Lucas 19, 45-48 – XXXIII Viernes durante el año

 

Jesús al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Está escrito: Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones.»

Y diariamente enseñaba en el Templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo, buscaban la forma de matarlo. Pero no sabían cómo hacerlo, porque todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras.

Palabra del Señor

Comentario

Menos mal que las palabras de Jesús no pasarán jamás, menos mal, no hay mejor noticia que esa. Es cierto que es lindo el cambio, que hace bien renovarse, que es incluso necesario adaptarse a que tarde o temprano todo pasa, pero al mismo tiempo también es cierto que necesitamos estabilidad en lo esencial, no se puede vivir sujetos a los vaivenes de los caprichos interiores, ni tampoco a los vaivenes del mundo que no le interesa ni la verdad, ni la bondad, ni la belleza. Hoy, más que en otros tiempos, parece ser que nada es objetivo, nada es estable, todo depende de lo que cada uno sienta o piense y por eso la “nueva dictadura” es la del relativismo, el pensamiento que rechaza el pensamiento único, valga la redundancia, pero al mismo tiempo impone el pensamiento relativista, que quiere decir que no hay verdad clara, objetiva, sino que todo dependerá de cada uno. Bueno, y así estamos, no es necesario que te explique mucho esto. Por eso es refrescante saber que para Jesús esto no es así, hay cosas que no deben cambiar, que permanecen. Si puede y debe cambiar el modo de decirlas, la manera de transmitirlas, y es justamente lo que intentamos hacer cada día, de alguna manera, “traducir” al lenguaje de hoy algo que se dijo hace cientos de años, pero que es necesario volver a decir. Tener claro, pero bien claro esto, es fundamental para cualquier cristiano, pero especialmente para los que nos dedicamos a anunciar las palabras de Jesús que no pasarán jamás. Los peligros, como siempre, son el de caer hacia los extremos. Por un lado, el afirmarse en la rigidez de decir que el mensaje no debe cambiar, y entonces convertirse en un mero repetidor de frases que no necesitan ser explicadas o retransmitidas. Eso no sirve. No somos “loritos” de Dios, que no pensamos y procesamos lo que nos enseñó, y por eso la Iglesia desde hace dos mil años dice lo mismo, pero de modo nuevo en cada época. Y, por otro lado, el otro extremo sería el de cambiar el núcleo del mensaje por querer acomodarlo a todos los tiempos y personas. Eso pasa cuando el que lo transmite está más preocupado por el ser aceptado o comprendido que por comprender el mensaje y es ahí cuando termina por “licuar” la fe, o sea hacerla “aguada”, perdiendo la esencia de lo que Jesús nos dijo. El que trasmite las palabras de Jesús cambiando el mensaje principal, es el que tiene miedo a ser rechazado, el que busca ser amado por lo que dice, pero no que los demás conozcan y se enamoren del verdadero Dios, el que nos reveló Jesús, esto pasa muchísimo, más de lo que imaginamos.

En algo del evangelio de hoy, vemos que Jesús siente indignación al ver convertida la casa de su Padre en una casa de comercio. Ayer Jesús lloraba, hoy se indigna. ¿Ves que Jesús siente la vida, tiene sentimientos y no los esquiva? Esto no es sentimentalismo, es realidad, es la palabra de Dios. Jesús sintió como hombre, vivió como hombre, sin escaparle a nada, excepto al pecado.  Pasaron por su corazón sentimientos que lo hicieron reaccionar ante diferentes situaciones, a veces llorando, otras indignado y seguro, imagino que muchas veces riendo (aunque el evangelio no lo dice explícitamente). Pero su corazón siempre estuvo ordenado, sintió, pero no fue esclavo de sus sentimientos, sino que sus sentimientos eran auténticos, mostraban perfectamente lo que su corazón vivía y pensaba, y supo siempre conducirlos a un bien. No tenía el corazón dividido como nos pasa a nosotros que a veces ni sabemos por qué sentimos lo que sentimos, ni entendemos porque muchas veces pensamos lo que pensamos.

Al expulsar los vendedores del templo se enojó cuando se tenía que enojar y en la medida justa en la que lo tenía que hacer, pero siempre manteniendo dominio de sí mismo. A nosotros nos cuesta muchísimo, a veces nos enojamos cuando no nos tenemos que enojar o nos enojamos demasiado para lo que realmente pasó o bien no nos enojamos cuando nos deberíamos enojar. El sentimiento de enojo no es malo en sí mismo, no hay que tener miedo al enojo, hay que aprender a escuchar el corazón y equilibrar. Una sacerdote amigo siempre me dice “no mates un mosquito con un cañón”, como diciendo no gastes demasiadas energías, ira, cólera en cosas que en realidad no son para tanto. ¿Cuánta energía y tiempo perdido en enojos sin sentido que en el fondo provienen de nuestro orgullo herido, nuestra soberbia? Y al contrario ¿cuánta pasividad y pusilanimidad ante las cosas que nos deberían mover un poco el corazón?

Esto te lo dejo para que lo pienses. En el fondo, realmente en el fondo, nos enoja lo que nos interesa y nos resbala lo que no nos interesa. Esto es obvio. Ahora, nos podríamos preguntar ¿no será que lo que más nos interesa muchas veces somos nosotros mismos y por eso nos enojamos demasiado cuando en realidad deberíamos relativizar un poco las cosas? ¿No será que a veces nos importa poco el dolor de los demás, o la defensa de la verdad, de nuestra fe y por eso dejamos que las cosas se destruyan a nuestro alrededor? Dios nos habla por medio de los sentimientos, nos muestra cuan iracundos o apáticos estamos. Nos muestra en realidad por donde está nuestro corazón. Tenemos que aprender a leer que hay detrás de cada sentimiento que nos sobreviene a cada momento. Podemos aprovechar la noche para cerrar el día pensando qué sentimos y qué hicimos con esos sentimientos.

Sentir, sentiremos siempre, lo importante es saber interpretarlos, tanto para moderarlos, como para despertarlos. Podríamos decir tomando algo de la palabra de hoy, “dime que te enoja y te diré qué le importa a tu corazón” ¿Dónde está tu corazón? ¿Qué es lo que te indigna?

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