Lucas 7, 11-17 – XXIV Martes durante el año

 

 

Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba. Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: «No llores.» Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: «Joven, yo te lo ordeno, levántate.»

El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre.

Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo.»

El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina.

Palabra del Señor

Comentario

Nuestros pensamientos no siempre son los de Dios, por la sencilla razón que somos hombres y no sabemos lo que piensa Dios y cuando lo sabemos, no siempre lo comprendemos. La palabra de Dios quiere ser para nosotros un medio, un canal, una manera de saber qué es lo que piensa Dios. Especialmente los evangelios nos enseñan el pensamiento de Dios, porque es ahí donde contemplamos lo que hizo Jesús, lo que dijo, lo que dejó de hacer y todo lo que Él hizo y dijo es palabra de Dios, es pensamiento y sentimiento de Dios. En la escena del domingo pasado, cuando Jesús les preguntaba a sus discípulos qué decía la gente sobre Él – y no justamente por querer afirmar su autoestima en la opinión ajena, como algunos dicen – y qué decían ellos mismos sobre Él, Jesús terminaba reprendiendo a Pedro, retándolo. Lo retó, en realidad, porque Pedro lo retó primero, y no para hacerle lo mismo como podemos hacer nosotros, sino para enseñarle que se estaba equivocando, que no estaba pensando junto con Dios, junto con Él. Cuando no adecuamos nuestro pensamiento al de Dios, tarde o temprano sufriremos más, esa es la cuestión que desmenuzaremos estos días. Pedro dijo lo que dijo por un bien, pensando que, hacia bien, con buena intención, pero no pensó como Dios. Quería evitarle el sufrimiento a su amigo, lo hacía por amor, sin embargo, Jesús lo retó y le dijo que no piense así, que se aleje, que no se interponga en su camino. Muchas veces por querer hacer un bien, podemos hacer un mal, o por lo menos no permitir que el bien de Dios triunfe plenamente. No alcanza con tener buenas intenciones si queremos estar cerca de Jesús, sino que, además, necesitamos pensar y sentir como Él, necesitamos saber qué es lo que Dios piensa y quiere. Intentemos esta semana dejar de pensar un poco como hombres y abrir nuestro entendimiento al pensar de Dios.

Me parece que hoy es imposible no asombrarse con algo del evangelio. Escuchamos una de esas páginas del evangelio en donde el que no se asombra, creo que no tiene corazón. ¿Cómo no asombrarse ante esta escena en la que Jesús “intercepta” una procesión de muerte y la transforma en una procesión de vida? Jesús se mete en las “procesiones” de muerte que nos pasan por al lado o por el corazón para tocarlas y hacerlas revivir. ¿No te asombra eso? ¿No creemos que Jesús puede detener el “féretro” en el que llevamos el muerto que nos quitó la alegría que tanto nos llenaba la vida? Es una linda imagen esto de las procesiones de vida y muerte, lo escuché o lo leí por algún lado. Jesús y los que venían con Él caminaban llenos de vida y de golpe se enfrentan con una procesión donde había un muerto y una madre queriendo morir de dolor, una procesión de muerte. Pero Jesús no la esquiva como hacemos a veces nosotros cuando el dolor llega a nuestra puerta o lo cruzamos por la calle, sino todo lo contrario, se mete ahí para dar vida, para tocar, para consolar, para resucitar.

¿A vos que te sorprende esto de la palabra de hoy? Preguntate esto para poder sacar algún fruto. A mí me sorprende que Jesús le diga con tanta frescura a una mujer viuda que estaba llevando a enterrar a su hijo único: “No llores”. Me asombra que Jesús pueda decir algo así en semejante situación. ¿Hay algo más humano y necesario en un momento así, como lo es el llanto? ¿Qué madre con corazón no lloraría en un momento así? Me pregunto ¿Jesús no tiene corazón y quiere sanar un corazón? Evidentemente no podemos pensar que no tenía corazón, pero hace bien preguntárselo. ¿Por qué Jesús dijo eso? Jesús… ¿Por qué le dijiste eso? Decinos porqué. Parece una ironía. Estoy convencido que el “no llores” de Jesús no es el “no llores” que decimos a veces nosotros en esos momentos, como queriendo consolar. Nosotros a veces no lloramos, simplemente por orgullo, por “parecer” fuertes, para “sostener” a otros, para que no nos vean débiles, y es por eso que incluso nos enseñaron eso y transmitimos eso a nuestros hijos como un valor, como si fuera bueno. Sin embargo, Jesús no pensó así, incluso lloró y no se tapó la cara para que no lo vean por vergüenza. El “no llores” de Jesús de la escena de hoy, es el “no llores” de la esperanza, es el “no llores” que Yo te consolaré, es el “no llores” de la confianza en la vida eterna, es el “no llores” de la fe, es el “no llores” porque esto no es el final. Me animaría a decir que es el “no llores” del permitirse llorar, sabiendo que ese llanto no tendrá la última palabra en nuestra vida. Es el “no llores” de la confianza, del saber que de lo peor siempre puede salir algo nuevo. Solo el que sabe esto y piensa como Jesús, puede llorar como lloró Él, sabiendo que el llanto es solo un tránsito a algo distinto. Lloremos, pero como lloró Jesús. Lloremos, pero dejemos que Jesús se meta en la procesión de “muerte” que hay en nuestra vida, para que recobremos la alegría perdida ante tanto dolor.

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