Lucas 8, 19-21 – XXV Martes durante el año

 

 

Su madre y sus hermanos fueron a verlo, pero no pudieron acercarse a causa de la multitud. Entonces le anunciaron a Jesús: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren verte.» Pero él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican.»

Palabra del Señor

Comentario

Discutir, en definitiva, es un signo de que algo estamos ambicionando, haciendo que nos enfrentemos con los demás. Si los discípulos, según el texto del domingo, estaban discutiendo por el camino por saber quién era el más grande, evidentemente era porque alguno o algunos se creían superiores, y a otros no les gustaba que algún otro se ponga en un lugar que no le correspondía. Es por eso que Jesús les preguntó: «¿De qué hablaban en el camino?» como queriendo probarlos, deseando que sus amigos sean capaces ellos mismos de darse cuenta que la discusión, trae división, y la división es muestra de falta de humildad. Y nosotros: ¿De qué hablamos en el camino de nuestra vida? ¿Discutimos? ¿Estamos discutiendo? Las discusiones tienen como raíz un deseo de superioridad, en sentido amplio. Deseo que prevalezca mi opinión sobre la de otros, deseos de que nos “den la razón” y eso satisfaga nuestros egos inflados, deseos de que las cosas se hagan como nosotros pretendemos, deseos que los “planetas” se alineen con nuestra mirada de la realidad, deseos de mostrarle al otro que sabemos algo más que él, y así… podríamos poner muchos ejemplos más. Seguiremos con esto, pero por lo pronto, intentemos hoy no discutir, intentemos no entrar en el juego de los que les gusta discutir, no luchemos con nadie, no nos hace bien, a Jesús no le gustaba que sus discípulos discutan.

En algo del evangelio de hoy Jesús nos enseña una gran verdad que a todos nos puede incomodar un poco al principio, porque en definitiva ninguno de nosotros puede decir que vive todo lo que piensa, todo lo que siente y todo lo que cree. Siempre hay distancia entre lo que pretendemos ser y lo que hacemos. Pero eso jamás debe detenernos, al contrario, es lo que nos impulsa a seguir, a no cansarnos, o por lo menos, a levantarnos siempre, una y otra vez. La incoherencia de nuestra vida a veces puede atormentarnos, pero no podemos renunciar a hablar de la verdad y a buscarla.

Para Jesús todos somos hermanos de sangre “sobrenatural”; pero al mismo tiempo también es verdad que no todos nos damos cuenta de esto y no todos lo vivimos.

No alcanza con el nombre de las cosas, no alcanza con decir que somos algo si no lo vivimos. No alcanza con decir que somos estudiantes; hay que estudiar. No alcanza con decir que amamos; hay que amar. No alcanzan las palabras o el escuchar cosas para ser lo que decimos ser; para ser cristianos plenos, tenemos que acompañar nuestra vida con las obras que reflejan y sustentan eso que queremos ser.

Acordate de lo que decía el apóstol Santiago: “Muéstrame tu fe sin obras, que yo por mis obras te mostraré mi fe”.

No podemos callar que hoy en realidad vivimos una gran crisis en este sentido. Cuántas veces escuchaste o vos mismo lo dijiste alguna vez: “Soy católico, pero no practicante”, o “Creo, pero creo a mi manera”, o “Soy cristiano, pero no creo en la Iglesia y en los curas y todo eso”. Es lo mismo que decir: “Soy jugador de fútbol, pero no juego” o “Soy médico pero la medicina no me va”… y así tantas frases más.

Esto no es una crítica para nadie, porque yo también soy parte de eso, sino simplemente es una realidad que nos toca vivir diariamente incluso, en nuestras propias familias.

Al mismo tiempo… ¿cuántos de nosotros, los que practicamos la fe, los que escuchamos la Palabra todos los días; escuchamos un sermón o la Palabra de Dios y decimos: ¡qué lindo! ¡Qué lindo que estuvo!, pero todavía no somos capaces de llevarlo a la práctica? ¡Cuánto nos cuesta –incluso a los creyentes– vivir lo que creemos!

Y creyéndole al que escuchamos, creyéndole a Jesús con el corazón y al mismo tiempo materializarlo en nuestra vida, es lo que nos va a ir trasformando en madres o hermanos de Jesús; o sea acompañar con la vida lo que escuchamos diariamente.

Esto no es para entristecerte, no es para ponernos mal; es una tarea de toda la vida. Todos estamos caminando, intentando ser mejores cada día, todos caemos y nos equivocamos, eso es parte del camino. Pero como dije antes, lo importante es no caer en la hipocresía, en decir algo que no queremos sostener. El Señor conoce y mira nuestras luchas, nuestros deseos de cambiar y ser santos.

Al mismo tiempo, no es para engañarnos a nosotros mismos, no podemos creer en Cristo –en serio– y no querer vivir como Él nos enseña; como tampoco podemos practicar la fe y ser incoherentes no pareciendo cristianos y escandalizando a los demás.

Por eso hoy te propongo –y me propongo también– algo sencillo, alguna meta corta y posible que te ayude a acortar esta brecha entre lo que escuchamos y hacemos.

Si no nos proponemos nada, si no nos ponemos a trabajar en serio como lo hacemos con tantas cosas de la vida: escucharemos, pero no practicaremos lo escuchado.

Por eso proponete mejorar el escuchar, pero escuchar en serio. O por ahí te tenés que proponer mejorar algo de lo que estás siendo que incoherente con tu fe; algo que te está haciendo borrar con el codo lo que escribís con la mano.

Bueno con trabajo y con la ayuda de la gracia, todos podemos seguir creciendo y ser creyentes en serio. Podemos ser esa clase de creyente que no solo confiesa con su boca que cree, sino que realmente cree y ama con su vida y lo demuestra con sus obras.

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