Lucas 4, 38-44 – XXII Miércoles durante el año

 

 

Al salir de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella. Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y esta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos.

Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. De muchos salían demonios, gritando: «¡Tú eres el Hijo de Dios!» Pero él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.

Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos. Pero él les dijo: «También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado.» Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea.

Palabra del Señor

Comentario

Antes que nada, quería que recordemos algunas palabras de la carta de Santiago, donde habla sobre la Palabra –dice Santiago–, “Pongan por obra la palabra y no se contenten solo con oírla engañándose ustedes mismos, porque si alguno se contenta con oír la palabra sin ponerla por obra, ese se parece al que contempla su imagen en un espejo, se contempla, pero yéndose se olvida de cómo es”.

La Palabra de Dios por ser lo que Dios desea para nosotros, es como un espejo para nosotros mismos, nos permite conocernos, nos permite saber realmente quienes somos, nos permite saber qué es lo que necesitamos, a qué estamos aferrados, de qué cosas tenemos que liberarnos, qué cosas tenemos que proyectar y soñar.

La Palabra es todo, porque es lo que Dios quiere decirnos, lo que Dios nos enseña y por eso intentemos quedarnos con algo de los que nos dice, intentemos ponerla en práctica, intentemos meditarla.

Hoy pretendo dejarte algunas preguntas para que puedas hacer este camino, para que puedas y podamos todos, ponernos frente al espejo que es el mismo Dios, porque somos imagen y semejanza de Él, para que reflejándonos podamos ver en qué cosas nuestra imagen está deformada, o está alejada de lo que Dios quiere y en qué cosas nos estamos pareciendo más a Él, a Jesús, que es la “imagen del Dios invisible”.

Y por eso que en algo del evangelio de hoy vemos a un Jesús en todo su esplendor –por decirlo de algún modo–, un Jesús que enseña, un Jesús que cura dolencias y un Jesús que vence a los demonios.

Esta triple dimensión de la vida de Jesús, que se manifestó en su vida terrena, pero que sigue actuando hoy, silenciosamente. Jesús sigue enseñando, Jesús sigue curándonos y sigue venciendo a los demonios, y al mismo tiempo vemos Jesús que se aleja un poco de la multitud porque también necesita un poco de paz.

Por eso hoy hagámonos juntos algunas preguntas: ¿Qué cosas de las enseñanzas de Dios todavía no asimilás? ¿Qué cosas todavía no comprendés porque no hiciste el esfuerzo para lograrlo? ¿Qué cosas rechazás a veces de la Palabra de Dios porque no te gustan o no te caen bien? ¿Qué cosas te producen un poco de resistencia? Esto a veces nos puede pasar con la palabra de Dios o con las enseñanzas de la Iglesia. ¿Qué cosas no asumís de corazón y que en realidad son para tu bien? Me parece que hay algo que no podemos olvidar o dudar, y es que… ¿Cómo es posible que Dios puede enseñar algo que hace mal al hombre si el hombre es su propia creatura y, además, la más amada?

Animate a preguntarte ¿Qué enseñanzas de Dios dejás de lado, las cajoneás, las dejás ahí, no las reflexionás; o incluso a veces te das el lujo de cuestionar?

¿De qué dolencias necesitás que Dios te sane?, ya sea morales, espirituales o físicas; a veces acarreamos cosas físicas que quisiéramos que Dios nos libre de ellas y puede ser que nos libre, pero Jesús libera de los dolores “físicos” para que nos demos cuenta que hay algo más profundo, que existen otras dolencias morales o espirituales que son las que nos atormentan verdaderamente; como nuestras propias debilidades psicológicas; las debilidades o pecados de los otros que nos hacen sufrir; las debilidades que no sabemos sacar adelante por temor o impotencia, y por supuesto, el pecado, que es lo que nos ata y nos destruye; el pecado que no nos deja acercarnos al Padre; sin embargo, y aunque parezca contradictorio, no podemos olvidar que, ese pecado es también a veces trampolín para llegar a Él, para que descubramos el amor misericordioso de Dios ,que es Padre siempre. En mis pocos años de sacerdote conocí muchísima gente que se acerca al Padre después de fuertes experiencias de pecado, y paradójicamente terminan más cerca de aquellos que piensan que no necesitan nada, porque aparentemente “están bien”.

A veces, para con Dios actuamos como con los médicos; hasta que no nos duele algo no vamos, raramente consultamos al médico cuando estamos bien…. lo mismo hacemos con Dios.

Bueno, todos podemos descubrir las dolencias que tenemos para poder dar un salto a Jesús, para buscarlo sinceramente.

Y finalmente, siguiendo con lo anterior, Jesús sigue venciendo a los demonios que nos tientan y nos alejan de su amor. Y entonces, podemos también pedirle que nos muestre el por qué estamos atormentados, de qué tenemos que dejarnos enseñar y de qué cosas tenemos que dejar curarnos para poder liberarnos.

Dejemos que hoy la Palabra sea el espejo de nuestro corazón, para encontrar todo lo lindo que Dios nos dio y todo lo que Él desea transformar y sanar, no tengamos miedo a mirarnos a nosotros mismos en el espejo más puro y transparente que podamos reflejarnos, la misma Palabra de Dios.

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