Lucas 9, 1-6 – XXV Miércoles durante el año

 

 

Jesús convocó a los Doce y les dio poder y autoridad para expulsar a toda clase de demonios y para curar las enfermedades. Y los envió a proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos, diciéndoles: «No lleven nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tampoco dos túnicas cada uno. Permanezcan en la casa donde se alojen, hasta el momento de partir. Si no los reciben, al salir de esa ciudad sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos.»

Fueron entonces de pueblo en pueblo, anunciando la Buena Noticia y curando enfermos en todas partes.

Palabra del Señor

Comentario

“Ustedes ambicionan, y si no consiguen lo que desean…” decía Santiago en la segunda lectura del domingo. Lamentablemente la palabra ambición está cargada de negatividad, pero si consideramos la ambición como el deseo de obtener ciertos bienes, en sí misma, deberíamos decir, que no es mala ni buena, sino depende de que se hace con ella. Los deseos bien conducidos son los que nos mantienen con vida, los deseos mal llevados son los que nos llevan a la muerte del corazón. Además, una cosa es ambicionar, o desear, y otra cosa es ser ambiciosos sin escrúpulos y que eso no lleve a toda clase de excesos, como también decía Santiago: “matan; envidian, y al no alcanzar lo que pretenden, combaten y se hacen la guerra”. El matear y envidiar serían los extremos, pero, en definitiva, no desear lo que desea Jesús nos lleva tarde o temprano a la rivalidad, al combate, a la guerra, a no ver a los demás como hermanos, sino como competidores. Eso les pasó a los discípulos, que peleaban por ver quién era el más grande. Lo más lindo es aprender a desear lo que quiere Jesús de nosotros, o sea a buscar ser los primeros, pero a su estilo, a no ver a los demás como obstáculos a sobrepasar, sino como hermanos a amar. Si todos ambicionáramos amar a los otros, discutiríamos mucho menos, evitaríamos cientos de peleas y problemas en los ambientes en donde nos toca estar. La ambición desmedida en medio de este mundo competitivo es entendible, ahora… la ambición olvidadiza de los consejos de Jesús, dentro de la Iglesia, es la que no podemos aceptar, y debemos tratar de extirpar. No podemos “andar por el camino” de la vida, siguiendo a Jesús, luchando por ser los más grandes, sin comprender la grandeza de Jesús.

En algo del evangelio de hoy… Jesús convoca a doce personas. A doce de carne y hueso, bastantes normales, como vos y yo. A los doce que Él quería y a los cuales les dio el privilegio de que lo conozcan durante algunos años para que, conociéndolo, amándolo puedan hacer lo mismo que Él. ¿A qué cosas te preguntarás?

Primero… a anunciar que el Reino del Padre no es algo que llegará algún día, sino que es algo que ya está entre los hombres desde que el Hijo de Dios se hizo como uno de nosotros.

Segundo… a luchar contra el malo, contra aquel que busca por todos los medios posibles evitar que el hombre se haga humilde para comprender estos misterios. También a sanar las enfermedades físicas como signo de aquellas enfermedades que nos impiden recibir el mensaje del Reino del Padre.

La tarea que Jesús les encomienda a estos hombres, es la tarea encomendada a la Iglesia, a la Iglesia de todos los tiempos, también la que nos encomienda a nosotros, en este mismo momento. Los apóstoles fueron las columnas de la Iglesia, los hombres que, gracias al poder dado por Jesús, pudieron continuar su obra y gracias a ellos, esta obra pueda extenderse por todos los siglos. Vos y yo, de alguna manera, también somos apóstoles, también somos piedras vivas de este gran edificio que es la Iglesia.

La fuerza y la eficacia de esta obra que nos pide es justamente no utilizar ninguna fuerza ajena a la que Jesús nos dio. La fuerza y la maravilla del Evangelio, pierde fuerza cuando queremos nosotros mismos agregarle “accesorios” que lo único que hacen es opacar la atracción propia que ya tiene. Por eso Jesús los manda casi sin nada, los envía a ellos mismos y la fuerza de su palabra, y les manda que eviten llevar cosas que les pueda hacer pensar que gracias a ellas la Palabra será más eficaz, esa es la gran tentación siempre.

Todos deseamos eficacia y éxito en las cosas que hacemos. La Iglesia de todos los tiempos deseó que el Evangelio penetre todas las realidades, en todos los hombres. Sin embargo, vivimos frustrados o entristecidos cuando pensamos y ponemos todas nuestras energías en los medios de evangelización y no en la fuerza misma del Evangelio, que es justamente, como dije al principio, no aplicar ninguna fuerza externa. Anunciar y anunciar. Anunciar la Palabra de Dios que es viva y eficaz en la medida en que yo la vivo y en la medida que ha sido eficaz en mi vida. Además, la eficacia del anuncio del Evangelio es la mayoría de las veces casi imperceptible, crece en el silencio de las noches, crece en el silencio de los corazones y jamás va a ser anunciado con bombos y platillos en la televisión.

Mucho se habla de estas cosas, de que la Iglesia debe saber anunciar el mensaje de Jesús, de que nosotros tenemos que saber utilizar distintos medios de comunicación para llegar mejor al mundo. Eso está bien. Pero cuidado, nada de eso sirve, si con eso opacamos lo más esencial del Evangelio. La humildad, la sencillez por medio de la cual Jesús quiso mostrarle al hombre su amor y su deseo de salvarlo.  Que su fuerza y transformación no radica justamente en eso, sino en el Amor.

Sólo viviendo y comprendiendo esto viviremos en paz con nosotros mismos y con los demás, evangelizando sin ponernos como centro, sino sólo como servidores.  Nosotros regamos, Él hace crecer. Mientras más cosas carguemos o creamos que necesitamos, menos brillará el poder de Jesús y más confundiremos al que escucha.

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