Marcos 3, 20-21 – II Sábado durante el año

 

 

Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado».

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué manera de terminar la semana!, escuchando la Palabra de Dios en donde la gente –en realidad los propios parientes de Jesús– terminan diciendo que está exaltado, o sea está fuera de sí, diríamos nosotros que está loco; no comprenden quién es Jesús.
Y casi sin darnos cuenta esta semana apareció el tema de las “apariencias”, de la mirada, de la mirada del corazón. Esta Palabra del AT que fuimos viendo que se refleja en el evangelio, y así es como estos días fuimos viendo cómo por un lado Jesús curaba, sanaba, expulsaba demonios; y los fariseos lo increpaban, los fariseos le reclamaban, los fariseos lo juzgaban, juzgaban a sus discípulos.

La gente lo seguía alocadamente, lo apretujaba, lo seguía por todos lados. Sin embargo, Jesús quería purificar la mirada de los demás hacia Él.

Entonces te propongo que en este fin de semana –en este sábado– puedas hacer como un repaso de la semana, pero teniendo en cuenta esta imagen: la imagen de “la mirada”. Acordate que Dios no mira como los hombres; Él mira el corazón, y nosotros las apariencias. Los fariseos miraban las apariencias, mucha gente que seguía a Jesús miraba las apariencias, los parientes de Jesús –los mismos familiares– miraban las apariencias, no sabían quién era realmente. Pero Él miraba el corazón y nadie comprende lo que hacía; por eso también en algún momento Jesús se enoja y tiene una mirada de indignación hacia los fariseos que no se les ablandaba el corazón.

Por eso creo que nos puede ayudar también preguntarnos cómo estamos mirando, qué miramos de nosotros, qué miramos de los demás y qué miramos, que buscamos de Jesús. O también y por qué no; ¿estamos muy preocupados por las miradas de los demás? ¿Estamos poniendo nuestra seguridad y nuestra fortaleza en cómo nos miran los demás? Puede ser que a nosotros nos traten también como locos exaltados; a veces empezamos el camino de la fe y los de al lado –nuestros propios familiares– nos miran de reojo: “este está loco” “esta está loca” “este es un exaltado” “ésta se la pasa en la Iglesia” “ésta es una fanática”, no nos entienden, porque parece que sí estamos mucho en las cosas de Dios somos “fanáticos”. Ahora; si hacemos cualquier otra cosa, si somos fanáticos de un equipo de fútbol, de un cantante, no pasa nada ¿no?; sin embargo, cuando estamos en las cosas de Dios, casi que somos fanáticos: “no exageres” nos dicen “no exageres”.

Ayer alguien que de hace poco acaba de descubrir la maravilla de la fe, la maravilla de un hombre Dios que nos enamora, me contaba que su hijo no la entiende, que no puede comprender que vaya los domingos a misa, casi que la cree una fanática. No es maldad, es entendible. Al que todavía no se le abrieron los ojos del corazón para ver a Jesús en todas partes, le cuesta comprender la locura de los que descubrimos que no hay otra cosa más importante y más trascendental en la vida, que amar a Cristo con toda el alma, con toda la existencia, con todo el ser. También una madre con dolor me hablaba incluso del rechazo espantoso que sufre por parte de su hija, que no puede aceptar que ella busque a Jesús de algún modo. Los que no están en el camino de Vida, con mayúscula, o son completamente indiferentes y nos respetan, pero en el fondo nos ven como locos, o bien les molesta que seamos felices de seguir a alguien que solo vemos con los ojos del amor y de la fe. Por ahí te pasa algo similar en tu vida, pero no te preocupes, no te pongas triste, a Jesús sus propios familiares lo trataron de loco. Por eso si te pasa, te diría que es un buen signo, “es de loco”, es “cosa de locos”, como me dice una amiga, amar a Jesús.

Entonces, ¿qué hacemos frente a esas cosas? ¿Nos entristecemos? ¿Ponemos nuestra mirada en Jesús? ¿Nos enojamos cuando los demás nos ven de alguna manera fuera de nosotros, exaltados, como locos?

Porque también si ponemos demasiado nuestro corazón en qué es lo que miran los demás de nosotros mismos, en el fondo no estamos poniendo nuestra seguridad en Jesús.

Entonces en este juego de miradas de cómo mira Jesús, de cómo miramos nosotros y de cómo nos miran a nosotros; podemos hacer una especie de examen espiritual en este sábado, para –por supuesto– aceptarnos en lo que nos tenemos que aceptar. Primero empezar a conocer al verdadero Jesús, que no le gusta ser muy reconocido en cuanto a lo que hace, sino que quiere mostrarnos su corazón.

Bueno, ¿qué buscamos nosotros de Jesús? ¿Qué miramos de Él? ¿Qué estamos esperando? Esperamos continuamente que nos de lo que queremos, o estamos buscándolo por su Palabra, escuchándolo; o sea abiertos a lo que se nos vaya presentando? no teniendo expectativas de un Dios que a veces nosotros nos armamos “a medida”. Eso por un lado… Y por otro.

¿Nos dejamos mirar por Jesús, dejamos que nos mire que nos muestre la verdad de nuestro corazón para no juzgarnos como a veces nos juzgamos nosotros mismos? ¿Dejamos que Jesús nos mire con amor –como Él mira– o estamos pendientes de otras cosas?

Y por último también preguntarnos ¿Qué estamos mirando nosotros de los demás, cómo miramos a los demás, si a veces los juzgamos, si nos apresuramos en nuestros pensamientos; o realmente nos dejamos enriquecer con la presencia de los demás? O también… ¿estamos muy pendientes de lo que los demás dicen y piensan de nosotros?

Bueno, que este sábado nos ayude a hacer como una especie de afirmación de que lo más importa, lo esencial en nuestra vida es la mirada que tiene Jesús de nosotros; más allá de lo que hayamos podido hacer, de lo que no hemos podido hacer, de lo que somos; en realidad Él es el único que sabe quiénes somos y lo que tenemos que ser.

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta