Lucas 7, 31-35 – XXIV Miércoles durante el año

Dijo el Señor:

¿Con quién puedo comparar a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a esos muchachos que están sentados en la plaza y se dicen entre ellos:

¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!

Porque llegó Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y ustedes dicen: “¡Ha perdido la cabeza!” Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “¡Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores!” Pero la Sabiduría ha sido reconocida como justa por todos sus hijos.

Palabra del Señor

Comentario

Dice el Salmo 118: “Tus preceptos son para mí como canciones, mientras vivo en el destierro” Los preceptos del Señor, las Palabras de Dios, deberían ser para nosotros como canciones en el destierro; el destierro significa cuando no estamos con Él, y nosotros los cristianos estamos a la espera del Señor. Él está con nosotros, pero nosotros todavía no estamos definitivamente con Él.

Por eso, las Palabras de Dios son las que nos dan consuelo, las que nos van preparando para cuando estemos en la patria definitiva que es el cielo; cuando estemos con Él.

Por eso las palabras de aquellas personas que queremos; cuando no las vemos son las que nos sostienen, nos mantienen a la espera, mantienen nuestro corazón deseando el encuentro…

Que las Palabras de Dios de este día; sean las que te mantengan alegre en el destierro. Así como cuando alguien se va de su patria, recuerda todo lo que vivió, con recuerdos, con fotos, con canciones –con las canciones propias de ese lugar– así es para nosotros la Palabra de Dios; o por lo menos debería serlo.

Y eso te tiene que ayudar a vivir este día: las Palabras de Dios son las que te mantienen firme el corazón en lo importante, en lo que realmente vale la pena.

Hoy simplemente te dejo algunas preguntas para que medites con algo del Evangelio y para que lo puedas reflexionar por tu cuenta.

Jesús habla de una generación, ¿con quién puede comparar a esa generación? Él se  refiere a una clase de personas; no se está refiriendo a esa generación en el sentido cronológico –digámoslo así–, sino a las personas de ese momento o incluso a nosotros. Se refiere, más bien, a un tipo particular de personas, ¿a quiénes se parecen? ¿A quiénes nos parecemos a veces?
Diríamos que a los eternos inconformistas, estos hombres no se conformaban con nada, no se conforman con Juan el Bautista –que no comía ni bebía– ni se conforman con Jesús –que come y bebe con los publicanos– nada les venía bien. ¿No te resulta conocida esa actitud?

Es esa actitud del que al final de cuentas, desea que las cosas sean solamente como el piensa, según sus criterios; esos hombres que esperaban un Mesías, pero al final cuando llega, no se dan cuenta, no lo quieren reconocer porque quieren que sea “a su manera”.

En el fondo es esa actitud del hombre que no se conforma por cómo es Dios, por cómo se manifiesta Dios. Dios no es como nosotros queremos que sea; Dios es Dios. Y Dios se hizo hombre en Jesús; y eso es lo que nos tiene que terminar de convencer y conformar. Lo más lindo es que Dios sea Dios, más allá de nuestros modos de pensar.

Dios el eterno trascendente que está más allá de todo, pero se ha hecho hombre y se ha hecho un hombre especial, no como nosotros quisiéramos a veces.

Bueno, este inconformismo también se manifiesta en nuestra vida, en miles de situaciones. Pero lo mejor es pensarlo en la vida de fe, en nuestra vida espiritual. Obviamente, si soy quejoso e inconformista con lo de cada día, seguramente lo seré con las cosas de Dios. Por eso hoy preguntate: ¿Sos de las personas que no se conforman con nada, que no aceptan la realidad, que no acepta a las personas que tiene alrededor, que no acepta su trabajo, que no acepta su estudio, que no acepta el ambiente que le toca vivir? ¿Sos de los que siempre se están quejando?

¿Sos de las personas que te quejás porque las cosas no son como querés y después cuando son distintas también te quejás? ¿En el fondo qué es lo que te mantiene inconforme?

Eso nos pasa con las cosas de Dios, con las cosas de la Iglesia y con las cosas del mundo: no aceptar la realidad. El gran sacrificio de cada día es aceptar la realidad, como primer paso, antes de querer cambiarla.

La primera gran actitud que debemos tener todos es la de aceptar la realidad, aceptar lo que se nos presenta día a día y lo que nos toca vivir. ¿Te gusta que Dios sea así? ¿Te gusta que se haya manifestado tan “normalmente? Pensemos y recemos juntos.

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