Marcos 6, 1-6 – IV Miércoles durante el año

 

 

Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la  sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: « ¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?» Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo.

Por eso les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa.» Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe.

Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.

 

Palabra del Señor.

 

Comentario a Marcos 6, 1-6:

¿Vale la pena emprender el verdadero camino de la felicidad, el de las bienaventuranzas? ¿Vale la pena intentar ser feliz por el camino más escarpado, por el camino donde parece que se tiene pocos amigos, donde parece que nadie o pocos quieren andar? La verdadera felicidad es cuesta arriba, no se construye en serio nuestra vida cuesta abajo. Todos queremos ser felices, todos deseamos ser felices, hasta el que lleva la vida más infeliz del mundo, hasta el que se empecina por destruirse y destruir a los demás con sus malas elecciones. Todos, errados o no tanto, todos… queremos ser felices. Pero la gran tentación es la de tomar caminos alternativos, atajos, caminos más atractivos, caminos fáciles, más placenteros, más cómodos y en apariencia mejores. Por eso a todos tarde o temprano se nos presenta esta disyuntiva: ¿Vale la pena seguir esto que cuesta tanto, mientras veo tanta gente que ni se preocupa y parece ser que anda feliz? ¿Vale la pena intentar ser bueno, honesto, humilde, sufrir en silencio, caritativo, misericordioso, paciente, pacífico, santo e incluso a veces burlado y criticado? Porque si no vale la pena… ¿Para qué perder el tiempo? ¿Qué estamos haciendo?

San Agustín decía que el sabio es el que logra el arte de ser feliz. Y cuando le preguntaban qué es ser feliz, decía que es feliz aquel  que ama y se sabe amado. Creo que de alguna manera acá tenemos una respuesta. La felicidad está en amar y sentirse amado, o podríamos decir en sentirse amado amando. Y eso cuesta. No se logra con una decisión, de un día para el otro, no se alcanza estudiando algo, sino que se va alcanzando en la medida que vamos aprendiendo a “tirarnos a los pies de Jesús”, como decíamos ayer,  todos los días, a Jesús en el silencio y a Jesús en los demás. A Jesús en el silencio para sentirnos siempre amados y en los demás para amar y también encontrar amor en los otros, solo amando experimentamos amor. ¿Te parece que no vale la pena? Estoy convencido que sí, estamos convencidos que sí, por eso anunciamos a Jesús. No da lo mismo buscar ser felices con fe, creyendo, que a tientas, sin ver. Jesús vino a enseñarnos una felicidad que cala mucho más hondo, que penetra hasta lo más hondo del alma. Es como un ancla en el fondo del mar que nos mantiene en el mismo lugar aunque todo se mueva y se tambalee, aunque las olas de este mundo nos pasen por encima. Creer nos abre un camino de felicidad distinto, a veces muy difícil de explicar y que solo lo entiende el que lo empieza a vivir.

Algo del Evangelio de hoy dice que Jesús no pudo hacer ningún milagro allí. ¿Por qué no pudo; si Él podría haberlo hecho, a pesar de todos? Si Él hubiese querido los hubiese realizado; ¿Sabés porqué no pudo? No pudo porque no había fe: “Se asombraba de su falta de fe”. No vale la pena hacer milagros cuando no hay fe, porque Jesús no hacía los milagros para suscitar la fe, para que crean, no era un milagrero, sino que en realidad solo veían los milagros aquellos que tenían fe. Muy distinta la ecuación.

Bueno, eso mismo pasa hoy; necesitamos fe para ver los milagros de Dios, necesitamos fe para darnos cuenta que Jesús está presente. Y eso nos da felicidad, ver los milagros, ver el amor de Dios en este mundo, sentirnos amados por sus acciones.

Por eso lo mejor que podemos pedir para ser felices, antes que cosas, es fe; fe para ver, no pedir milagros para creer. Si tenemos fe veremos milagros continuamente. El milagro de poder despertar, levantarnos y ver todo lo que Dios nos ha regalado, nuestra familia, nuestros hijos, el milagro de haber recibido tantos dones espirituales y materiales, y así echando una mirada a nuestra vida, al mundo en que vivimos podríamos ver milagros continuamente y ser mucho más felices de lo que somos, ver que vale la pena creer.

Por eso pidamos fe, pidamos fe para que no se transformen en motivo de tropiezo a la fe de otros los errores humanos de la Iglesia, los tuyos y los míos, los pecados de nosotros los sacerdotes, de los laicos; obviamente que el pecado es un obstáculo para que otros crean y por eso tenemos que evitarlo, para evitar que otros dejen de creer.

Pidamos fe para ser cada día más felices, amando y dejándonos amar, para poder descubrir más y más milagros a nuestro alrededor. Pidamos fe para los que no creen y se burlan de nosotros; para los que dejaron de creer por culpa de nosotros; para los que no confían en nosotros porque somos demasiados “humanos”, como le pasó a Jesús, pidamos fe para seguir aprendiendo el arte de ser felices, que se aprende mucho mejor de la mano de Jesús.

 

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