Lucas 6, 36 – II Lunes de Cuaresma

Jesús dijo a sus discípulos:

«Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.

Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.»

Palabra del Señor

Comentario

La palabra de Dios, un lunes a la mañana es, por decir así, “resucitadora”, ayuda a levantarnos, a decir: “Hoy me levanto sí o sí” “Hoy quiero algo distinto” “Hoy puedo, hoy se puede hacer algo mejor”. En el evangelio de ayer, la transfiguración de Jesús nos ayudaba a tener esperanza, a tener un ancla de donde afirmarnos para cuando lleguen los momentos de dolor, de dificultad, de prueba, como es natural en nuestra vida, como lo fue en la vida de Jesús. Los discípulos vivieron un momento único que jamás olvidaron, y por más que en ese momento no comprendieron plenamente lo que pasaba, por más que Pedro “no sabía lo que decía”, sin embargo, ese momento, esa experiencia no se la olvidaron jamás.

Que necesario es recordar las experiencias gratas de Jesús que guardamos en el corazón, no podemos olvidarlas. Es por eso que podemos decir que el olvido, la pérdida de memoria del corazón, de esa memoria que nos hace bien, esa que nos da la certeza de la fe, de la presencia permanente de Jesús en nuestras vidas, es la causante de muchos de nuestros males. El cristiano desmemoriado, ese que no vuelve de tanto en tanto a esas transfiguraciones de Jesús, a esos momentos inolvidables en lo que Él se nos manifestó, tarde o temprano abandona la fe, o por lo menos vive una fe superficial y asentada únicamente, por decirlo de alguna manera, en un sentimentalismo o intelectualismo. Es por eso que San Pablo decía: “Perseveren firmemente en el Señor” La firmeza de la perseverancia solo puede lograrla aquel que no se olvida que “somos ciudadanos del cielo” y que estamos para algo más grande aquí en la tierra, y que pase lo que pase, sabemos y creemos que Jesús es nuestro Señor y que nuestra vida le pertenece a Él.

Algo del evangelio de hoy, es cortito pero sustancioso, me parece que nos anima a levantarnos. Nos anima a no tener miedo y a poner el corazón donde vale la pena. Porque mientras el mundo avanza, tus proyectos también, los de tu parroquia, tu grupo de oración, tu trabajo, tu comunidad; mientras todo avanza, no debemos olvidar que lo que más tiene que avanzar es nuestra misericordia, nuestro perdón, nuestro evitar juzgar y condenar a los demás. ¿De qué sirve avanzar en tantas cosas de la vida si no avanzamos en la misericordia, que es lo que alivia y da paz al corazón? ¿De qué sirve tener todo y pedirle a Jesús todo, si no tenemos misericordia ni perdón con los demás creyendo que somos más? ¿No es una hipocresía vivir así? ¿De qué sirve que tus hijos tengan todo si no aprendieron de tu boca y de tu corazón el no juzgar y condenar a los otros? ¿Nos damos cuenta que este es el corazón del evangelio muchas veces olvidado? ¿Nos damos cuenta de por qué la cuaresma nos quiere llevar a lo esencial? ¿Nos damos cuenta cuántas veces destruimos a personas por nuestra falta de misericordia y de perdón? ¿Nos damos cuenta que esos que alguna vez despreciamos y ofendimos, que no perdonamos y juzgamos, es tan hombre y mujer como vos, tan débil y con problemas como vos y yo? Jesús es misericordioso, Él mismo es la Misericordia, pero al mismo tiempo es justo, también habrá justicia cuando nos juzgue. Nos juzgará con misericordia, como solo Él puede, pero en la medida que nosotros vayamos aprendiendo a hacer lo mismo.

¿Cómo nos dará la cara para pedir perdón y misericordia si nosotros hoy somos incapaces de darla? ¿Si nosotros no damos nunca el brazo a torcer? Escuché una vez a alguien a quien le preguntaban si se arrepentía de algo en su vida y contestaba muy seguro: “Me arrepiento de lo que no hice, jamás de lo que hice o dije, eso jamás” ¡Que frase tan soberbia y llena de cerrazón! ¡Cuánta necesidad de conversión que tenemos si pensamos así!

¡Qué lindo será hoy pedir misericordia para todos, no tener miedo y quitarnos el orgullo que tantas veces no nos deja vivir en paz! ¿Sabés porqué a veces andamos tirados en el piso y muchas veces sin ganas? Porque no somos capaces de perdonar, de ser misericordiosos, de callar por amor y no condenar. La falta de perdón y la soberbia nos aplasta y nos va haciendo insensibles, incapaces de comprender de que todos estamos hechos de barro, de que todos somos frágiles y capaces de caer.

Cuando Jesús dice que demos y se nos dará, no nos está proponiendo el “negocio de la fe, del amor”, o sea, el dar para que algún día nos den algo como retribución. Me parece que es al revés, nos está advirtiendo que no podemos pretender que nos den, que algún día Él nos dé, si nosotros no dimos primero, si nosotros no fuimos capaces de entregar. No podemos pedir misericordia ni ahora, ni en el juicio final si no aprendimos a darla en estos tiempos. No podemos pretender no ser condenados, si nosotros nos cansamos de condenar a los demás. Se nos debería caer la cara de vergüenza al reclamar que no nos juzguen, si nosotros juzgamos y somos duros con los otros.

Se nos medirá con la misma vara con la que nosotros medimos a los otros. Si usamos vara cortita, para tener “cortitos” a los demás, la misma usarán con nosotros. En cambio, sí usamos vara ancha y larga, Jesús hará lo mismo con nosotros. Seamos misericordiosos como el Padre del cielo es misericordioso con nosotros. Probemos, nos hará muy bien a todos.

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