Marcos 12, 35-37 – 9 de junio – IX Viernes durante el año

 

 

Jesús se puso a enseñar en el templo y preguntaba: « ¿Cómo pueden decir los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David ha dicho, movido por el Espíritu Santo:

“Dijo el Señor a mi Señor:

Siéntate a mi derecha,

hasta que ponga

a tus enemigos debajo de tus pies”.

Si el mismo David lo llama “Señor”, ¿cómo puede ser hijo suyo?»

La multitud escuchaba a Jesús con agrado.

 

Palabra del Señor.

Comentario a Marcos 12, 35-37:

Escuchar, como decíamos ayer, no es lo mismo que oír. Oír es la capacidad humana de percibir los sonidos. Oye el que tiene oído y sus componentes internos para oír, y no es algo que nos planteamos o lo pensamos. Se da. Oímos cosas continuamente, es un acto reflejo, involuntario, aunque a veces podemos hacernos los distraídos para no oír, como hacíamos de chicos cuando no queríamos escuchar a un hermano, o hermana y tapándonos los oídos decíamos: ¡No te escucho, no te escucho! Por el oído entran a nuestros pensamientos y el corazón gran parte de la realidad que percibimos y que después procesamos y afecta a todo lo que somos, nos va conformando o deformando, o las dos cosas al mismo tiempo. Nos va conformando al corazón de Jesús que nos enseña que estamos hechos para amar a su Padre y al prójimo, o nos vas deformando los pensamientos y el corazón para terminar escuchándonos solos a nosotros y nuestros egoísmos. Es así. Por eso es bueno que oigamos cosas lindas, que cuidemos nuestros oídos para que por el entran palabras y sonidos que nos ayuden a ser mejores hijos de Dios. Es dificilísimo aprender a escuchar a Dios, a Jesús, si nuestros oídos están acostumbrados a oír cualquier cosa, cualquier ruido, cualquier palabra, como si fuera todo lo mismo. ¿Pensaste eso alguna vez? ¿No te das cuenta que es bueno que tu hijos escuchen cosas lindas, que hagan bien? Si empezamos el día y terminamos el día con el noticiero de malas noticias, difícilmente a nuestros oídos puedan agradarle las palabras de Jesús.

En cambio escuchar es algo distinto. Cuando escuchamos es como que ponemos todo el corazón y con el corazón ponemos el cuerpo. Ponemos todo en juego. Es lindo hablar con esas personas que no solo te oyen, sino que te escuchan. Es lindo cuando al hablar te miran a los ojos, no están moviéndose como queriendo irse, no están queriendo interrumpir la conversación para meter su “bocado”. Escuchar es otra cosa. Por eso el mandamiento ayer decía: ¡Escucha! Poné el corazón al oír, no se ama oyendo así nomás, no se ama diciendo que se ama, sino que se ama con todo el corazón, con toda el alma, con las fuerzas, el espíritu, con todo el ser. Se ama escuchando. Y escuchando cosas lindas, palabras de Dios, al corazón empieza a agradarle lentamente.

Algo del evangelio de hoy, habla del agrado con el cuál escuchaban a Jesús. “La multitud escuchaba a Jesús con agrado.” No sabemos si lo comprendían o no perfectamente, pero por lo menos a diferencia de los fariseos, escribas y doctores, esta gente escuchaba con agrado. Ese es el comienzo de la comprensión, escuchar con agrado. Si algo nos desagrada, difícilmente escucharemos, por ahí solo oiremos. El que le agrada una realidad, una persona, una situación, escucha mucho mejor que aquel que: oye esperando que el otro termine para dejar de verlo; oye pensando por adentro ¿qué me va a enseñar éste a mí?; oye con actitud soberbia o despectiva; oye mirando a otro lado. ¿Te agrada escuchar a Jesús más allá de que algún día comprendas un poco más o menos? ¿Cómo escuchás la palabra de Dios cada día, cómo la lees? ¿Cómo queriendo terminar para hacer otra cosa o como queriendo que el tiempo no exista para no medirlo?

Podemos pasarnos años oyendo y no escuchando. Podemos pasarnos años con personas y no haberlas escuchado nunca. Podemos haber pasado años yendo a Misa y no haber escuchado la palabra de Dios. Podemos habernos pasado años oyendo audios con la palabra pero no escuchar nada. Eso es la pena más grande. Porque el que vive así, solo se escucha así mismo, su criterio es solo el mismo, no tiene otro parámetro que sus pensamientos y sentimientos. Y así vive, en su mundo, creyendo que su mundo es el único y el mejor. ¡Qué triste! No es para que te desanimes, sino para que nos tomemos en serio esto. Para que no perdamos el tiempo, para volver a poner en el centro de nuestros amores, en la familia, el trabajo, las comunidades, la escucha sincera, para saber quién es el otro y qué necesita. Sin este camino, el amor entre nosotros se basa en lo que nosotros pensamos que el otro necesita y no en lo que realmente necesita.

Por ahí nos pasamos años dándole a nuestro marido, a nuestra mujer, a nuestros hijos, a mis hermanos, a mis jefes, a mis empleados: lo que únicamente nosotros consideramos necesario para el otro, o lo que me dijeron que el otro necesita. Sin embargo el amor es “buscar el bien del otro”, y para conocer el bien del otro necesito que el otro me lo exprese y ahí discernir si puedo o no dárselo. Bueno, todo un arte, amar como Dios quiere es un arte que se aprende, no es una receta que se aplica para todos igual y se obliga. ¿Y si empezamos al revés? Empecemos por lo menos haciendo el esfuerzo para que nos agrade más escuchar que hablar. Empecemos por lo menos haciendo cada día el esfuerzo para no solo oír el evangelio, sino escuchando.

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