Lucas 6, 43-49 – 16 de septiembre – XXIII Sábado durante el año

 

 

Jesús decía a sus discípulos:

«No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas.

El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca.

¿Por qué ustedes me llaman: “Señor, Señor”, y no hacen lo que les digo? Yo les diré a quién se parece todo aquel que viene a mí, escucha mis palabras y las practica. Se parece a un hombre que, queriendo construir una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Cuando vino la creciente, las aguas se precipitaron con fuerza contra esa casa, pero no pudieron derribarla, porque estaba bien construida.

En cambio, el que escucha la Palabra y no la pone en práctica, se parece a un hombre que construyó su casa sobre tierra, sin cimientos. Cuando las aguas se precipitaron contra ella, en seguida se derrumbó, y el desastre que sobrevino a esa casa fue grande.»

Palabra del Señor

Comentario

La semana termina, la semana va llegando a su fin, y nuestras actividades también van cambiando y como siempre lo mejor es mirar hacia atrás y hacer un repaso de la semana.

Igualmente, algo del evangelio de hoy es de por sí ya es de alguna manera un “examen espiritual” de cómo estamos viviendo nuestra relación con la Palabra, cómo estamos escuchando; si la escucha es real y si la escucha realmente produce un cambio en nuestra vida, si nos estamos enamorando o no de Jesús al escuchar la Palabra; porque en definitiva –nunca te olvides de esto– lo importante es enamorarte de Cristo, enamorarte de su Persona, enamorarte de todo lo que es Él; no solamente de una idea, de una doctrina, sino de todo lo que es Él.

Por eso parafraseando la Palabra de hoy, mirando las imágenes que utiliza el mismo Jesús: “No hay árbol bueno –no hay persona que escuche la Palabra día a día y que haga el esfuerzo por interpretarla, por asimilarla, por amarla– que dé frutos malos”; es imposible.

Aquel que escucha la Palabra de Dios seriamente no da frutos malos, ¡no puede dar frutos malos!

La Palabra de Dios se transforma en nuestra vida como un riego continuo al corazón mediante el cual va haciendo brotar lo mejor que tenemos.

Por eso el hombre bueno, el oyente de la Palabra bueno aquel que se dedica con seriedad y con constancia a escuchar la Palabra; es el que de golpe descubre un tesoro de bondad que tiene en su corazón.

En realidad la Palabra es eso; es como que va cayendo en el corazón, va sacando aquellas “costras” que no nos dejan ver lo que realmente tenemos y de golpe nos hace relucir lo mejor de nosotros mismos.

Tenemos que confiar en que Dios nos ha dado un corazón bueno, más allá de nuestros pecados, más allá de nuestras maldades que a veces cometemos; Jesús nos quiere ayudar a descubrir que tenemos un núcleo de bondad tan profundo y que a veces está tan oculto; que lo que tenemos que hacer únicamente es quitar los obstáculos para que brote lo mejor de nosotros.

Pero al mismo tiempo está siempre el peligro de ser de alguna manera un “hipócrita de la Palabra”; aquel que escucha, aquel que dice: “Señor, Señor”, aquel que se llena los labios pero finalmente no hace nada de lo que dice la Palabra.

¡Cuántas veces caemos en eso!

Por eso Jesús hoy directamente nos pregunta: «¿Por qué ustedes me llaman: “¿Señor, Señor” y no hacen lo que les digo?»

¿Por qué vos me llamás “Señor, Señor” y no terminás haciendo lo que te digo?

Hacer lo que dice Jesús en definitiva es la prueba más elocuente, más evidente, más clara de que lo amamos. No se puede amar a alguien si uno no le pone el corazón y el oído y no termina obedeciendo; o sea ligándose con el corazón a aquello que nos plantea.

Y finalmente Jesús utiliza la imagen de la “casa”; en realidad el oyente bueno de la Palabra es aquel que sabe construir toda su vida sobre el verdadero cimiento de la Roca que es Cristo.

En cambio aquel que escucha pero no hace nunca lo que Jesús dice; en definitiva siempre está propenso a que todo se venga abajo.

Todo se nos viene abajo en realidad, porque no estamos poniendo nuestro corazón, nuestros anhelos, nuestras ansias, nuestros deseos, nuestros sueños; cimentados en la Roca que es Jesús.

Si ponemos todo en Jesús; no hay nada que nos derribe, no hay ventarrón que voltee a este “arbolito” que somos vos y yo, que va creciendo día a día, regado por la Palabra de Dios.

Dejemos hoy que la Palabra de Dios nos siga enriqueciendo, preguntémonos sinceramente si estamos haciendo el esfuerzo por cumplir lo que Jesús nos dice y miremos hacia atrás y veamos también todo lo que Jesús ha logrado en nosotros día a día, a través de su Palabra.

Tenemos un tesoro de bondad en nuestro corazón, confiemos en eso y empecemos este fin de semana con mucha alegría, sabiendo que tenemos mucho para dar si sabemos escuchar y sabemos confiar en lo que Jesús nos ha dado.

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