo que hacemos.

Jesús, danos la gracia de darnos cuenta las veces que visitás nuestros corazones y nosotros por distraídos, no nos damos cuenta.

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