Marcos 6, 1-6 – IV Miércoles durante el año

 

 

Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: « ¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?» Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo.

Por eso les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa.» Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe.

Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.

Palabra del Señor

Comentario

Otra vez como en el evangelio de Lucas del domingo, volvemos a escuchar cómo Jesús se transforma en motivo de “escándalo”, o también podríamos decir en motivo de “tropiezo”.

Me parece que es mejor decir tropiezo, o sea algo que se transforma en obstáculo, porque a veces la palabra escándalo la relacionamos únicamente con temas morales y decimos a veces: “esto fue un escándalo”, así nos expresamos ante un pecado público de alguien o incluso de nosotros mismos. Producir un escándalo significa poner una traba, poner un obstáculo e impedir que otros puedan creer, o sea, que otros puedan dar el salto de la fe. Decir tropiezo nos ayuda a comprender un poco mejor lo que la palabra quiere mostrarnos. En el evangelio del domingo, Jesús también fue una “piedra” en el camino para los judíos que veían en Él Jesús, simplemente al “el hijo de José”, alguien común y corriente, como se dice. Por lo tanto, no podían terminar de creer. Sin embargo, Jesús “pasó en medio de ellos y siguió su camino”. No hizo milagros para que crean, sino que, al contrario, no pudo hacer milagros por la falta de fe. La falta de fe impide que veamos los milagros que Dios nos quiere dar y nos rodean continuamente, pero que solo puede verlos aquellos que confían en que Dios utiliza medios humanos para manifestar su gloria, y que no es necesario esperar grandes cosas para experimentar el amor de Dios

Al contemplar esta escena de algo del evangelio de hoy, nosotros, los que creemos; tenemos que reconocer y nunca olvidar una dificultad propia que tiene la fe. A veces simplificamos mucho la fe, y aseguramos tener fe sin ahondar en lo que significa, o incluso, criticamos a aquellos que no tienen fe y decimos ante ciertas situaciones: ¿Cómo no pueden creer? ¿Cómo si ven esto, no pueden creer? No es fácil creer, aunque creamos.

Sin embargo, como creyentes, y creyentes que pensamos y usamos la razón que Dios nos dio; tenemos que reconocer que la misma fe, intrínsecamente tiene una gran dificultad, es difícil creer. Si no reconocemos esto, estamos simplificando la fe y en el fondo estamos despreciando un don de Dios. Creer es un don que recibimos, la posibilidad de creer en algo que está más allá de lo que vemos, la posibilidad de creer que, en la sencillez de las cosas podemos encontrar a Dios, la posibilidad de creer que esa persona que caminó por Galilea, ese hombre, era Dios que vino a estar entre nosotros; es un don que recibimos gratuitamente. Y por eso a muchos nos cuesta creer, porque lo humano se transforma en obstáculo para lo divino, para aquel que no tiene fe o que le busca muchas razones a lo que es un regalo. A veces en nuestras casas, en nuestras familias, cuando queremos ser profetas, cuando queremos ser personas que muestren y anuncien que Dios está, se nos hace muy difícil, porque nosotros –y todos los demás– cuando hablamos de Dios lo que buscamos es algo más grande, algo milagroso, algo que deslumbre.

Y bueno, el Señor vino a enseñarnos que Él eligió un modo muy sencillo de hacerse presente en la humanidad y lo sigue haciendo a través de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, vos y yo (que somos de alguna manera la continuación de la encarnación de Dios en esta tierra) nos encontramos con esta dificultad para manifestar la fe y al mismo tiempo para vivir una fe madura. Por eso dice la palabra de hoy que Jesús no pudo hacer ningún milagro allí. ¿Por qué no pudo; si Él podría haberlo hecho? Si Él hubiese querido los hubiese realizado; no pudo porque no había fe. No vale la pena hacer milagros cuando no hay fe, porque Jesús no hacía los milagros para suscitar la fe, sino que en realidad solo veían los milagros aquellos que tenían fe.

Esto mismo pasa hoy; necesitamos fe para ver los milagros de Dios, necesitamos fe para darnos cuenta que Dios está presente. Por eso lo mejor que podemos pedir es la fe; no es pedir milagros. Si tenemos fe veremos milagros continuamente. El milagro de poder despertar, levantarnos y ver todo lo que Dios nos regaló, nuestra familia, nuestros hijos, el milagro de haber recibido tantos dones espirituales y materiales, y así mirando nuestra vida, el mundo en el que vivimos podríamos ver milagros continuamente.

Por eso pidamos fe, pidamos fe para que no se transformen en motivo de tropiezo los errores humanos de la Iglesia, los pecados de nosotros los sacerdotes, de los laicos; obviamente que el pecado es un motivo de tropiezo y por eso tenemos que evitarlo, para evitar que otros dejen de creer.

Pidamos fe para poder descubrir más y más milagros a nuestro alrededor, pidamos fe para los demás, no tratemos de mostrarles la fe, sino pidámosla para ellos porque cuando se tiene fe, por gracia de Dios se empieza a ver la realidad de otra manera y eso nos permite caminar de un modo distinto. Sigamos nuestro camino, como lo hizo Jesús, no nos detengamos por el hecho de que a los demás no le convenza lo que hacemos y decimos, nuestro camino es andar tras de Él, escuchándolo a Él.

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