Marcos 4, 26-34 – XI Domingo durante el año

 

 

Jesús decía a la multitud:

«El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha».

También decía: «¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra».

Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.

Palabra del Señor

Comentario

El domingo no es un día más, porque es el primero de la semana. Aunque nuestra vida moderna nos fue haciendo creer que es el último, y que el lunes es el primero, en realidad, para los cristianos es el primero, porque es el día de la resurrección, el día en el que Jesús inauguró un tiempo nuevo, el día en el que Jesús venció la muerte y el pecado para darnos una nueva vida. La semana hay que empezarla, espiritualmente, y hasta te diría psicológicamente, con el domingo, con el día del Señor. Con un día de paz espiritual y de familia, como puedas, estés donde estés, como puedas. Solo si empezamos la semana con el domingo bien vivido, podremos empezar la semana laboral con otro corazón y otra cara, de lo contrario empezaremos, como se dice, con el pie cruzado, con el pie cambiado.

Algo del evangelio de hoy habla dos veces de una semilla, una semilla que crece en silencio, sin que el sembrador se dé cuenta, y una semilla demasiado chiquita para producir un arbusto tan grande. Dos semillas distintas, una que no se dice de qué es, y la otra que es la más pequeña. De una se dice algo de su silencio y de la otra algo sobre una enorme desproporción entre los comienzos y el final. En la primera no importa tanto de qué planta es, sino lo que importa es su modo de crecer. ¿Cómo es posible que el crecimiento sea tan silencioso y tan ajeno al sembrador? ¿Cómo es posible que todo se desarrolle “sin que él sepa cómo? De la de mostaza sí importa su tamaño, porque después al crecer desconcierta hasta al más sabiondo. ¿Cómo de lo más pequeño puede surgir lo más grande? ¿Cómo es posible semejante cambio? Al escuchar las parábolas nos parece casi obvio, demasiado simple, y justamente esa simpleza es la que rara vez entra en nuestra rebuscada cabecita. Porque después, a la hora de nuestras obras, de nuestras búsquedas y deseos, nos olvidamos de esta simpleza evangélica y necesitamos que nos la vuelvan a explicar y volver a empezar.

Así es Dios. Así ve y quiere las cosas. Así tenemos que verlas y quererlas nosotros.

Jesús cuenta dos sencillas parábolas para que aprendamos a ver y amar la realidad como la ve y la ama Dios Padre, no como la vemos nosotros. Ver la naturaleza nos ayuda a ver a Dios. Ver cómo funcionan las cosas “naturalmente”, nos introduce en el misterio del obrar de Dios en el mundo y en nuestro corazón. El Reino de Dios no es el reino de los hombres, no es el reino de nuestras miradas superficiales.

Lo que nos enseña Jesús con estas parábolas, es un mensaje de esperanza y confianza. Sí, es verdad, hay muchas cosas malas en este mundo, hay mucha maldad y mucho pecado, en nosotros también. Pero también es verdad y una verdad mucho más grande aún y es que el Reino de Dios crece, se desarrolla y da fruto mucho más allá y a pesar nuestro, que el Reino de Dios comienza casi de manera imperceptible, sin que nos demos cuenta. Eso es más verdad que lo malo que no nos deja ver.

A Dios le gusta que las cosas sean en silencio, y vayan transformando los corazones calladamente. De la misma manera que las cosas crecen en silencio, la vida de Dios en nosotros va empujando – como el tallo en la planta –  en silencio y despacito, al ritmo de Dios, a un ritmo diferente, a un ritmo “natural”. A nosotros nos gusta lo vistoso y ruidoso, a Él le gusta lo oculto y callado. ¡Qué gran enseñanza! Mirá tu propia vida, mirá como Dios fue obrando así, a lo largo de tu vida. Así es el Reino de Dios. No seamos ansiosos, no nos angustiemos ni estresemos.

A Dios también le gusta empezar sus obras con cosas insignificantes – como el grano de mostaza – con cosas que casi ni se ven y casi nadie tiene en cuenta. Pequeños hombres y mujeres, hechos del mismo barro, como vos y yo. Así empezó el Reino de Dios en este mundo, con Jesús, así continúa hasta hoy, desde los apóstoles hasta nosotros. Dios tarde o temprano hace grande lo que parece imposible. A nosotros nos gusta lo grande y espectacular, a Él le gusta lo chiquito y olvidado. ¡Cuánto para aprender! Mirá tu propia vida. Es chiquita ante los ojos de este mundo, pero grande y con grandes posibilidades de crecer a los ojos de Dios.

Por eso te eligió a vos, a mí, a nosotros. Porque quiere ir haciendo su obra en silencio y empezando de algo chiquito. Esto nos da confianza y esperanza. El Reino de Dios triunfa y triunfará si comprendemos y llevamos a la vida esto. No te inquietes si parece que las cosas no cambian, que todo sigue igual o peor. La obra de Dios es mucho más grande y ruidosa de lo que parece. Acordate que el Reino de Dios crece sin que te des cuenta y que empieza desde una pequeña semilla. ¿Cuántos corazones sencillos, pequeños y silenciosos, cambiaron este mundo a fuerza de decirle que sí a Dios en lo escondido de sus ocultas decisiones? Millones. El tuyo y el mío también pueden hacerlo.

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