Marcos 10, 28-31 – VIII Martes durante el año

 

 

Pedro le dijo a Jesús: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»

Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna.

Muchos de los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros.»

Palabra del Señor

Comentario

Johnny, mi amigo y amigo de toda la comunidad, el sábado recibió su primera comunión, junto con sus compañeros y amigos. Fue muy emocionante, muy lindo. En el sermón, intenté que los niños de alguna manera puedan decir lo que sentían y pensaban, y cuando les propuse agradecer, Johnny tomó la palabra y dijo: “Yo agradezco poder recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesús”. Cortito, sencillito y al pie, como se dice, sin muchas vueltas. Pensaba en esto de aprender a agradecer lo “esencial” y por supuesto, a pedir lo esencial. Quiero pedir lo esencial. Hoy rezo para que Johnny, y todos los niños vuelvan, que sea la primera de muchas comuniones más, para que no les pase lo que pasa tanto en la Iglesia, eso de recibir la primera comunión y después no venir más, me daría mucha pena. Los niños muchas veces, por otro lado, nos enseñan eso, ir a lo esencial.

¿Qué agradecerías vos hoy? ¿Qué pedirías hoy? Hay que agradecer y pedirle a Jesús aquello que agradeceríamos si supiéramos que es el último día, vivir lo de cada día. De hecho, así nos lo enseñó en el Padrenuestro… pedir “el pan de cada día” Hacé este ejercicio, te va ayudar mucho.

Ayer escuchábamos que un hombre rico se iba triste y apenado porque no se animaba a dejar, ni a vender nada por Jesús. No hablamos de ese tema, pero en el fondo lo que le faltó a este pobre hombre, es amor, lo que le faltó es enamorarse de Cristo. El que no se enamora vive midiendo todo, regatea todo, mezquina todo. Ama, pero a su medida y le pone medidas al amor. El hombre rico representa a los cristianos que se contentan con cumplir, con no hacer nada malo, con no matar y no robar, pero que nunca se animan a más, nunca se animan a dejar nada por amor a Jesús. En realidad, la pregunta que nos podríamos hacer es esta: ¿Si no somos capaces de dejar algo por Jesús, podemos decir que lo amamos realmente? ¿No es un amor muy superficial? Vos y yo tenemos alguna riqueza que nos impide ser libres… ¿Cuál es la tuya? ¿Es necesario tener tanto, es necesario acumular tanto? ¿Por qué nos cuesta tanto dar?

Continuando con lo de ayer, en algo del evangelio de hoy aparece Pedro, representando a todos los que sí habían dejado algo por Jesús, a los apóstoles. Por ahí también nos representa a nosotros. Especialmente, creo yo, a los sacerdotes, a los consagrados, pero también a vos que sos laico, la inmensa mayoría de los católicos de la Iglesia. A vos que también alguna vez dejaste algo, cuando te casaste, cuando empezaste a servir a Jesús más de cerca, cuando te fuiste a misionar, cuando ayudaste a alguien más pobre, cuando hacés algo concreto por Él. También podemos imaginarnos representados por Pedro. ¿Y a nosotros qué? Creo que podíamos meditar esta pregunta desde dos puntos de vista.

Primero. A Pedro y a nosotros también nos sale la mezquindad de adentro del corazón y al entregarnos estar buscando recompensas, ¿y a nosotros? ¿Y yo que me la paso sirviendo, y yo que dejé un montón de cosas por Vos? Sin querer podemos caer como el hombre rico de ayer, en cierta mezquindad, en una entrega medida, a medias, en una entrega por conveniencia, en una entrega que no se deja mirar por Jesús con amor. Cuidado, ¿qué buscamos? Es el peligro de todo apóstol, de todo cristiano, de todo sacerdote, de todo consagrado. ¡El que anda pidiendo algo a cambio, sin querer se puede transformar en un funcionario de la fe y no en un servidor! ¡Cuidado con ser un funcionario de Jesús!

Por otro lado, y al mismo tiempo, hay algo muy lindo. Jesús promete y promete en serio, no como nosotros, no como las promesas de algunos políticos. Jesús promete y cumple. Cualquier sacerdote, cualquier consagrado, cualquier cristiano comprometido puede ser testigo de esta verdad, y eso es algo que solo logra Jesús. Dejar algo por Él, “nos llena” de casas, porque podemos quedarnos y alojarnos en mil lugares gracias a la generosidad de los que nos consideran hermanos. Haber dejado algo por Jesús, nos permite tener miles de hermanos y hermanas, la Iglesia nos llena de hermanos. Predicar la Palabra de Dios cada día nos llena de hermanos y hermanas. Especialmente a los consagrados, dejar el hogar por amor a Jesús nos llena de muchas y buenas madres, también tenemos más padres, que se preocupan de nosotros. Nunca tendremos hambre ni sed, porque Jesús nos provee de todo. Esto es verdad, te lo aseguro.

Todo esto, también va acompañado de sufrimientos por amor al Reino de Dios, es inevitable. Al mundo no le gusta la Palabra de Dios, le molesta. Pero al final, vendrá lo mejor, vendrá la Vida Eterna. Te propongo hoy, que no seamos mezquinos, no negociemos con Jesús. Él nos da todo, ya lo prometió. Busquemos el Reino de Dios y su santidad, y todo lo demás vendrá por añadidura.

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