Marcos 12, 28b-34 – III Viernes de Cuaresma

Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?».

Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que éstos.»

El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios.»

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios.»

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor

Comentario

Las palabras del profeta Isaías que venimos meditando esta semana, terminan diciendo que “así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé.” La palabra es como la lluvia, dijimos ya muchas veces. La palabra riega la tierra reseca de tantos corazones, que día a día la escuchan en medio de tantas actividades, de tantos trabajos, de tantos problemas, dolores, dificultades, alegrías y tristezas. Preguntémonos si realmente la palabra que escuchamos todos los días está realizando todo lo que Ella quiere. Porque Dios lo quiere, siempre lo quiere. Siempre quiere que produzca sus frutos, siempre quiere regar y fecundar, pero nosotros también tenemos que querer. Es verdad que la fuerza es de ella, es verdad que al final de la historia la Palabra cumplirá la misión que se le encomendó, pero también es verdad, que en la medida que nosotros escuchemos mejor, más rápido se verán los frutos de su acción en nuestras vidas. Es cierto que no siempre damos los frutos que deseamos, como la higuera, pero nunca podemos olvidar lo lindo y positivo, que, si miramos para atrás, si vemos la acción de Dios desde que lo conocemos, desde que nos decidimos a seguirlo, consiente o inconscientemente, son muchísimos los avances que hicimos gracias a la Palabra de Dios. Muchas veces cuando se acercan personas a hablar con nosotros, los sacerdotes, al decirnos que parece que todo está igual, al manifestar la tristeza de percibir que aun estando al lado de Jesús todo parece igual, les digo lo mismo: “Pero… ¿Pensaste que sería ahora de tu vida sin Él? ¿Pensaste en todo lo que creciste gracias a Él?” No podemos quedarnos con la parte “vacía del vaso” como dijimos ayer, sino que debemos tener más esperanza y ser más positivos, la Palabra de Dios nos riega y nos fecunda.

Nosotros no podemos medir las maravillas que hace la Palabra día a día. No se puede medir su acción, porque eso rebasa lo visible, es mucho más lo que no vemos que lo que vemos. Y eso es lindo y mejor. No hace falta medir las cosas, no hace falta llevar las estadísticas de lo que hace Dios en los corazones de tantos creyentes, en nosotros, incluso de lo que dicen no creer. Pero sí tenemos que decir con mucha alegría que Jesús está vivo, que la Palabra de Dios sigue hablando, conmoviendo, consolando, animando, levantando, abrazando a miles y miles día a día. Y esto lo logra por medio de nosotros, en la Iglesia, cuando se la lee día a día, por la Biblia, por los medios de comunicación, por un mensaje, por un audio. Hay que ayudar a que la lluvia de la Palabra llegue a más y más personas, confiando en que logrará lo que ella quiere.

¿Qué tenemos que hacer nosotros? Escuchar. No ama el que no escucha y no escucha el que no ama. ¿Cuál es el primero de los mandamientos? le preguntaron a Jesús en algo del evangelio de hoy. Escucha, le contestó. Escuchar es lo primero que quiere Dios de nosotros y eso está dicho desde el antiguo testamento. También en los evangelios hay escenas en donde Dios Padre dice desde el cielo: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo” A veces creo que los cristianos, vos y yo, sin querer, buscamos empezar por el final y nos olvidamos del principio. Siempre es bueno empezar por el principio. ¿Cómo pretender que Dios sea todo si no le damos lo primero y principal que es el oído que hace que las palabras lleguen al corazón? ¿Quién se puede enamorar de alguien a quien no escucha? Por eso es bueno volver a escuchar que el primer mandamiento, es escuchar., escuchar amando y para amar. No se puede amar a quien no se escucha. Mirá a tus hijos, a tu marido, a tu mujer, a tus hermanos, miralos y decite con sinceridad… ¿si es posible amarlos de verdad, si en verdad no los escuchas? El amor brota, se derrama casi naturalmente cuando se escucha, porque el escuchar cosas lindas, cosas de Dios nos purifica el corazón para poder verlo y una vez que lo vemos, empezamos a amarlo con todo el corazón, con toda el alma, el espíritu y las fuerzas. En cambio, cuando las cosas quieren ser al revés, o sea obligarse a amar a un Dios que no se escucha y no se sabe bien quien es, es tan imposible como estar ciegos y sordos y enamorarse a la distancia de alguien que ni siquiera se sabe quién es.

Empecemos por el principio y el camino será más lindo y posible. Probemos hoy escuchar y que el escuchar nos abra el corazón para amar, a Dios y a los demás, porque en realidad, escuchar ya es amar. Intentemos escuchar más y mejor a los que el Señor ponga en nuestro camino este día, a nosotros mismos, porque también necesitamos el amor al prójimo y el sano amor propio, que nos hace más felices, como Jesús lo quiere.

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