Marcos 4, 35-41 – III Sábado durante el año

 

 

Al atardecer de aquel día, Jesús dijo a sus discípulos: «Crucemos a la otra orilla.» Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya.

Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal.

Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?»

Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!» El viento se aplacó y sobrevino una gran calma.

Después les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?»

Entonces quedaron atemorizados y se decian unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?»

Palabra del Señor.

Comentario a Marcos 4, 35-41:

¡Qué lindo sería tener más tiempo cada día para dedicarle a la lectura y meditación de la Palabra de Dios! Me lo planteo como sacerdote, siempre. En especial cuando experimento que justamente cuando más le dedico a la oración, más especial se hace el día. Seguro que alguna vez te pasó. Y es ahí cuando me digo: ¡Si hiciera esto todos los días, con amor nuevo, con constancia, con decisión, que distintos serían mis días! Pero lo que me pregunto y te pregunto, ¿nos falta tiempo o nos falta amor? San Juan Pablo II cuando estuvo en Argentina desde hace muchos años dijo algo así, yo lo leí de grande porque cuando vino era niño, pero recuerdo lo que leí: “El cristiano que dice que no tiene tiempo para rezar lo que le falta no es tiempo, sino amor” ¿Hace falta que te explique esta frase? Creo que no. No me falta tiempo en mi día, aunque a veces quisiera que el día dure un poco más, lo que me falta, lo que nos falta es un poco más de fe y de amor, para saber que Jesús siempre está para escucharnos, aunque parezca dormido, que siempre está en cada sagrario, en cada adoración, en cada instante del día. No nos falta tiempo, ni a vos ni a mí, nos falta amor. Nos falta hacernos el tiempo para lo que realmente a la larga valdrá la pena.

Estuvimos esta semana  reflexionando sobre la comunicación, de Dios con nosotros, nosotros con Dios y entre nosotros. Creo que esto ayuda a tomar dimensión de lo que nos perdemos cuando escuchamos mal, cuando no ponemos algo más de nosotros, cuando queremos las cosas fáciles, sin lucha, sin constancia. Nunca tenemos que olvidar que la Palabra de Dios, como escuchábamos ayer, tiene una gran fuerza por sí misma, aunque nosotros no lo percibamos. Tenemos que recordar que el Reino es de Dios, no de nosotros. No es el Reino mío, en donde todo depende de nosotros, de nuestro esfuerzo, sino que es el Reino del Padre, con su Hijo y sus hijitos, que somos nosotros. Él no quiere que ninguno se pierda, él necesita de cada uno de nosotros para continuar su obra, pero al mismo tiempo, puede hacerlo sin nosotros, no somos completamente indispensables, el Reino crece mientras dormimos, nos levantamos, crece porque él lo hace crecer, aunque parezca dormido.

Hoy, prefiero tomar algo del evangelio y no hacer el resumen de esta semana porque el evangelio está demasiado bueno, demasiado lindo. Quiero tomar una idea, o una imagen. Jesús durmiendo mientras todo parece que se va “llenando de agua”. Increíble. ¿Quién de nosotros no hubiese tenido la misma actitud de los discípulos? ¿Quién de nosotros no tuvo alguna vez la misma reacción para con Jesús?: « ¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?» “¿Jesús, no te importa que nos tape el agua de la injusticia, de la insensatez, de la amargura, del pecado, de los vicios, de la pobreza, de la maldad, de nuestras debilidades, de la depresión, de todo lo que nos ahoga y nos hace vivir inestables, pensando que en cualquier momento esto se puede hundir? ¿No te importa? Decinos la verdad Jesús, ¿No te importa?” Una imagen puede más que mil palabras, y a veces el silencio de Dios es también un modo de comunicarse. Dios no se comunica con nosotros solo hablando, sino también durmiendo, sino también con sus silencios que a veces nos desesperan. ¿Qué raro no? El silencio de Dios es también semilla del Reino sembrada en nuestros corazones que dará su fruto a su tiempo. A Jesús si le importa que nos “ahoguemos”, aunque no parezca, por eso se levanta cuando es necesario y hace “callar al viento y al mar que se pone bravo” y nos quiere tapar. Pero lo que realmente le importa a Jesús, es que perdamos la fe, es que dudemos de él, de su presencia en la barca de este mundo. Eso es en realidad “ahogarse”, perder la confianza, dejar de creer que él está aún cuando parece dormido. Es ahí cuando tenemos que sentirnos ahogados en serio. No cuando las cosas del mundo nos sobrepasan, cuando lo externo parece que nos “inunda”, sino cuando el corazón se inunda de angustia, cuando deja de creer, de confiar, cuando deja de hablar con Jesús, cuando deja de escuchar. Cuando estés así, ahí preocupate, ahí pega el grito.  Mientras tanto, todo lo demás es solucionable de una manera u otra.

Terminemos esta semana escuchando a Jesús, tranquilos, en silencio, mientras todo el mundo anda de acá para allá buscando no se qué, nosotros busquemos otra cosa, escuchemos otra cosa: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?»

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