Lucas 9, 46-50 – XXVI Lunes durante el año

A los discípulos de Jesús se les ocurrió preguntarse quién sería el más grande.

Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, tomó a un niño y acercándolo, les dijo: «El que recibe a este niño en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe a aquel que me envió; porque el más pequeño de ustedes, ese es el más grande.»

Juan, dirigiéndose a Jesús, le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre y tratamos de impedírselo, porque no es de los nuestros.»

Pero Jesús le dijo: «No se lo impidan, porque el que no está contra ustedes, está con ustedes.»

Palabra del Señor

Comentario

Hay que empezar este lunes con todo, con todo el corazón. Miremos para adelante, miremos todo lo que tenemos por delante. Miremos todo lo que podemos hacer en este día, veamos con ojos de fe lo que planeamos hacer en estos días. Hay que volver a entusiasmarse. Sí, entiendo, por ahí estás empezando este día con cara y cuerpo de cansancio, pero se puede cambiar, se puede decir: “Quiero otra cosa” “Quiero transmitir alegría por donde ande, por donde me toque estar”.

Retomando algo de la parábola de ayer, podemos intentar en esta semana también desmenuzarla un poco, porque tiene mucho para aprender. Puede resultar chocante escuchar que el rico se fue al infierno, al lugar de lo muertos y el pobre Lázaro al cielo, al lugar de los santos, de los salvados. Porque una interpretación reductiva y sin profundidad, puede llevar a pensar que los ricos, por ser ricos se irán al infierno, y los pobres por ser pobres irán al cielo. Jesús, es necesario aclararlo, no pregonaba la grieta social, no buscó nunca etiquetar a las personas, o juzgar por lo exterior, por los bienes. Todo lo contrario, fue siempre más al hueso, al meollo de las cuestiones. El pobre fue al cielo, porque vivió dignamente su pobreza, porque aun siendo excluido por el rico, aun sufriendo las injusticias de este mundo, se mantuvo bueno, sin resentimientos, sin odios. El rico se fue al infierno, no por ser rico, no porque tenía muchos bienes, sino porque no tuvo compasión, porque no se hizo cargo del dolor de Lázaro, que deseaba comer lo que caí de su mesa, se fue al infierno por egoísta y avaro. Seguiremos con esto estos días.

La vida de Jesús es una invitación a la alegría y a superar dificultades. Esta semana de audios la dedicaré a que contemplemos a un Jesús incomprendido, por propios y extraños. ¿Vos pensás que sos el único o la única que no te comprenden a veces? ¿Vos pensás que a Jesús se le hizo fácil? Vamos a ver como Jesús habla un “idioma” en el que casi nadie lo entiende, no logran penetrar su corazón. Esto no es para resignarnos, sino para animarnos y sentirnos acompañados. Además, si al mismo Dios le pasó y le pasa ¿Por qué no a nosotros?

En algo del evangelio de hoy, a los discípulos se les ocurrió “cualquier cosa”, ellos estaban en cualquiera, como se dice, en realidad estaban en la de ellos, estaban en ellos mismos. A vos y a mí se nos hubiera ocurrido lo mismo. Pensar quién es el mejor, el más grande y, además, poner barreras a otros para que se hagan cercanos a Jesús. Las dos grandes tentaciones, el “poder” y el “exclusivismo”. Todos de una manera u otra buscamos “ser alguien” en este mundo, y el poder en todas sus dimensiones es un medio para lograrlo, más o menos oculto, pero es la gran debilidad de todos. Por si no te enteraste, así nacemos, así vinimos a este mundo, “fallados de fábrica”, con la mancha original de la desobediencia a nuestro Creador, esa imperceptible tentación de creernos dioses, y así, sin “querer queriendo”, disimuladamente, deseamos ponernos en el lugar de Dios, buscamos lugares de poder en el que nos sintamos bien, apreciados y queridos por otros, poniendo nuestra seguridad en opiniones pasajeras y cambiantes. Somos así de raros e ingenuos. Igual que los discípulos que mientras Jesús les hablaba de humildad y entrega, ellos iban pensando por dentro quién sería el más grande.

Lo peor que nos puede pasar hoy, es que nosotros pensemos para adentro: “Ay, ¿cómo se les va a ocurrir semejante cosa a los discípulos?” Como si fuera que a nosotros no nos pasa a veces lo mismo. Pobre Jesús, incomprendido ayer, hoy y siempre. Jesús en vida humilde y sencillo, hoy en cada Eucaristía humilde, sencillo e incomprendido, mientras nosotros nos entristecemos o nos enojamos cuando somos dejados de lado, o cuando no estamos en el lugar que queremos estar, por las luchas de poder que se dan en todos los ámbitos.

El que quiere andar con Jesús tiene que andar como Él anduvo, no hay otro camino. El que quiere ir con Jesús tiene que comprender que no es cuestión de grandeza humana, tiene que comprender que estar con Él no da “poder” mundano, que no es para tener poder y ser reconocido como grande por otros. El que anda con Jesús tiene que aceptar que el verdadero poder es el servicio, que lo lindo es poder servir, no servirnos de los otros. El que ande con Jesús tiene que aceptar que hay “otros” que pueden hacer cosas buenas también en su nombre, que el bien no se reduce a nuestras cuatro paredes. Estar con Él no nos hace exclusivos, sino que nos hace inclusivos, nos debería hacer inclusivos con los demás. Todo lo demás, todo aire de poder mundano, de grandeza pasajera, de creer que tenemos el “monopolio” del bien, de pensar que porque tenemos un lugar de servicio somos más que otros, de pensar que, en nuestros grupos, parroquias, movimientos, congregaciones, hacemos las cosas mejores que en otros lugares, todo eso… no es el evangelio. Todo eso no es de Jesús. Eso no es el evangelio. Eso es nuestro corazón herido por el pecado original, inclinado a las cosas que nos dejan finalmente vacíos. Y mientras pensemos así no estaremos todavía complemente convertidos hacia Él.

Que no se nos ocurra preguntar esas cosas que preguntaron los discípulos. Aunque las pensemos. No repitamos errores viejos. No todo lo que pensamos hay que decirlo, pero sí hay que ser sinceros con nosotros mismos y con los demás, reconociendo lo que siente nuestro corazón, para purificarlo. Preguntémonos hoy… ¿Qué busco estando con Jesús? ¿Me busco a mí o lo busco a Él? ¿Quién es verdaderamente el más grande? Deberíamos responder que Jesús, el que se hizo pequeño. Todo lo demás no vale la pena preguntarlo.

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