Lucas 24, 1-8 – Conmemoración de todos los fieles difuntos

 

 

El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.

Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: “¿Porqué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: “Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día”. Y las mujeres recordaron sus palabras.

Palabra del Señor

Comentario

Es bueno saber reconocer las tristezas de la vida, ponerles nombre, identificarlas, saber de dónde vienen y a donde nos llevan. No hay peor tristeza que la anónima, esa que no se identifica. Eso nos hace muy mal, porque estamos tristes, pero, además, seguimos tristes por no saber lo que nos pasa.  Todos tenemos como un “instinto” de supervivencia de necesitar “estar siempre bien”, cosa que es natural, pero que muchas veces no nos hace bien, porque justamente no nos permitimos estar mal por situaciones que lógicamente nos hacen mal, como por ejemplo la pérdida de un ser querido. ¿Hoy estás triste? ¿Estás pasando alguna tristeza profunda en tu alma por alguna persona que amabas y ya no está más con vos? Está bien, aunque parezca duro decirlo, es bueno y necesario sufrir por alguien que se ama, quiere decir que amás y tenés vida en tu alma. Son momentos inevitables, aunque no nos guste pasarlos.

Hoy celebramos lo que en la Iglesia llamamos “la conmemoración de todos los fieles difuntos”. Si ayer nos alegrábamos por los millones de santos que están en el cielo junto a Dios; hoy nos unimos a los que están en vías de llegar, en camino a llegar al cielo, en ese estado del alma que tradicionalmente llamamos el purgatorio. Esa instancia que tendremos que pasar o no; según como hayamos vivido, para poder ser purificados, santificados por el Padre y así llegar a su presencia. «Felices los puros de corazón porque ellos verán a Dios», nos decía Jesús en el Evangelio de ayer.

Lo primero que te propongo es que pensemos en el sentido de este día, porque nosotros creemos en lo que rezamos y celebramos; o sea, cuando rezamos algo en la liturgia, en una devoción popular, cuando lo expresamos con fe, significa que creemos en eso. No rezamos por rezar, no rezamos así nomás. No podemos rezar y celebrar algo en lo que no creemos. Sería ridículo. Y lo mismo al revés, celebramos, rezamos lo que creemos. Ahora… Podemos preguntarnos ¿En qué creemos? O ¿Qué quiere decir que rezamos por los difuntos? Como me gusta decirte siempre, debemos evitar los extremos, si en una época por ahí hemos caído en el dramatismo ante la muerte y en acentuar el sufrimiento del purgatorio y del infierno; también tenemos que tener cuidado de no caer en el otro extremo tan común hoy en día, en el que parece como que todos los que mueren son inmediatamente “canonizados”. Es común ir hoy a un velorio o entierro, y escuchar a los sacerdotes casi con naturalidad decir que el difunto “ya está en el cielo”, “ya está en la casa del Padre”. Si es así, entonces ¿para qué rezamos todos los días por los difuntos en cada Misa? ¿Para qué rezamos hoy, qué sentido tiene? Es para pensarlo. La Iglesia, como familia, siempre enseñó y enseña que de alguna manera si no hemos vivido plenamente la santidad, las bienaventuranzas en la tierra, tendremos que purificarnos para poder ver a Dios. No porque Dios sea “malo” y porque nos “castiga”; sino porque para ver algo tan grande, necesitamos tener un corazón bien grande, y para tener un corazón bien grande tenemos que prepararnos, dejar que Alguien nos lo agrande si lo teníamos chiquito.

Eso es lo que creemos en la Iglesia cuando hablamos del purgatorio; que en definitiva no es un “lugar” sino es un estado del alma, una instancia necesaria para poder ver a Dios.

Por eso, centremos este día en la alegría, en la oportunidad que da Dios de poder llegar a verlo, no en un lugar de “castigo” o “tormento” a secas; sino en esa oportunidad que el mismo Dios nos dará para poder verlo algún día cara a cara. Bueno, muchísimas almas están en este estado y por ahí algún familiar nuestro por el cual tenemos que rezar; porque la Iglesia hoy nos invita a ofrecer algo de nosotros: la celebración de la Misa, la confesión, recibir la comunión, para poder ayudar a que un alma llegue al cielo.

Y creo que hay algo del evangelio de hoy que también nos puede ayudar a pensar distinto. Dice que estos hombres les preguntaban a las mujeres: “¿Porqué buscan entre los muertos al que está vivo?” ¡Jesús está vivo!, la resurrección de Jesús es lo que le da sentido a nuestra vida y a nuestra fe.  Nuestros difuntos también están vivos; de otra manera, pero están vivos, todavía sin su cuerpo, esperando la resurrección, pero vivos. Muchas veces hoy –incluso entre católicos– vivimos la muerte con demasiado dramatismo, con poca fe; es cierto que el dolor de alguien ante la pérdida de un ser querido es sagrado –y hay que respetarlo–; pero también es cierto que el mensaje cristiano tiene su fundamento en una verdad de vida, de esperanza cierta, de confianza total en que Jesús ha vencido a la muerte y nos ha abierto las puertas de la eternidad para que algún día podamos disfrutarla todos.

Hoy recemos por nuestros difuntos, por nuestros seres queridos, pero con una sonrisa, sabiendo que están vivos. Dejemos que la tristeza se vaya yendo para que lentamente se transforme en el gozo que solo el Espíritu puede darnos.

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