Marcos 12, 1-12 – IX Lunes durante el año

 

 

Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos:

«Un hombre plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

A su debido tiempo, envió a un servidor para percibir de los viñadores la parte de los frutos que le correspondía. Pero ellos lo tomaron, lo golpearon y lo echaron con las manos vacías.

De nuevo les envió a otro servidor, y a este también lo maltrataron y lo llenaron de ultrajes. Envió a un tercero, y a este lo mataron. Y también golpearon o mataron a muchos otros.

Todavía le quedaba alguien, su hijo, a quien quería mucho, y lo mandó en último término, pensando: “Respetarán a mi hijo.” Pero los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo y la herencia será nuestra.” Y apoderándose de él, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.

¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros.

¿No han leído este pasaje de la Escritura: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?»

Entonces buscaban la manera de detener a Jesús, porque comprendían que esta parábola la había dicho por ellos, pero tenían miedo de la multitud. Y dejándolo, se fueron.

Palabra del Señor

Comentario

¿Te pusiste a pensar alguna vez lo lindo, lo gratificante que es que te preparen la mesa para comer? Parece normal, es de todos los días, pero uno se da cuenta a veces lo lindo que es, hasta que llega el día que por alguna razón llegamos a casa y nadie nos prepara la mesa. El gesto de prepararnos el desayuno en casa, de que alguien nos lo prepara también es muy lindo. En esos gestos se encierran muchísimas cosas, no es solo el comer, porque es otro tipo de alimento que llena mucho más o llena de un modo distinto, llena el corazón, llena el alma. Empezá este lunes preparándole el desayuno a alguien, le vas a alegrar el día, o por lo menos la mañana. Si no llegás a ver a la persona que te gustaría, por lo menos dejá la mesa puesta, para que cuando se levante se le alegre el corazón. ¿Sabés qué? Pienso que Jesús hace lo mismo con nosotros, y te propongo que en estos días reflexionemos también sobre esto al mismo tiempo que disfrutamos la palabra diaria, porque de alguna manera la palabra de Dios es como el desayuno de cada día, es el alimento diario que alguien nos prepara.

Vamos a algo del evangelio de hoy, claramente el fin de la parábola que Jesús le cuenta a los fariseos, a los escribas y ancianos; ¡es mostrarles lo arrogante que es el hombre cuando se cree el dueño de las cosas, que en realidad son de Dios! Ese es el gran pecado oculto, es la parte del iceberg que no se ve. Con esto los confronta con su propia historia, con la historia del pueblo de Israel que rechazó los enviados de Dios, que lo estaban rechazando a Él, pero también con la historia del ser humano, con nuestra propia historia también.

Dios Padre, nos dio todo, plantó una viña, para que podamos vivir y alimentarnos de ella; la “cercó” de alguna manera, pensó en cuidarla con las normas y mandatos que nos quieren conducir a vivir entre nosotros en paz, respetándonos y amándonos; dejó también “una torre de vigilancia”, porque también se quedó Él, para custodiarnos, como Padre que nos ama. ¿Y nosotros, qué hacemos? ¿El hombre que hizo y hace? Sin querer y muchas veces queriendo, nos adueñamos de lo que no es nuestro; “matamos” literal o simbólicamente a los enviados de Él que vienen a buscar lo que es suyo, y no nos damos cuenta de que Él se hizo presente en muchísimos momentos de la historia para demostrarnos su amor.

Pero, pensemos en nuestra historia; también nosotros a veces sin querer, vos y yo nos “adueñamos” de las cosas de Dios, de los frutos de esa viña que Él nos regaló. No nos damos cuenta y no permitimos que venga a cosechar lo que es de Él.  Nada es nuestro; todo es de Él, todo es don. Nada es de nadie, pero todo es de todos. Nadie puede decir que es el dueño de las cosas y de la creación, solamente un corazón soberbio y egoísta. Incluso nuestros bienes espirituales, nuestros dones y talentos son gracias a Él.

Todo esto, que parece tan raro, es así; es el plan original de Dios, que el hombre se encargó de destruir lentamente y Jesús vino a reparar, a sanar. No pensemos que todo lo que nos rodea es “mérito” nuestro. ¿Quién decide que es lo se merece cada uno? ¿En realidad, no deberíamos merecemos todos lo mismo?  A este mundo le gusta la meritocracia, por supuesto cuando le favorece así mismo. Pero en realidad, tenemos que aprender a compartir, y a no pensar que las cosas que alcanzamos a obtener en la vida, son por puro mérito nuestro. ¡Cuidado con adueñarnos de los regalos de Dios que nos llegan de tantas maneras! ¡Cuidado con adueñarnos de las gracias de Dios, que no son mérito nuestro, son pura gracia!

Si no aprendemos a mirar la vida de esta manera, podemos ser como estos hombres, que van matando lentamente a los enviados de Dios, que vienen a buscar de la viña de Dios, sus frutos… Si miráramos la historia de la vida así, si miráramos la historia de nuestra propia vida así; con qué gratuidad viviríamos, con qué gratuidad viviríamos este día… Todo es de Él y para Él, nosotros no podemos ofrecerle otra cosa que no sean sus propios bienes, los dones que Él mismo nos dio.

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