Marcos 10, 28-31 – VIII Martes durante el año

Pedro le dijo a Jesús: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»

Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna.

Muchos de los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros.»

Palabra del Señor

Comentario

Ver la “paja” en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio es de ciegos y es por eso, que difícilmente podremos corregir a otros si no nos damos cuenta que los primeros que necesitamos quitar la viga en el propio ojo somos nosotros mismos. Somos así muchas veces, un poco hipócritas, pretendemos que todos cambien mientras nosotros no vemos los propios errores. Esa es la gran debilidad que muchos arrastramos y que solo el amor de Jesús y sus enseñanzas nos pueden ayudar a ir extirpando del corazón. Hagamos el ejercicio de hablar menos, de no hablar de los demás, porque es ahí donde el corazón nos juega una mala pasada y podemos equivocarnos. Hace bien el pensar que siempre nos equivocamos cuando hablamos de los otros, es lo mejor. Ni a vos ni a mí nos gusta que hablen de nuestros errores.

Siempre Pedro, siempre haciendo la pregunta que por ahí haríamos todos, esas preguntas que muchos tenemos dentro del corazón, pero a veces no nos animamos a hacer. ¿Te acordás cuando en el colegio siempre teníamos un compañero o compañera que hacía las preguntas que nadie se animaba a hacer por miedo, por vergüenza, para que los demás no se rían? ¿Te acordás que a veces todos se reían, pero en el fondo se lo agradecíamos porque era lo mismo que nosotros estábamos pensando? Pedro era así, el evangelio lo demuestra de muchas maneras. Ese que hace las preguntas que todos tenemos guardadas, preguntas osadas, arriesgadas, las preguntas que los otros discípulos seguramente también tenían guardadas en sus corazones. Pedro es el primero en decir que sí y también el primero en negarlo. Pedro es así. Por eso… ¡cuánto nos ayuda Pedro!

Ayer escuchábamos que un hombre rico terminaba yéndose triste y apenado porque no se animaba a dejar, ni a vender nada por Jesús. No hablamos de ese tema, pero en el fondo lo que le faltó a este pobre hombre, fue amor, lo que le faltó fue enamorarse de Cristo. El que no se enamora vive midiendo todo, regatea todo, mezquina todo. Ama, pero a su medida y le pone medidas al amor. El hombre rico representa a los cristianos que se contentan con cumplir, con no hacer nada malo, con no matar y no robar, pero que nunca se animan a más, nunca se animan a dejar nada por amor a Jesús. En realidad, la pregunta que nos podríamos hacer es esta: ¿Si no somos capaces de dejar algo por Jesús, podemos decir que lo amamos realmente?

Bueno, en algo del evangelio de hoy aparece Pedro, representando a todos los que sí habían dejado algo por Jesús, a los apóstoles. Por ahí también nos representa a nosotros. A los sacerdotes, a los consagrados, pero también a vos que sos laico, la inmensa mayoría de los católicos de la Iglesia. A vos que también alguna vez dejaste algo, cuando te casaste, cuando empezaste a servir a Jesús más de cerca, cuando te fuiste a misionar, cuando ayudaste a un pobre, cuando hacés algo concreto por Él. También podemos imaginarnos representados por Pedro. ¿Y a nosotros qué? Creo que podíamos meditar esta pregunta desde dos puntos de vista.

Primero. A Pedro y a nosotros también nos sale la mezquindad de adentro del corazón y al entregarnos, podemos estar buscando recompensas, ¿Y a nosotros? ¿Y yo que me la paso sirviendo, y yo que dejé un montón de cosas por Vos? Sin querer podemos caer como el hombre rico de ayer, en cierta mezquindad, en una entrega medida, a medias, en una entrega por conveniencia, en una entrega que no se deja mirar por la mirada de amor de Jesús. Cuidado… ¿Qué buscamos al amar? Es el peligro de todo apóstol, de todo cristiano, de todo sacerdote, de todo consagrado. ¡El que anda pidiendo algo a cambio, sin querer se puede transformar en una especie mercader de la fe y no en un servidor! ¡Cuidado con ser un mercader de Jesús!

Segundo. Al mismo tiempo hay algo muy lindo. Jesús promete y promete en serio, no como nosotros, no como tantas promesas políticas. Jesús promete y cumple. Podemos asegurar que el entregarnos al amor de Jesús, nos llena de casas, porque podemos quedarnos y alojarnos en miles lugares gracias a la generosidad de tanta gente que nos considera hermanos, tenemos muchos hogares. Haber dejado algo por Jesús, nos permite tener miles de hermanos y hermanas, la Iglesia nos llena de hermanos, predicar la Palabra de Dios cada día nos llena de hermanos y hermanas. Dejar nuestro hogar de sangre por amor a Jesús, nos llena de muchas madres. También podemos tener más padres, que se preocupan por nosotros. Nos concede bienes continuamente, nunca tendremos hambre ni sed, porque Jesús nos provee de todo. Esto es verdad, podemos asegurarlo. Seguro que vos de alguna manera también lo vivís. Todo esto, y hay que decirlo también, va acompañado de sufrimientos por amor al Reino de Dios, es inevitable. Al mundo no le gusta la Palabra de Dios, le molesta. Pero no podemos olvidar que al final, vendrá lo mejor, vendrá la Vida Eterna.

Te propongo hoy, que no seamos mezquinos, no negociemos con Jesús. Él nos da todo, ya lo prometió. Busquemos el Reino de Dios y su santidad, y todo lo demás vendrá por añadidura.

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