Lucas 21, 34-36 – XXXIV Sábado durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra.

Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

Resumen de la semana

El reinado de Jesús es un hecho, aunque no todos lo reconozcan. Jesús fue, es y será rey por siempre, por más que solo exista un corazón en este planeta que lo ame, aunque por supuesto eso jamás pasará. Él no llegó a ser rey porque este mundo lo coronó, o porque a Pilato se le ocurrió poner en la cruz un cartel que decía: “Jesús Nazareno Rey de los judíos”, sino porque su Padre se lo concedió al entregar su vida por amor a todos los hombres, por haber cumplido su voluntad. Los poderosos de este mundo si o sí necesitan que otros avalen el poder que desean, ya sea con votos, con dádivas y manipulaciones o con violencia, en cambio nuestro rey manso y humilde alcanzó la realeza por el camino más escarpado y gratificante que podría haber elegido, el del amor desinteresado, fiel y constante.

Esta semana que pasó intentamos redescubrir ese amor que jamás pasará y que algún día llegará a su plenitud en esta humanidad caída y olvidadiza. Por eso volvamos a pasar por el corazón algunas de las palabras de estos días que nos confirman que nuestra fe es el mejor camino.

El lunes, veíamos con Jesús que la viuda pobre dio más que nadie. Increíble la manera de “contar” de Jesús. Esta mujer dio siendo necesitada. Prefirió no acordarse de su hambre, de su sed, de su desnudez, de su enfermedad, de sus esclavitudes. No se miró a sí misma y cuidó lo poco que tenía, sino que confió en que dando con el corazón nunca sería abandona por Dios. Esa es la lógica del generoso. Así piensa el que es generoso en serio. Piensa primero en el otro, y no tanto en lo que necesita él. El generoso da sabiendo que nunca será abandonado, da sabiendo que todo lo que se da se multiplica y que, así como pudo ser generoso, siempre habrá alguien generoso con él. Esa es la dinámica del amor. Eso hizo Jesús con nosotros. Eso es lo que quiere de nosotros.

El martes decíamos que nosotros los cristianos tenemos templos, para manifestar la presencia de Dios en medio del mundo, pero el verdadero templo de Dios es Jesús mismo, con su cuerpo que somos nosotros. Y por eso, aunque haya hoy una catástrofe y todos nuestros templos se vengan abajo, jamás nos quedaremos sin vínculo con nuestro Padre Dios, porque nosotros mismos somos las piedras vivas del nuevo templo que es Jesús. ¿Qué distinto no? Que distinto es saber que podemos encontrarnos con Dios en primer lugar en lo más íntimo de nosotros mismos porque ahí habita Él siempre y más que nunca cuando lo dejamos estar, cuando lo dejamos reinar.

El miércoles decíamos que mientras algunos cristianos no pueden celebrar su fe con libertad, no pueden asistir a los sacramentos, nosotros por ahí nos damos el lujo de no aprovecharlos, o participar sin el corazón, sin amor. Mientras algunas familias están separadas y viven sufriendo por ser cristianos, nosotros en nuestros ambientes nos da miedo muchas veces decir que somos católicos por miedo a que se nos burlen, por miedo a no saber qué decir, por vergüenza. ¡Qué triste! ¡Qué falta de amor tenemos a veces! Mientras algún cristiano ahora está dando la vida sabiendo que su vida no se pierde, nosotros por ahí estamos perdiendo la vida en superficialidades o estamos viviendo con incoherencia nuestra fe mientras decimos que somos católicos, estamos borrando con el codo lo que decimos con los labios y alejamos a los demás de Dios Padre.

El jueves decíamos que el ánimo ante situaciones difíciles es un indicador de nuestra fe. ¿Decimos que creemos, pero perdemos la esperanza ante la muerte o ante lo que pueda pasar el día de mañana? Entonces nuestra fe está con alfileres, nuestra fe se la puede llevar cualquier sufrimiento, la puede voltear cualquier ventarrón. Si ante la posibilidad del fin perdemos la esperanza es porque nuestras certezas “están atadas con alambre”. Muchos de nosotros tenemos la fe atada con alambre, nadie la tiene “tan clara” como para creerse inmune en estas cosas y por eso tenemos que pedir más fe, tenemos que pedir con fe, más fe, aunque parezca tonto. No hay que dar por sentado que tenemos la fe suficiente. A veces somos medios soberbios y decimos todos muy sueltos y convencidos: “Yo tengo mucha fe” Sí, es verdad, muchas veces tenemos fe, pero hasta que llega la prueba, ahí es donde se comprueba verdaderamente la fe. Pidamos siempre la fe, porque es un don y una respuesta que tenemos que dar.

Ayer, viernes, en la fiesta de San Andrés, aunque no lo decía el evangelio explícitamente, nos animábamos a decir que Andrés y los demás personajes, son capaces de dejarlo todo, inmediatamente (porque en ambos casos dice esa palabra), porque ya lo estaban esperando en su corazón. Nadie puede dejar todo si antes no está esperando algo mejor. Nadie puede cambiar de vida de esa manera, tan repentina, si en realidad en el fondo de su corazón no está deseando encontrarse con algo más grande. Si no lo pensamos así, esta escena termina siendo demasiado idealista, pero poco real, y por eso muy lejana a nuestras posibilidades. Es bien real. Fue así. Andrés dejó todo porque de hace rato andaba esperando al todo. Él y su hermano, Juan y Santiago, eran hombres muy comunes, pero que esperaban al Salvador y solo por eso son capaces de dejar sus cosas y sus familias, por seguir a Jesús.

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