Marcos 6, 7-13 – IV Jueves durante el año

 

 

Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.

Les dijo: «Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir.

Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos».

Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.

Palabra del Señor

Comentario

El otro extremo con respecto el tema del demonio, su existencia y su acción en este mundo, es por supuesto el contrario a la exageración y lo más común hoy en día… su negación. O sea, el decir que no existe o bien el minimizar tanto su presencia que en realidad nos resulta más fácil “hacer” como que si no existiese. El mayor triunfo del demonio en estos tiempos es, justamente, que la mayoría de los cristianos piensen que no existe, digamos que así, “se hace una fiesta”. Es un ser más inteligente que nosotros, por eso cuando “nosotros fuimos, él ya fue y vino” y mientras caemos en los extremos, viendo demonios en todos lados, o bien, negando su existencia, él saca provecho de esas situaciones en miles y millones de almas. Ni una cosa, ni la otra. Lo más sano es, saber que existe sin darle demasiada importancia y al mismo tiempo, aprender a luchar contra sus engaños y artimañas que intentan, sutilmente, que cada día erremos el camino o bien nos vayamos alejando.

Cuando se anda por los extremos, se cae fácilmente en dos clásicos errores. Por un lado, echarle la culpa de todos nuestros males, errores y pecados al demonio y sus tentaciones, y, por lo tanto, la solución a esos problemas, vicios y pecados inevitablemente siempre la buscaremos en recetas un poco mágicas camufladas de espiritualidad sin asumir nuestras propias responsabilidades y sin tomar las decisiones que nos ayuden a cambiar o crecer más allá de las trabas que él puede ponernos en el camino. Otro error clásico es, olvidando que él existe realmente, que no es chiste, reducir todos los problemas de nuestra vida a lo puramente humano, a “temas psicológicos”, culturales o lo que sea, cayendo en la ingenuidad e increencia de que, además de este mundo que vemos con nuestros ojos, existe un mundo espiritual que no vemos, en donde también se da una lucha por servir o no servir a Dios, y eso influye en nosotros también. Seguiremos con esto, mañana.

Escuchamos en algo del evangelio de hoy cómo Jesús envía a los doce, a esos doce que Él había elegido para que estén con Él, para que lo conozcan, para que conozcan su corazón; llega un momento de su vida en el que les pide que lo ayuden. Suena extraño, eso de que Jesús necesita la ayuda de los hombres para llevar el mensaje de conversión, el mensaje del Reino de Dios a todos los hombres y, además, claramente como dice el texto… “expulsar demonios, espíritus impuros”

Dios hecho hombre, Jesús, necesita de los hombres para llevar su mensaje, Él sigue utilizando las mediaciones humanas para que también el mensaje llegue a todos los hombres. Por eso, incluso en su vida pública, pide ayuda a los discípulos, a los que nombra apóstoles y los envía de dos en dos, no envía personas “solas”.

No podemos vivir una vida de fe solitariamente, y especialmente esto se dirige a los apóstoles o sea también a los sucesores de los apóstoles: a los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados. Es una misión especial que nunca puede ser solitaria. Erramos el camino en la Iglesia cuando los consagrados, todos los que son elegidos para llevar el mensaje la Palabra de Dios, piensan que pueden solos, que pueden ser “francotiradores” de la fe, que en la medida en que se aíslan y “hacen su ranchito aparte” lo que hacen es lo mejor, piensan que esa es la mejor manera de evangelizar…

Eso es falso, el Evangelio nos enseña que no se puede evangelizar solos; porque evangelizar es transmitir con la vida el mensaje del misterio del Reino de Dios a los demás. Y el Reino de Dios es misterio de “relación”, es relación de amor. ¿Cómo podemos vivir en relación, si estamos solos? Sólo de a dos se puede vivir el amor, y sólo transmitiendo amor podemos predicar el mensaje de Dios a los demás.

Ojalá que podamos darnos cuenta que si andamos solos las cosas no funcionan. Sólo podremos descubrir la verdad en nuestra vida en la medida que establecemos relaciones con los demás, relaciones basadas en el evangelio.

Un matrimonio; una mujer, un marido, descubre la verdad de su corazón y la verdad de su vida, solamente abriéndose al otro, a los demás. Y abrirse a los demás ayuda a que otros también descubran el mensaje del Reino de Dios. Lo mismo pasa con los sacerdotes.

Jesús no quiso estar solo, Jesús llamo a doce; no quiso enviarnos solos y en la Iglesia no estamos solos, somos una gran familia que como cuerpo de Cristo transmitimos el mensaje de un Dios que tampoco es solitario, de un Dios que es familia: es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

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