Lc 2, 22-32 – 2 de febrero – Fiesta de la Presentación del Señor en el Templo

 

 

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»

Palabra del Señor

Comentario

Vale la pena ser feliz. Vale la pena hacer el esfuerzo para encontrar el camino de la felicidad, es mentira que no se puede, es mentira que estamos hechos para el sufrimiento, aunque a veces nos toque sufrir. Como decía alguien por ahí: “Es preciso decirle a los jóvenes  que hay tomar el alma con las dos manos. No es drama llegar al final de la vida con el corazón lleno de cicatrices” La felicidad es cuesta arriba y todo camino que parezca el del menor esfuerzo, el del culto a la comodidad, el de “todo llega desde arriba”, es para temer, es para dudar. En realidad no nacemos ni infelices ni felices, depende mucho de nuestra elección. No es una lotería que depende del azar. No es que nos toca lo que nos toca, sino que es como construir una casa, es ladrillo a ladrillo, esfuerzo tras esfuerzo, teniendo claro para donde se va.

Algo lindo es pensar que Jesús es el primero en saber lo que necesitamos, el primero en desear para nosotros lo que nos hace bien, el primero en interesarse por nuestra felicidad, y es por lo que también vino a este mundo. No solo a morir por nuestros pecados, sino a vivir el camino que conduce a la felicidad verdadera, no la que es a cuenta gotas.

A veces es verdad que por momentos en la vida hay pocos motivos para ser felices, pero es verdad también, de que si vemos con esperanza el todo, hay muchísimos motivos para decir que ésta vida vale la pena vivirla, vale la pena lucharla para ser más feliz y hacer felices a los demás. Incluso te diría que vale la pena esperar toda una vida solo para un momento, para un instante único. Es común escuchar decir: “Después de esto ya puedo morir en paz”, en general uno lo escucha con cosas muy banales, como por ejemplo la otra vez veía en el Face alguien que ponía una foto con Messi, su ídolo, y comentaba abajo: “Me puedo morir tranquilo”  Sería  algo así como “muero feliz, logré lo que quería”. Uno entiende la expresión y la alegría de alguien después de estar con el que admira, teniendo la “foto que siempre esperó”, pero al mismo tiempo da para pensar en que anda nuestro corazón cuando pensamos así, cuando andamos tras esas fotos que eternicen nuestros deseos, ayuda a saber por donde están rumbeando nuestros anhelos. ¿Qué son las cosas que me llevan a decir “ya puedo morir en paz” no tengo nada más que pedir, soy feliz? Sería una linda pregunta para hoy.

Algo del evangelio de hoy nos enseña de donde viene esa frase tan común entre nosotros, pero tan llena de un hondo sentido. “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz”  De la Palabra de Dios, de labios de Simeón. Como tantas cosas de nuestra cultura, de nuestro vocabulario. Muchísimas cosas que se han vuelto populares son bien cristianas, pero que se han ido descristianizando con el tiempo. El mundo “nos robó” las expresiones y nosotros los católicos ya no sabemos bien su sentido original.

Este anciano esperó ver a Jesús para morir, esperó tanto y tanto, hasta que llegó su momento y entregó su vida. Murió viendo la felicidad, no teniendo cosas. Simeón no dijo: “Ya hice lo que tenía que hacer, ya muchos se salvaron gracias a mí, ya hice un montón de cosas por los demás, Dios ya me puede llevar, puedo morir en paz” No, eso es una desviación de la frase y su sentido original. Ya puedo morir en paz porque mis ojos han visto la salvación. ¡Qué distinto! Qué distinto pensar así. Que distinto pensar que solo podemos morir en paz cuando de alguna manera experimentemos que Jesús vino a salvar a todos, a vos y a mí. Qué distinto esperar morir en paz después de ver a  Jesús, que ante cualquier cosa de este mundo pasajera, sean quien fuera, Messi, el más santo del mundo o incluso tu ser querido más querido.

¿Qué cosas son las que te llevan a decir desde el fondo del alma, “Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”? ¿Soy yo mismo con mis logros, con todo lo que pensé hacer y pude hacer o en realidad todo lo que Dios me dio como gracia a lo largo de mis días? ¿Soy yo con mis sueños mundanos pasajeros o con mis sueños de salvación para todos? ¿Soy yo el satisfecho porque gracias a mis buenas acciones muchos se salvarán o es por experimentar que sin Jesús nadie se puede salvar, nadie puede ser feliz verdaderamente?

Que Jesús nos conceda esperar lo único que nos puede hacer morir en paz, lo único que nos da la verdadera felicidad. Él mismo.

Share
Etiquetas: