Lucas 6, 27-36 – XXIII Jueves durante el año

Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames.

Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman.

Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.

Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos.

Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso».

Palabra del Señor

Comentario

Si nos preguntaran hoy caminando por la calle –medio desprevenidos–, si por ahí un hijo te pide hablar y te quiere preguntar algo, o en la facultad o en el trabajo te hacen una pregunta desafiante, por ejemplo: ¿Qué es ser cristiano?…

¿Qué le dirías? ¿Cómo responderías a esa pregunta?

Creo que tranquilamente podrías decirle: “Bueno, lee Lucas 6, 27-36 o también Mateo 5, 38-48, lee esto que acabamos de escuchar”; pero en realidad si le decís eso no le estarías dando toda la respuesta porque nadie puede entender esta página de Algo de Evangelio de hoy si no conoce a Jesús, si no le abre su corazón.

Son de esas páginas un poco incómodas y muchísimas veces mal interpretadas y por eso no entendidas, y porque no son entendidas muchas veces son olvidadas.

Para responderle en serio a alguien que te hace semejante cuestionamiento, deberías hacerle leer el libro de tu vida, de tu vida cristiana, y después que vea que eso que ve en vivo y en directo está escrito hace más de dos mil años porque alguien lo vivió y, a partir de ahí, lo vivieron miles y miles de personas, la cosa cambiaría.

Ser cristiano es amar, pero amar no sólo con el impulso natural con el que amamos naturalmente, valga la redundancia, a los que queremos por afinidad o porque los elegimos, sino que amar con un plus; o, mejor dicho, poder amar con un plus que proviene de Dios. Es lo que llamamos nosotros la “caridad”, amar a los demás con el amor que nos es dado por Dios, amar a los demás por amor a Dios.

Si te preguntan, tendrías que decir que ser cristiano es ser seguidor de Cristo, que ser cristiano es haber descubierto que somos amados por Dios, no importa si sos bueno-malo, gordo-flaco, lindo-feo, negro-blanco, con plata-sin plata, con profesión-sin profesión; que sos amado, y por haber descubierto que Él nos ama sin distinción, nosotros no tenemos derecho real a amar con distinción.

Entonces, ser cristiano es haber experimentado esto, no por un cuento, no porque lo hayas leído en un libro lindo o en el catecismo; sino porque te diste cuenta que es real, que el Padre ha sido misericordioso con vos, conmigo y con ese que te cuesta y nos cuesta amar.

Algo del evangelio de hoy es para sentarse a desmenuzarlo palabra por palabra, como para deleitarse y también asustarse un poco. Te recomiendo que vuelvas a escucharlo o leerlo. ¿Amar a los enemigos es algo posible o es algo de unos pocos? ¿O Jesús estaba un poco loco?

Es fundamental –y es lo que quiero dejarte hoy– que comprendamos a qué se refiere con “amar” o a qué tipo de amor se refiere Jesús.

Podemos equivocarnos y que al escuchar la palabra “amar” pensemos que tenemos que amar a un enemigo como amamos a un amigo, a un padre, a una madre, a un hijo o a un hermano; ¡no!, no quiere decir que tenemos que ir hoy a abrazar al que nos hizo mal –aunque si te sale eso no estaría mal–al que te difamó, al que te criticó, al que te echó del trabajo, al que te humilló, al que te trató mal; no quiere decir que tenés que irte de vacaciones con ese o que tenés que ser su amigo; Jesús nos pide un amor especial, distinto, que aunque no tenga espontaneidad, aunque no salga naturalmente; no quiere decir que es hipocresía como algunos dicen; ese amor es caridad, viene de Dios porque de vos no sale, y porque viene de Dios te permite hacer lo que vos no harías, y como te transformás en un puente de algo más grande te da una felicidad que tampoco viene de vos, te da la bienaventuranza.

¿Qué podés hacer con el que no es amable, o se portó mal con vos, o sea, el que es de alguna manera tu enemigo? Muchas cosas, si podés probalo hoy, por ejemplo, haciendo esto: saludarlo, bendecirlo, hablar bien de él, rezar por él, no devolver mal por mal, no negarle algo que te pida…

Ser misericordioso como el Padre es misericordioso, esa es la manera de ser bienaventurado, de ser feliz, como el Evangelio nos proponía ayer. Si alguien te pregunta hoy qué es ser cristiano, no lo mandes a leer el Evangelio; demostráselo con tu vida.

Si nadie te pregunta, no importa, pensá hoy a quién, que no sea tan amable podés tratarlo como te gustaría que te traten…

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