Lucas 9, 1-6 – XXV Miércoles durante el año

Jesús convocó a los Doce y les dio poder y autoridad para expulsar a toda clase de demonios y para curar las enfermedades. Y los envió a proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos, diciéndoles: «No lleven nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tampoco dos túnicas cada uno. Permanezcan en la casa donde se alojen, hasta el momento de partir. Si no los reciben, al salir de esa ciudad sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos.»

Fueron entonces de pueblo en pueblo, anunciando la Buena Noticia y curando enfermos en todas partes.

Palabra del Señor

Comentario

“Vergüenza es robar, no pedir” dice un dicho por ahí. Sin embargo, al administrador astuto, pero deshonesto, se le olvidó esa cuestión, y por no reconocer lo que había hecho, por no reconocer su debilidad terminó equivocando el camino. No es que me la quiera agarrar con este pobre hombre de la parábola del domingo, sino que creo que nos ayuda mucho a reconocer la raíz de nuestras debilidades, y por otro lado, a resaltar un aspecto de este evangelio que muchas veces se deja de lado. En un comienzo, el administrador parece ser sincero consigo mismo y dice: “¿Cavar? no tengo fuerzas”, podemos suponer que no sabía trabajar con la tierra, o que era un hombre grande, sin embargo, en la siguiente pregunta y respuesta que se hace así mismo, se percibe la raíz de su error: “¿Pedir limosna? Me da vergüenza” ¿Le da vergüenza pedir limosna, pero no le dio vergüenza ser deshonesto? ¿Nos da vergüenza pedir ayuda, pero somos capaces de usar a los demás para nuestro provecho? ¿No nos pasa eso a nosotros también con muchas cosas en nuestra vida? El administrador deseaba poder ser recibido en casa de alguien cuando perdiera su puesto, en el fondo, deseaba no quedarse solo, no perder el amor de otros, por eso su camino errado tiene que ver con el miedo a la soledad, a la falta de amor, al no ser recibido, a no ser amado. Toda una cadena de cosas que hacen ruido en nuestros corazones y muchas veces no nos damos cuenta, y son el origen de la falta de sinceridad con nosotros mismos y los demás. Deberíamos perder la vergüenza ante la necesidad, ante las carencias que nos tocan vivir, incluso por culpa propia, como le pasó al administrador, deberíamos perder la vergüenza de sentirnos necesitados de otros.

En algo del evangelio de hoy… Jesús convoca a doce personas. A doce de carne y hueso, bastantes normales, como vos y yo. A los doce que Él quería y a los cuales les dio el privilegio de que lo conozcan durante algunos años para que, conociéndolo, amándolo puedan hacer lo mismo que Él. ¿A qué cosas te preguntarás?

Primero… a anunciar que el Reino del Padre no es algo que llegará algún día, sino que es algo que ya está entre los hombres desde que el Hijo de Dios se hizo como uno de nosotros.

Segundo… a luchar contra el malo, contra aquel que busca por todos los medios posibles evitar que el hombre se haga humilde para comprender estos misterios. También a sanar las enfermedades físicas como signo de aquellas enfermedades que nos impiden recibir el mensaje del Reino del Padre.

La tarea que Jesús les encomienda a estos hombres, es la tarea encomendada a la Iglesia, a la Iglesia de todos los tiempos, también la que nos encomienda a nosotros, en este mismo momento. Los apóstoles fueron las columnas de la Iglesia, los hombres que, gracias al poder dado por Jesús, pudieron continuar su obra y gracias a ellos, esta obra pueda extenderse por todos los siglos. Vos y yo, de alguna manera, también somos apóstoles, también somos piedras vivas de este gran edificio que es la Iglesia.

La fuerza y la eficacia de esta obra que nos pide, es justamente no utilizar ninguna fuerza ajena a la que Jesús nos dio. La fuerza y la maravilla del evangelio, pierde fuerza cuando queremos nosotros mismos agregarle “accesorios” que lo único que hacen es opacar la atracción propia que ya tiene. Por eso Jesús los manda casi sin nada, los envía a ellos mismos y la fuerza de su palabra, y les manda que eviten llevar cosas que les pueda hacer pensar que, gracias a ellas, la palabra será más eficaz, esa es la gran tentación siempre.

Todos deseamos eficacia y éxito en las cosas que hacemos. La Iglesia de todos los tiempos deseó que el evangelio penetre todas las realidades, en todos los hombres. Sin embargo, vivimos frustrados o entristecidos cuando pensamos y ponemos todas nuestras energías en los medios de evangelización y no en la fuerza misma del evangelio, que es justamente, como dije al principio, no aplicar ninguna fuerza externa. Anunciar y anunciar. Anunciar la Palabra de Dios que es viva y eficaz en la medida en que yo la vivo y en la medida que ha sido eficaz en mi vida. Además, la eficacia del anuncio es la mayoría de las veces casi imperceptible, crece en el silencio de las noches, crece en el silencio de los corazones y jamás va a ser anunciado con bombos y platillos en la televisión.

Mucho se habla de estas cosas, de que la Iglesia debe saber anunciar el mensaje de Jesús, de que nosotros tenemos que saber utilizar distintos medios de comunicación para llegar mejor al mundo. Eso está bien. Pero cuidado, nada de eso sirve, si con eso opacamos lo más esencial del evangelio, la humildad, la sencillez por medio de la cual Jesús quiso mostrarle al hombre su amor y su deseo de salvarlo.  Que su fuerza y transformación no radica justamente en eso, sino en el amor.

Sólo viviendo y comprendiendo esto viviremos en paz con nosotros mismos y con los demás, evangelizando sin ponernos como centro, sino sólo como servidores.  Nosotros regamos, Él hace crecer. Mientras más cosas carguemos o creamos que necesitamos, menos brillará el poder de Jesús y más confundiremos al que escucha.

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