Lucas 8,19-21 – XXV Martes durante el año

Su madre y sus hermanos fueron a verlo, pero no pudieron acercarse a causa de la multitud. Entonces le anunciaron a Jesús: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren verte.» Pero él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican.»

Palabra del Señor

Comentario

Decíamos ayer que la primera gran deshonestidad con la cual convivimos todos, es para con nosotros mismos, no tenemos bien agudizada esa capacidad de reconocer con sinceridad lo que nos pasa o porqué nos pasó lo que nos pasó. El administrador de la parábola del domingo, antes de ser deshonesto con su patrón, con el hombre rico, y después con los deudores, fue deshonesto consigo mismo, y esa es la raíz de toda deshonestidad posterior, para con los demás. ¿Cuál fue la deshonestidad del administrador para consigo mismo? El no haber reconocido su error, el hecho de malgastar los bienes que no eran de él, y como no supo dar ese paso, terminó justificando su accionar con dos respuestas hacia sí mismo que en el fondo, no eran motivo para tomar el camino de la deshonestidad, porque el fin nunca justifica los medios. Se dijo así mismo: “¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza” No reconoció que el quedarse sin el puesto, no era culpa de su señor, sino de sí mismo, no supo asumir que la pobreza que se le avecinaba sería fruto del mal uso de los bienes que él mismo había hecho, y por eso tomó el camino más fácil, el atajo de quedar bien con otros para después no quedarse en la calle.

La Palabra de Dios, el Evangelio que escuchamos y leemos todos los días, es como un lindo paisaje, el que más te guste. A mí me gustan las montañas, a otros el mar, a otros el llano, no importa, pero de alguna manera debemos pensar que es como tu mejor paisaje, ese al que siempre querés volver apenas terminás de verlo. Siempre al verlo encontrás algo nuevo, siempre al verlo “volvés” a revivirlo. Así nos debemos “comportar” ante la Palabra de cada día. Hay que escuchar dispuestos siempre a más, sabiendo que es una fuente inagotable de riqueza y que siempre nos hará bien.

La escena del algo del evangelio de hoy la habrás escuchado alguna vez. Es una escena breve, sencilla, que describe un momento muy concreto, pero lleno de significado. María va en busca de Jesús, con sus parientes –no dice por qué – y no sabemos si finalmente fue recibida. Lo que sí sabemos es que Jesús con sus palabras no solo termina recibiendo a María en su corazón – como siempre lo hizo – sino que además lo agranda mucho más de lo imaginado.

Pero… pongámonos por un momento en el corazón de María: ¿Habrá escuchado María estas palabras de Jesús? ¿Habrá escuchado que su mismo hijo, el Hijo de Dios, estaba incluyendo a más madres en su corazón? Si lo escuchó, ¿Qué habrá sentido? Qué bueno poder hacer el esfuerzo de ponerse en el corazón de María, aunque nunca podremos hacelor plenamente, porque Ella es la más humilde y la más pura, la más despojada y la más amada. Ella con sus actitudes y silencios nos señala el verdadero camino del cristiano, el de escuchar y practicar lo escuchado. Algo que nos hace doler el alma muchas veces. No es sencillo vivir lo que escuchamos, no es fácil vivir todo lo que Jesús nos propone.

Si escuchó estas palabras, ¿Qué habrá sentido? ¿Dolor? ¿Tristeza? Si no las escuchó en ese momento, por la multitud, seguro que las escuchó en otro. Seguro que escuchó una y mil veces a su hijo con amor, de eso no podemos dudar. Ella es la única que siempre practicó lo que escuchó. Y es seguro que Ella siempre tuvo claro que su hijo no era solo suyo, sino que sería para todos. Esta escena de hoy es una foto de lo que María supo siempre y estuvo dispuesta a hacer, siempre. Compartir lo suyo con todos. En realidad, nunca se adueñó de lo que no era suyo.  Ese es uno de los secretos de María, el haber tenido todo, el haber tenido a Jesús en su vientre y en su corazón, pero al mismo tiempo no poseerlo para ella sola. ¿Te acordás lo de ayer? “Porque al que tiene, se le dará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que cree tener” Por eso no podemos imaginar que María se entristeció, ni que se puso celosa de Jesús, su hijo, quien tenía bien claro que Él era hermano de todos los que querían escuchar y vivir como su Padre quiere.

Amar no es poseer, amar es dar libertad. Así nos ama Dios y así quiere que nos amemos entre nosotros, así quiere que lo amemos a Él, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Todo lo demás son desviaciones del amor. Todo lo demás se parece más a amor propio que amor de Dios. El amor posesivo, que no incluye, sino que excluye, el amor celoso, el amor que no acepta a otros, en el fondo todavía no es amor, o por lo menos no es reflejo del amor de Dios. Jesús quiere incluir a todos, aunque no todos quieren ser incluidos.

Él no excluyó a María con estas palabras, todo lo contrario, la incluyó para siempre, la guardó en su corazón para siempre, le dio el lugar que le correspondía. Pero al mismo tiempo, abrió las puertas para que sean muchos más. Abrir las puertas no quiere decir que entran unos y salen otros, sino que es: entramos todos. Como decimos a veces: “apretados, pero entramos todos”

Si escuchás y hacés lo que Jesús enseña, tu corazón te va a quedar chico para tantas personas. Tus hermanos y hermanas, tus madres se multiplicarán. Es el secreto del Evangelio, dar todo pensando que no tenés nada y de golpe te encontrás con todo, Dios te da todo. Los que escuchamos día a día a Jesús nos sentimos hermanos, somos hermanos sin conocernos, va… en realidad ya nos conocemos, porque nos conocemos en Jesús.

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