Lucas 9, 46-50 – XXVI Lunes durante el año

 

 

A los discípulos de Jesús se les ocurrió preguntarse quién sería el más grande.

Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, tomó a un niño y acercándolo, les dijo: «El que recibe a este niño en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe a aquel que me envió; porque el más pequeño de ustedes, ese es el más grande.»

Juan, dirigiéndose a Jesús, le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre y tratamos de impedírselo, porque no es de los nuestros.»

Pero Jesús le dijo: «No se lo impidan, porque el que no está contra ustedes, está con ustedes.»

Palabra del Señor

Comentario

¿No te pasa que para arrancar los lunes necesitás a veces que te saquen de la cama? Por lo menos nosotros, los sacerdotes, los fines de semana terminamos más cansados que nunca, porque son los días en los que más trabajamos. Pero de alguna manera, creo que todos necesitamos un nuevo impulso para empezar los lunes, porque parece como que todo nos pesa más, todo cuesta más, se nos viene la semana encima y a veces no terminamos de descansar bien. Bueno, si estás en uno de esos días, levantate, mirá al cielo, mirá una imagen, buscá un sagrario, vale la pena empezar otra vez, Dios nos regala un día más para amar, para hacer el bien, para dar la vida… ¿Te parece poco?

El bien es más grande de lo que podemos imaginar. Cuando queremos medir el bien con nuestra pobre mirada, nos volvemos mezquinos, calculadores o incluso, envidiosos. La actitud de Juan, el discípulo, el más joven, en el evangelio de ayer, va en la línea de las otras actitudes de los domingos anteriores, la de Pedro que no tenía los pensamientos de Dios, y las discusiones entre los discípulos que se peleaban por ver quién era el más grande, parecido a lo de hoy. Todas estas actitudes tienen que ver con un trasfondo de soberbia, de orgullo que se manifiesta de distintas maneras en estos hombres débiles, tan débiles como cada uno de nosotros. Pedro se interponía en el camino de Jesús, en su decisión de sufrir por nosotros, pretendiendo saber más que su Maestro… Los discípulos que no comprendían la humildad de su Señor y se peleaban por grandezas humanas, y ayer Juan que pretendía evitar el bien en otros. Disculpá que retome tanto lo anterior, pero nos va a ayudar a que comprendamos que, en definitiva, todo tiene la misma raíz, el orgullo, la soberbia, que nos puede llevar a celar, a envidiar el bien ajeno. De eso trataremos esta semana.

De algo del evangelio de hoy solo te propongo tomar la primera parte porque la segunda es similar al evangelio de ayer.

Escuchá esto que es gracioso: a los discípulos se les ocurrió preguntar ¿quién sería el más grande? ¡Qué ocurrencia! ¿No?

Digo que es “gracioso” porque contrasta tanto con Jesús, con su modo de ser; que en realidad nos reímos para no llorar ¿es posible que a los discípulos les haya costado tanto entender a Jesús? Y sí.

En realidad, los discípulos no entendieron mucho quién era Jesús hasta que se les apareció resucitado, e incluso eso también les costó entenderlo. Recién al recibir el Espíritu Santo pudieron empezar a entender; pero bueno eso es otro tema, para otro evangelio.

La “ocurrencia” de los discípulos es la ocurrencia básica de todo ser humano, de todos nosotros, en algún momento nos llega. ¿Cuál sería? Andar midiendo nuestra “grandeza” con ojos humanos, con los ojos que tenemos obviamente, pero mirando solo las apariencias y dejando de ver que en realidad nuestra verdadera grandeza es la de un corazón pequeño que no se “agranda” por lo de afuera, sino que se goza con lo de adentro.

¡Qué difícil no agrandarse en esta vida! ¿No? A medida que más grandes nos hacemos; más grandes queremos ser por dentro, y es todo lo contrario: ¿Querés ser grande entre los grandes, o sea entre los adultos? Hacete pequeño de corazón aun siendo grande, aun cuando todos te alaben. Esa es la gran receta del Evangelio: hacete pequeño aun cuando tengas muchos años, y dejemos de medir todo por los logros humanos, visibles, por los aplausos; no podemos medir nuestra grandeza por un “aplausometro”, por la cantidad de fans que tenemos, de seguidores, de “me gusta” –eso que tanto se da hoy–, de cuántos te quieren, cuántos nos quieren; esa forma de medir es pobre, es efímera, es pasajera y sin embargo, la verdad es que muchos andamos detrás de eso, incluso dentro de la Iglesia buscamos una especie de “marketing”, de medidas humanas, pobres y pasajeras.

En un viaje a EEUU el Papa Francisco dijo una cosa muy interesante y muy fuerte: dijo que a veces el mundo se ha convertido como en un gran “shopping” que andamos queriendo vender todo, y que todos consuman todo lo que hacemos, nos gusta que nos compren lo que somos.

¿Qué buscamos detrás de eso? ¿Por qué creemos que somos grandes para Dios? –preguntate hoy– ¿Por tus logros, por haber tenido menos fracasos en tu vida, porque sos bueno en un deporte y te aplauden, porque tenés buenas notas en tu colegio, en tu facultad, porque sos jefe de tu empresa, porque sos talentoso, porque hacés muchas obras de bien, por tus progresos económicos? Preguntate eso…

¿Vos te pensás que por eso sos grande ante Dios? ¡Nada de eso! Sos grande en serio para Dios Padre y únicamente para Él, porque sos hijo, sos hija, somos hijos de Dios; somos pequeños ante nuestro Creador.

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