Lucas 9, 22-25 – Jueves después de ceniza

 

 

  Jesús dijo a sus discípulos:

«El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.»

Después dijo a todos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?»

Palabra del Señor

Comentario

¿Otra cuaresma más? ¿Otra vez lo mismo? ¿Por qué todos los años la Iglesia se empeña en recorrer el mismo camino? ¿No será momento de innovar un poco? ¿No te vino a la mente alguna vez esta pregunta? Ayer, a mí me volvió a recorrer el corazón ese cuestionamiento tan válido, pero al mismo tiempo tan peligroso. Fue mientras estaba reunido con algunos jóvenes de la parroquia que son catequistas de niños y hacíamos una evaluación de lo vivido el año anterior. Les pregunté en que se basaban para dar la catequesis, y me contaron que ya no usaban más el libro de guía que tenían desde hace mucho, porque todos los años daban lo mismo y no querían que los niños se aburran. Ahí fue cuando les dije: “Miren que desde hace dos mil años nosotros tenemos la misma biblia y, además, todos los años celebramos el mismo año litúrgico, adviento, cuaresma, pascua y la vida pública de Jesús” Es difícil comprender, por la cultura en la que vivimos hoy, que es posible repetir las cosas, ósea, hacer siempre lo mismo, pero que al mismo tiempo sea siempre nuevo, que siempre nos diga y nos enriquezca de modo diferente. Entiendo, por un lado, que es bueno buscar todos los años caminos nuevos para transmitir la fe, no tenemos que repetir como loros, esa es la cuestión, transmitimos la fe, no la repetimos. Pero al mismo tiempo, tenemos que comprender que solo comprendemos profundamente los misterios de la fe, a fuerza de revivirla una y mil veces más, todos los días, cada año. Es imposible pensar que conocemos a Jesús por el simple hecho de escuchar una vez un evangelio.  El tema de cómo dar la catequesis es otra cuestión que no viene al caso, pero me sirvió para decir esto y que juntos pensemos. ¿Es necesaria otra cuaresma más? La respuesta es que sí. Es absolutamente necesario, para nuestro frágil corazón, volver a revivir tanto amor. El amor de Dios nunca termina de dimensionarse, vos y yo, lo necesitamos. No lo olvides, empezamos un tiempo de profundización de la fe, y lo único que espero es que, al llegar a la Pascua, podamos decir todos juntos… ¡Gracias Señor, gracias! ¿Con qué pagaremos al Señor todo el bien que nos hizo?

Vamos a algo del evangelio de hoy. Hoy Jesús en sus palabras es un poco drástico a simple vista. En realidad, muchas veces lo fue. Pero drástico para una mirada superficial. En realidad, es contundente, claro, directo, sin medias tintas. O bien podemos pensar que no siempre el ser drástico, contundente y fuerte es algo malo, al contrario, es necesario. Imagino que si estás escuchando este audio querés ser sincero con Él y con vos mismo. ¿Cuál es la expresión contundente de hoy? El que quiera ir detrás de Él tiene que cargar su cruz. El que quiera salvar su vida la perderá, el que la pierda por Él la salvará. No parece haber mucho término medio en esta expresión. Por eso en esto tenemos que ser sinceros con nosotros y con Él, para no hacer de nuestra fe, de nuestra confianza hacia Él una de ensalada de frutas desconocidas en donde no terminamos de distinguir bien una cosa de la otra.

Seguirlo cargando nuestra cruz es, seguirlo, seguirlo sin cargar ninguna cruz es mirarlo de lejos, es decir: ¡Qué lindo, que bueno que es Jesús! Pero no es seguirlo. Es como poner un “me gusta” a una publicación que exige compromiso y no hacer nada. Es como hacerse miembro de un club y recibir novedades por correo, es como decir que somos estudiantes y solo vamos a cursar.

Seguirlo y buscar nuestro propio provecho, queriendo salvarnos a nosotros mismos no es seguirlo, sino que es hacernos la idea de que lo seguimos. Seguirlo es empezar un camino de aceptación de que la salvación viene de Él y que solo perdiendo la vida de a poco, entregándonos de a poco vamos encontrando la plenitud linda de la vida. Seguirlo es amar en serio y concretamente cada día, a Jesús en nuestros hermanos.

En este sentido, Jesús no fue con medias tintas, no dijo una frase marquetinera para que lo sigan sin hablarnos de la letra chica del contrato, como se dice, al contrario, fue más sincero que cualquiera. Ahora, por otro lado, es verdad que una vez que lo seguimos, que tomamos esa decisión, empezamos un camino, estamos en camino y en el camino hay de todo, hay varios carriles, por decir así, rápidos, lentos incluso hay colectora, hay caídas, cansancios, ayudas, reproches, hay… podríamos decir, algunos grises, pero eso es otro tema.

Hoy busquemos un shock de sinceridad, que puede transformarse en un sincericidio que nos haga bien. ¿Queremos seguir a Jesús así, con cruz y dando la vida o queremos un cristianismo del vale todo y todo está bien siempre según mis gustos y caprichos? ¿Somos libres de seguir a Jesús, es una decisión nuestra, o lo seguimos casi por inercia como quien no quiere la cosa? ¿Lo seguimos dando la vida o pretendiendo que todos la den por mí? ¿Lo seguimos de lejos, casi virtualmente, sin compromiso como quien pone “me gusta” en Face para quedar bien con el otro o lo seguimos siendo responsables con cada obra del día, sabiendo que, sin diálogo con Él en la oración, sin amor concreto al prójimo y sin privaciones voluntarias de nosotros mismos no podemos amar en serio?

Si queremos seguirlo queriendo más lo nuestro que lo de Él, perdemos el tiempo, perdemos la vida, se nos va. En cambio, sí lo seguimos en serio, con la cruz, ganamos tanto que el corazón ya no nos da para tanto amor. ¿Qué preferís?

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