Lucas 21, 1-4 – XXXIV Lunes durante el año

 

 

Levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo.

Vio también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre, y dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir.»

Palabra del Señor

Comentario

¿Y si frenamos hoy un poco… y si intentamos mirar al cielo como quien quiere detener el tiempo para atesorarlo en el corazón? Estés donde estés, intentá acompañarme con este gesto, a todos nos hará bien. Si estás en la ciudad buscá entre los edificios eso que solo pudo haber hecho Dios. Si estás manejando sacá la cabeza por la ventana, toma un poco de aire. Ojalá que el día que te toque vivir esté despejado. Si estás en una oficina, anda a una ventana, a un pasillo. Si ya estás corriendo como loco, frená un poco, no tiene sentido correr tanto, lo que parece insolucionable, se solucionará o bien tomará otro rumbo, distinto. Lo que parece urgente, no es para tanto, no es tan importante. Al final de cuentas, lo importante pasa por otro lado y no tanto por lo que pensamos.

Retomando el evangelio de ayer, se me ocurre decir: ¡Qué lindo es tener un rey tan bueno como el nuestro! ¡Qué privilegio! ¡Qué consolador es saber que la mansedumbre de Jesús tarde o temprano nos convertirá! Pero al mismo tiempo… ¡Qué difícil es entender que el reinado de Jesús en nuestras vidas va tan a contramano de lo que nuestro corazón tantas veces pretende! Jesús ante Pilato, es la imagen más elocuente del modo que eligió para reinar en este mundo tan prepotente y manipulador. Cuando digo este mundo, puede parecer que me refiero a una fuerza externa que nos ataca, puede parecer que todos los problemas son del mundo, como si fuera algo ajeno a nosotros, pero no, cuando digo “este mundo” me refiero a la lógica de este mundo, pero que en definitiva es culpa de lo que sale del corazón del hombre y no de cosas extrañas que andan por ahí dando vueltas. Recorreremos lentamente, en estos días finales del año de la Iglesia, la escena del juicio a Jesús que está plagada de enseñanzas para todos nosotros, y que nos pueden ayudar a reconocer lo que Él también quiere de nosotros.

Muchas veces los que más sufren son los que más saben amar, o por lo menos conocen que para amar hay que sacrificarse. Es emocionante encontrar personas “golpeadas” por la vida, pero llenas de una vitalidad particular y con una gran capacidad de amar, mayor de la que imaginamos. Porque el sufrimiento les enseñó qué es lo esencial de la vida, les enseñó que todo lo que les pasó fue seguramente por falta de amor, y que, si ellos ahora no aman, sufrirán mucho más. Y, todo lo contrario, a veces el que no sufrió nunca, o el que le esquivó siempre al sufrimiento, el que vivió en una cunita de oro, como se dice, el que nunca sintió el peso de la vida, el que parece que nunca tuvo problemas, difícilmente pueda comprender el dolor de otros, difícilmente pueda amar en profundidad, aunque no es imposible. Por eso Jesús sufrió por nosotros y eligió el camino de la entrega, para poder compadecerse de todos, para que ninguno sienta que Dios la “vino a pasar bien” a la tierra, mientras a algunos les toca sufrir, o no se hizo cargo de nuestros sufrimientos.

La viuda pobre de algo del evangelio de hoy dio más que nadie. Es increíble la manera de “contar” de Jesús. Esta mujer dio siendo necesitada. Prefirió no acordarse de su hambre, de su sed, de su desnudez, de su enfermedad, de sus esclavitudes. No se miró a sí misma cuidando lo poco que tenía, sino que confió. Confió en que dando con el corazón nunca sería abandona por Dios. Esa es la lógica del generoso. Así piensa el que es generoso en serio. Piensa primero en el otro, y no tanto en lo que necesita él. El generoso da sabiendo que nunca será abandonado, da sabiendo que todo lo que se da se multiplica y que, así como pudo ser generoso, siempre habrá alguien generoso con él. Esa es la dinámica del amor. Eso hizo Jesús con nosotros. Eso es lo que quiere de nosotros.

La más pobre dio más que todos los ricos. Evidentemente Jesús no sabe mucho de matemática. ¿Cómo es posible que alguien que dio menos en cantidad sea en realidad el que más dio? Él no sabe mucho, ni le interesa tanto la matemática o por ahí lo que Él mide y calcula pasa por otro lado, pasa por el corazón. Me inclino a pensar que Él mira lo que a nosotros nos cuesta ver.

Para Jesús dar mucho no es directamente proporcional a dar con el corazón, a dar todo, y dar poco en cantidad puede ser compatible con dar todo. Una cosa extraña para nuestra mentalidad que todo lo calcula, que todo lo mide y lo cuenta pensando que la vida del corazón es pura matemática, donde siempre 1+1 es 2. Menos mal que las cosas de Dios no son así, sino estaríamos todos muy complicados. La vida del corazón no es ciencia exacta, es ciencia, pero del corazón, va por otros carriles. Y mientras nosotros queremos encasillar y encajonar todo en cálculos y números, incluso la salvación, Jesús se encarga de “patear el tablero” y enseñarnos un modo nuevo de ver las cosas, de entender la realidad.

Sé que si tenés familia no podés dar todo lo que tenés. Es entendible. Pero si es posible dar mucho más de lo que damos cuando alguien nos pide, así espontáneamente, sin pensarlo tanto. Porque cuanto más lo pensamos, menos damos. Probá sacar mucho para dar una limosna, probá quedarte con la billetera sedienta, jamás vas a quedarte sin nada. Te lo aseguro. No me digas que no podés. No me digas que no tenés más. En el banco, debajo de un colchón siempre nos queda algo. Hasta seguro que tenemos ahorros. Hasta que no vivamos esa experiencia, no sabremos lo que es dar todo, como Jesús, como la viuda pobre, y como tantos pobres de hoy que también lo hacen. En realidad… me animo a que nos preguntemos: ¿Quién es más pobre? ¿El que tiene y no da, o el que no tiene casi nada y da lo poco que tiene?

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