Lucas 9, 18-22 – XXV Viernes durante el año

 

 

Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.»

«Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?»

Pedro, tomando la palabra, respondió: «Tú eres el Mesías de Dios.»

Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie.

«El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.»

Palabra del Señor

Comentario

Discutir por saber quién es el más grande es algo más común de lo que imaginamos, es cotidiano. Nuestra cultura, está impregnada de actitudes, lemas y enseñanzas que nos inducen a estar continuamente luchando por ser los más grandes. No es algo únicamente personal, o una debilidad del corazón, sino que lo de afuera también ayuda, el mundo es exitista. En nuestras familias de un modo o de otro también nos enseñaron a competir; en los colegios, en las escuelas, en las universidades, en los clubes, en las empresas, en todos lados se nos “bombardea” continuamente para animarnos a ser los primeros, los más grandes. En las competencias, en general, al terminar, hay un podio, en el que solo entran: primero, segundo y tercero, los demás pasan al anonimato, es más, el segundo y tercero también, quedan en el olvido. El mundo solo recuerda al que fue primero en algo. Esa es la mirada del mundo, y muchas veces la nuestra sobre lo que es ser grande y primero.

Sin embargo, Jesús, en el evangelio del domingo tira el podio del mundo al tacho de la basura: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos». Para Jesús en el fondo, no hay podios, no hay primeros, segundo y terceros, sino que, para Él, para nuestro Padre, todos somos considerados “primeros”, no hay merecimientos, no hay galardones por haber hecho lo que el mundo considera grande. Menos mal.  Esto es una buena noticia, porque es lindo saber que Dios nos mira de otra manera, que Jesús nos enseña que el deseo de grandeza debemos “canalizarlo” a través de nuestra entrega, de nuestro servicio, esa es la verdadera grandeza a la cual debemos aspirar. Por eso Jesús no rechaza el deseo de grandeza de sus discípulos, sino que les muestra que las discusiones son fruto de entender mal cuál es la grandeza. Que el Señor nos sane de las discusiones que no nos conducen a nada, sino únicamente a alejarnos de los demás, por no entender que, para Él, ya somos grandes.

El escuchar el evangelio nos tiene que llevar a rezar. La Palabra de Dios no es para estudiar, para sacar grandes conclusiones; es más bien para rezar, para abrir el corazón.

Por eso pienso que podemos quedarnos con una actitud muy linda de Jesús en el algo del evangelio de hoy: dice que Jesús oraba a solas.

Jesús buscaba momentos de oración solitario pero lleno de la compañía de su Padre. Es lo que también necesitamos nosotros –vos y yo– en el día a día; es como el aire del alma, tiene que ser como el aire de nuestros pulmones. Sin este aire no podemos respirar, necesitamos todos de este silencio.

Vos que sos madre necesitás al empezar el día estar sola un ratito; o también al terminar el día cuando todos se van a dormir, apagar la luz de tu casa y sentarte en el sillón y estar con Dios, con tu Padre. Dejar todo, frenar para pensar y ofrecer todo lo que hiciste, todo lo que entregaste en ese día; para darle verdadero sentido a tu día, lo necesitás. Jesús estando con sus discípulos lo hizo, nosotros también podemos hacerlo y lo necesitamos.

Vos que te la pasás trabajando todo el día, si no frenás cinco o diez minutos por día y te apartás para mirar lo que hiciste, para descargar las cosas que viviste, las tensiones, para agradecer la mujer que tenés, para maravillarte del don de la vida de tus hijos –los que están y los que están viniendo–; ¿cómo pensás que vas a llegar a fin de mes, o a fin de año? Es imposible. No solo tenés que pensar cómo llegar a fin de mes con la plata, sino con el corazón, ¿cómo pensás que vas a llegar? Si tenés plata, pero te falta la paciencia y la paz del corazón; ¿de qué te sirve haber llegado a fin de mes?

Vos que sos hijo o hija y estudiás día a día, vas al colegio o cursás en la facultad, pero trabajás también y además esperás que llegue el fin de semana para hacer mil cosas y no perderte ninguna con tus amigos; ¿Cómo decís que no podemos frenar diez o quince minutos por día para estar en silencio con tu Padre del cielo que siempre te escucha? Es posible poner tantas excusas. ¿Cuánto tiempo pasamos frente al celular, a la televisión, a la computadora y a las cosas que nos gustan? ¿Es verdad realmente que no podemos estar diez minutos en silencio solo con Dios? Pensalo, porque sin momentos a solas con Dios, no podemos pretender conocerlo y crecer en la fe; nuestra fe va a ser “superficial”.

Es una cuestión en definitiva de amor, no alcanza a veces con escuchar este audio de seis o siete minutos; es necesario profundizar, estar con Dios en una Iglesia en silencio, en tu habitación, en tu jardín… Todos podemos hacerlo, no hay excusas.

Juan Pablo II cuando estuvo en Argentina dijo que “el que dice que no tiene tiempo para orar, para estar a solas con Dios; lo que le falta no es tiempo sino amor”. Es así, tenemos que aceptarlo, es una cuestión de amor, a todos nos falta amor; nos falta esta certeza de que la oración es realmente un diálogo con nuestro Padre.

Ojalá que hoy podamos lograr esos cinco o diez minutos –aparte de este audio– de silencio, de estar a solas con Dios, de profundizar lo que escuchamos, de agradecer lo que tenemos. Podemos hacerlo, intentémoslo, podemos hacerlo.

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